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Y allí, contra el suelo de cemento del penal, siempre chocan los huesos de los olvidados, quienes representan la pobreza hereditaria y a un Gobierno que no invierte ni un céntimo de más.

A Dani, que en realidad se llama de otra manera, lo que más le sorprendió al salir de la cárcel fue que la gente no caminara con la cabeza al frente, sino la mirada agachada y clavada en la pantalla del móvil.

—Si supieran lo que se echa de menos un paisaje cuando tu vista choca contra un muro de hormigón, tirarían el aparato de los cojones para contemplar las calles, suelta medio enfadado.

Dice que dejó una ciudad y regresó a otra distinta. Había transcurrido más de media vida de condena y el mundo de sus recuerdos se ordenaba de otra manera: Sucio, bullicioso y transitado. Caliente y rebelde. Auténtico y gris. Con amigos en las esquinas y banderas en los barrios. Sonidos de sirenas y olor a salitre, alquitrán y sudor. Ahora, en cambio, el cielo parece más limpio, pero al aire le falta bullicio, fervor y trabajo.

Se le torció el camino a los dos años de cumplir la mayoría de edad. Llevaba un tiempo perdido y terminó de extraviarse. Hizo la mezcla en el mismo banco de la plaza en el que cruzó la frontera de la adolescencia: alcohol, grifa y cocaína para comerse una madrugada demasiado corta. Luego una bronca, una puñalada y una maldad y sangre fría que bien mereció la prisión.

—Pero es que yo no tuve ni tu infancia, ni tus padres, ni tu madurez de entonces.

—¿Y qué tenías, Dani?

—Odio. Mucho odio y mucha rabia.

—¿Y ahora?

—Ahora no tengo nada. Soy un inútil.

Porque la trena pudre, nunca reinserta. Y entre barrotes se encierra la vergüenza de una sociedad fallida con más venganza que empatía. La izquierda, sumergida en sus complejos y el temor a perder votos, guarda silencio. Mientras la derecha se aprovecha del miedo para ampliar las penas y esconder la falta de humanidad de aquella comunidad capaz de dejar a un individuo tirado en la cuneta.

—Ahora quieren meter la condena permanente. Normal, nunca he visto un rico en el patio de la cárcel.

Y allí, contra el suelo de cemento del penal, siempre chocan los huesos de los olvidados, los que ocupan el último escalafón, quienes representan la pobreza hereditaria y a un Gobierno que no invierte ni un céntimo de más.

—Lo que ha avanzado el tiempo, y yo mientras encerrado y estancado.

Porque Dani ni se identifica ni se parece al joven que blandió la navaja aquella madrugada. Sin embargo, carga para siempre —en libertad o en prisión— con la culpa de esos errores: su cadena perpetua.

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