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“Cubrir tu cuerpo sin renunciar al estilo”.

Recuerdo un artículo que escribí hace años sobre el derecho o no derecho a que las mujeres musulmanas que viven en España puedan llevar cubierta la cabeza en lugares públicos, como la escuela, la universidad o en el trabajo. Ya entonces avanzaba la posibilidad de que más temprano que tarde, las grandes firmas, propondrían una moda que ocultase el pelo, el cuerpo, incluso el rostro de las mujeres europeas. Mi sospecha se ha cumplido. Aquí tenemos el burkini, una prenda de baño que, en cierto modo, se asemeja a los bañadores de principio del siglo XX.

Ante tal atrevimiento se han levantado todo tipo de voces que enarbolan la bandera de la libertad para atacar a los diseñadores y a las grandes cadenas comerciales que parece que quieren hacer su agosto. Mark & Spencer se ha avanzado y ofrece una alternativa al biquini y al traje de baño aprovechando que Europa se ha convertido en un mosaico de culturas con valores y sentido del pudor diferentes. No me parece tan extraño. Al fin y al cabo el negocio de la moda es eso: un negocio. No van a desaprovechar el goloso mercado de los países de cultura islámica. También las mujeres musulmanas tienen derecho a bañarse en las playas, pero claro, no van a exponer su cuerpo como hacemos las europeas. No hay que ser muy avispado para saber que eso, por el momento, no es posible; aunque todo se andará. De eso no tengo ninguna duda.

Entre las voces discrepantes quiero destacar la de Julia Otero. Os aseguro que es una de mis periodistas preferidas y por eso soy asidua de su programa en Onda Cero. Escuchándola hace pocos días no pude por menos que discrepar de lo que decía. Y es que, defendiendo su postura, se situaba en un fundamentalismo muy próximo al que critica, en nombre de la “sacrosanta” libertad de la mujer. Pero su argumento, hasta cierto punto lógico dentro de nuestra cultura, y más si lo usa una feminista como ella, me suena a broma pesada en boca de un representante de la moda francesa. Pierre Bergé, presidente del imperio de la marca Saint Laurent, ha denunciado la intención de convertir esta prenda en tendencia. "Estoy escandalizado”, decía el buen hombre. “Yo siempre he creído que la moda existía para embellecer a las mujeres, para darles libertad y, en todo caso, no para ser cómplice de esa dictadura impuesta que hace que se la esconda".

¿Que lo que pretenden los diseñadores del 'burkini' es algo así como una dictadura para esconder a la mujer? Y va y se lo cree

Los ojos se me abren como platos leyendo estas palabras. ¿Libertad? ¿Dictadura? ¿Qué la moda de los países occidentales está pensada para dar libertad a las mujeres? ¿Que lo que pretenden los diseñadores del burkini es algo así como una dictadura para esconder a la mujer? Y va y se lo cree. Vamos, que este señor y todas las voces que veo en la redes sociales consideran que es intolerable que las mujeres musulmanas se presenten en la playa tapadas hasta los pies y puedan disfrutar como enanas de un buen baño.

Me imagino el concepto de libertad que puede tener este señor, representante de la moda. ¿Se refiere a la exigencia de que las modelos no pasen de la talla 36 y que exhiban un cuerpo esquelético y una cara más parecida a un zombi que a una hermosa joven llena de vida? ¿Tal vez piensa en los altísimos y nefastos taconazos en los que hacen subirse a las mujeres? Me fascina observar a las jóvenes de mi ciudad caminando con ese tipo de calzado, sorteando los adoquines de las calles, apoyadas en la amiga, para mantenerse encima de ese horroroso calzado. Desconozco los accidentes que ha podido haber como resultado de ese andar sobre una aguja de más de diez centímetros. Pero eso sí, a los sacerdotes de la moda les parece que eso embellece y da libertad a las mujeres. ¡Vaya, pues no me había percatado de ello!

Pero me temo que en esto del burkini tienen la culpa los musulmanes. ¡Cómo son los musulmanes!, pensamos los bien pensantes occidentales y modernísimas europeas. Vamos a tener que explicarles que están en una cultura que goza de total libertad para que sus adolescentes asistan a la escuela con el ombligo al aire, generosos escotes que dejan ver la mitad del pecho y el canalillo, unas minifaldas de infarto, llenas de tatuajes y piercing por las partes más insospechadas de su anatomía… O por qué no decirlo: que una guapa presentadora de la tele salga prácticamente desnuda la noche de final de año para felicitarnos a todos y de paso presumir de algo que la naturaleza le ha dado y que no supone virtud personal alguna. En fin, que nuestro modelo cultural es de lo más libre, hasta tal punto que ya no hay muchos jóvenes, y no tan jóvenes, que no tengan tatuado algo en su cuerpo. Pero eso sí, no se puede tolerar que una adolescente musulmana vaya a las clases, o a la oficina con la cabeza cubierta. ¡Adónde iríamos a parar!

Es verdad, nosotras… Bueno, quiero decir algunas de nosotras “nos liberamos”, y el cuerpo fue lo primero que quisimos exhibir como símbolo de esa liberación. Las mujeres de mi generación fuimos las primeras que nos quitamos el sujetador, que nos pusimos minifaldas, bikini, que hicimos topless… En fin, que no se puede decir que servidora sea una mojigata; pero no comprendo que la gente se asuste de que algunas mujeres, cuyo sentido del pudor es diferente al nuestro, no quieran mostrarse públicamente. ¿Acaso nos van a obligar al resto de las mujeres a comprarnos el Burkini? Nosotras, las liberadas, podemos ir como nos plazca, ¿por qué las demás no lo pueden hacer?

Que una comunicadora de la categoría de Julia Otero diga que eso es intolerable, eso sí que es grave. ¿Nos parece intolerable que las mujeres de los años 20 fueran a la playa con aquellos trajes de baño tan cursis y recatados, que cubrían prácticamente todo su cuerpo? Para quien haya olvidado la palabra, os recuerdo que hay algo que se llama pudor, que es diferente en cada cultura y en cada época. ¿Por qué nos molesta tanto que otras culturas tengan un sentido diferente del recato? ¿Qué se mueve en nosotros que hace que nos resulte casi un insulto que algunas mujeres se cubran la cabeza o el cuerpo? Como si el único velo posible fuera ese; como si en nuestra cultura no existieran otros “velos invisibles”, no corporales, pero sí en los valores, las actitudes y las prácticas cotidianas de muchas mujeres.

En fin, la Islamofobia se extiende y nos convierte en censores intolerantes de todo lo que significa diferencia respecto a nuestro perfecto estilo de vida. Vamos, que a mí me da lo mismo cómo se vistan las mujeres para ir a darse un baño, sean musulmanas o no. Lo considero tan respetable como que alguien quiera tomar el sol desnudo, siempre que a mí no me obliguen a hacer otro tanto si no me apetece, o no estoy de acuerdo. ¿Quién no ha visto en la playa alguna vez una anciana de pueblo, vestida de pies a cabeza, sentada sobre la arena, o paseando por la orilla con los pies descalzos? ¿Tendríamos que prohibir a estas venerables mujeres, a las que se les enseñó que el cuerpo es una especie de templo sagrado que no puede exhibirse públicamente, que vayan a mojarse los pies a la playa? ¿No hay muchos chicos que usan esas horrorosas, antiestéticas y absurdas bermudas hasta las rodillas, cubriendo gran parte de su cuerpo, cuando se podrían poner un minúsculo bañador de los que usan los nadadores? ¡Válgame Dios, con la libertad de la moda! La moda es una industria que nos lleva por caminos insospechados. ¿Alguien recuerda aquellas maxi faldas de principio de los años 70?  Curiosamente, después de haber luchado con nuestras madres para que nos dejaran llevar minifalda, las jóvenes nos colocamos unos faldones horribles hasta los pies. Y tan felices.

“Cubrir tu cuerpo sin renunciar al estilo”. Este es el lema con el que la firma Mark and Spencer presenta el controvertido burkini. Me pregunto si no habremos descubierto la fórmula mágica para estar guapas y protegernos de ese sol de justicia que achicharra nuestra piel y puede convertir nuestros preciosos lunares en algo peligroso para nuestra salud.

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