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De pronto, todos los orientales eran unos excéntricos amantes de la caca de colores a los que no les importaba gastarse lo que fuera necesario para conseguir la caca de moda.

En este mundo nuestro, tan globalizado, todo hecho -real o imaginario- corre el riesgo de volverse viral de forma instantánea. Sin filtro que la cribe, cualquier noticia -por estúpida que pueda parecer- salta a la red y cruza todo el planeta en menos de un minuto. Las redes sociales, en lugar de atraparla, la difunden a la velocidad del rayo. A esta vía de propagación masiva y espontánea se la conoce como efecto viral.

Somos los seres humanos, tan necesitados de llenar nuestros vacios existenciales, quienes consumimos y compartimos, sin apelar a nuestra capacidad crítica, todo tipo de memeces. Por medio del boca a boca, o mejor dicho del tecla a tecla, hacemos girar un sinfín de conceptos en el tiovivo de internet hasta que las mentiras nos parecen realidades.

Como es evidente, hay quien conoce nuestra debilidad de discernimiento e intenta manipularnos vilmente. De este modo, un millar de medios, de dudosa reputación, nos hacen ver lo malísimos que son los partidos rivales, lo nocivo que sería consumir tal o cual producto, o lo necesario que sería obrar de tal o cual manera.

El caso es que el otro día (al parecer gracias en gran parte a un personaje de la telebasura, que tengo el gusto de no conocer), volvió a saltar a la palestra una noticia viral ya casi olvidada. Hablo de las píldoras para convertir nuestras heces en objetos de diseño.

En menos de unas horas las redes se vieron saturadas por infinitas noticias, videos y artículos al respecto. En la mayoría de los mismos se mencionaba la reciente invención de unas capsulas rellenas de purpurina, o incluso oro de 24 quilates, que nos permitirían ir al baño a crear verdaderas obras de arte.

Las reacciones no se hicieron esperar y todos los medios, incluso alguno que otro de reconocido prestigio, se hicieron eco de la información. El nuevo colmo de la excentricidad llegaba desde el lejano Oriente para hacernos defecar como unicornios. Este invento, tan revolucionario y glamuroso, se atribuía al diseñador Toby Wong y tendría un valor de mercado que rondaría los 400 euros.

De pronto, todos los orientales eran unos excéntricos amantes de la caca de colores a los que no les importaba gastarse lo que fuera necesario para conseguir la caca de moda.

Sospecho que a muy pocos les picaría la curiosidad de saber qué eran realmente estas píldoras, y mucho menos quién era Toby Wong, antes de lanzar sus comentarios a la red. Lo importante era criticar a esos pobres ricos ilusos capaces de gastarse ese dineral en semejante tontería. Nada importaba que Tobias Wong fuese un artista paraconceptual canadiense, tristemente fallecido en 2010, ni que las píldoras “golden pills” fueran sólo una obra conceptual parte del proyecto Indulgence (Nueva York, 2005), doce años antes de que volviese a saltar la noticia.

En la mente colectiva se formó la idea de que el mundo estaba loco por sucumbir a este invento tan escatológico y colorista. Hecho que, a la postre, suponía el triunfo rotundo de la crítica social que Wong perseguía con su obra. Nadie en España podía comprender cómo alguien era capaz de gastar su dinero en semejante idiotez. Nos reímos mucho, a golpe de meme y tuit, de esos débiles mentales que cayeron en la trampa de la caca de colores. Ahora, puedo confesar que fue precisamente esa burla exacerbada hacia lo excéntrico, esta reacción satírica inmediata hacía la estupidez humana, la que me llevó a escribir el presente artículo.

La verdad, no me cabe en la cabeza cómo los españoles nos atrevemos a criticar el despilfarro de quien gasta su dinero libremente. Nosotros, que llevamos toda la vida pagando con nuestro sudor las bacanales de aquellos que estaban llamados a representarnos y defendernos. Y aun sabiéndolo, nos seguimos riendo de aquellos que derrochan lo suyo en tonterías, mientras damos lo poco que tenemos para mantener lleno el zurrón de quien nos roba.

Que siga pues el carrusel de mariscadas, trajes de etiqueta, familiares corruptos, cacerías africanas y rameras de lujo. No os preocupéis por nada, pedid otra ronda, que corre de nuestra cuenta. Si os hace falta meted la mano en nuestra saca, sin ningún remordimiento, que esto no tiene fondo. Porque no seremos tan tontos como para caer en la trampa de la caca deluxe, pero seguiremos aguantando el yugo de vuestros caprichos, mientras podamos seguir vuestra vida en las revistas.

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