El burka y el niqab son instrumentos de control sobre las mujeres

La verdadera libertad estructural no consiste en tolerar que una mujer se cubra el rostro bajo amenaza. Consiste en garantizar que pueda descubrirlo sin miedo a las consecuencias

27 de febrero de 2026 a las 10:21h
Mujeres con burka.
Mujeres con burka.

Hablar del burka y el niqab incomoda porque exige navegar entre la trampa del relativismo cultural y la urgencia de defender la dignidad y los derechos humanos de las mujeres y niñas al margen de los matices culturales. Este artículo es una crítica al falso conflicto entre la libertad religiosa, por un lado; y la seguridad, dignidad de la mujer y defensa de la cultura occidental, por otro.

En cuestión de política, no de religión

El viralizado vídeo histórico del expresidente egipcio Gamal Abdel Nasser (quien gobernó entre 1954 y 1970) pone de manifiesto el carácter político del velo musulmán. En ese vídeo grabado en 1958, Nasser relata con sorna un encuentro que mantuvo en 1953 con el líder del grupo islamista Hermanos Musulmanes. Según cuenta Nasser a su audiencia, el dirigente islamista le exigió, entre otras cosas, imponer por ley el uso obligatorio del velo (hiyab o tarha en el dialecto egipcio) para todas las mujeres en Egipto. Tanto Nasser como el público estallan en risas ante lo que entonces consideraban una propuesta absurda y retrógrada. En el vídeo se escucha a Nasser decir algo similar a: “¿Queréis que obligue a 10 millones de mujeres a ponerse el velo? ¿Yo mismo?”, mientras alguien del público grita: “¡Que se lo ponga él!”.

Y, en efecto, el Corán no impone el burka ni el niqab, ni el chador ni ningún otro velo integral. Las referencias a la modestia que aparecen en los textos islámicos aluden a cubrir el pecho o el cabello en determinados contextos; pero el velo integral, el que borra el rostro de las mujeres y niñas, el que las convierte en silueta anónima, no tiene origen religioso. Surge de tradiciones preislámicas, y ha sido politizado por corrientes wahabíes, salafistas y talibanas desde los años setenta y ochenta del siglo pasado, impulsadas en gran medida por la financiación de petromonarquías del Golfo y el fundamentalismo islámico y sus leyes basadas en la Sharia, es decir, la ley islámica.

De modo que no estamos ante un mandato religioso universal. Durante décadas, mujeres en Turquía, Indonesia, Túnez, Marruecos, Egipto, Libia, Siria e incluso Irán o Afganistán vivieron su fe sin necesidad de ocultar su rostro. La expansión moderna del velo integral no es una cuestión espiritual: es un fenómeno político. Y como tal debe analizarse. Esta distinción importa porque legitimar el burka o el niqab como expresión religiosa equivale a validar una estrategia de control ideológico que usa el cuerpo femenino como bandera de identidad y poder. Lo han denunciado con claridad feministas musulmanas y exmusulmanas de todo el mundo: el velo integral no protege a las mujeres. Las carga con el enorme e injusta responsabilidad exclusiva de la moralidad social, invirtiendo la lógica de la violencia sexual y convirtiendo el cuerpo de las mujeres en zona del control de los hombres.

Es una prisión textil donde se encierra a las mujeres

El burka, con su rejilla ocular, y el niqab, que deja solo los ojos al descubierto, no son prendas neutras, son prendas de opresión. Reducen el campo visual de forma drástica, dificultan la audición, la respiración, la expresión oral y la orientación espacial. Impiden reconocer obstáculos, mantener el equilibrio en situaciones cotidianas o interactuar con el entorno de forma plena. Ningún hombre está sometido a restricciones físicas equivalentes para participar en la vida pública. Esa asimetría no es cultural: es política de control sobre el cuerpo de las mujeres. En Derecho esto se llama discriminación y es una violación de los derechos humanos fundamentales más básicos que ningún Estado islámico o cristiano debe tolerar.

En Afganistán, bajo el feroz régimen talibán, las consecuencias de esta imposición son extremas. La exigencia del burka como requisito para acceder al espacio público es absoluta. Una mujer que no puede estar en público sin ser reconocida, que no puede trabajar, estudiar, hablar o desplazarse sin escolta masculina, y que puede ser golpeada por su marido, no es libre, vive en un apartheid por razón de sexo. Este femigenocidio viola de forma directa los artículos 7, 12 y 26 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos: igualdad ante la ley, dignidad, libertad de movimiento y no discriminación y la CEDAW de la que Afganistán es firmante.

La trampa de la libre elección

El argumento más repetido en los debates sobre el velo integral es que muchas mujeres lo eligen libremente. Es un argumento que merece ser tomado en serio, precisamente para desarmarlo con rigor. Como decía Celia Amorós “el feminismo no cuestiona las decisiones individuales de las mujeres, sino las razones que las obligan a tomarlas”. Y lo que se cuestiona aquí es el concepto de elección libre en contextos donde la desobediencia se castiga.

En Irán, quitarse el velo puede costar la detención, la paliza, o la vida, como le ocurrió a Mahsa Amini en 2022. En Afganistán, el Código Penal adoptado en 2026 permite golpear a las esposas desobedientes siempre que no queden marcas visibles. En las diáspora occidentales, la presión familiar y comunitaria presenta el velo como sinónimo de respeto, de identidad, de pertenencia; así que renunciar a él puede suponer el ostracismo o la ruptura con todo lo conocido. A eso no se le llama elección, se le llama coerción internalizada. La verdadera libertad estructural no consiste en tolerar que una mujer se cubra el rostro bajo amenaza. Consiste en garantizar que pueda descubrirlo sin miedo a las consecuencias. Mientras no se elimine el castigo por no usar estas prendas, hablar de elección libre es un eufemismo que protege al opresor, y no a las oprimidas.

El debate jurídico en Europa y España

En el plano jurídico, la cuestión dista de estar cerrada. Francia fue pionera en 2010 con la prohibición de ocultar el rostro en espacios públicos, avalada por el Tribunal Europeo de Derechos Humanos en el caso S.A.S. contra Francia de 2014, bajo el argumento del derecho a “vivir juntos” en sociedades de rostros visibles. Bélgica, los Países Bajos, Dinamarca, Austria y Suiza han adoptado legislaciones similares.

En España, el debate político sigue pendiente de resolución. La proposición de ley presentada en febrero de 2026 para prohibir el burka y el niqab en espacios públicos no superó el trámite parlamentario, rechazada por la mayoría de los grupos bajo el falaz argumento de la colisión con la libertad religiosa. Sin embargo, municipios como Burgos, Castellón de la Plana, Lorca han aprobado ordenanzas que prohíben su uso en dependencias públicas, aunque el Tribunal Supremo ya anuló en 2013 medidas similares por invadir competencias reservadas a ley orgánica.

El Consejo de Europa, en su Resolución 1743 de 2010, calificó el velo integral como “símbolo de subyugación” de las mujeres e instó a los Estados miembro a rechazar las interpretaciones religiosas que niegan la igualdad entre mujeres y hombres. Al mismo tiempo, advirtió de que las prohibiciones deben acompañarse de medidas de protección efectiva para las mujeres, para que la ley no se convierta en un instrumento de estigmatización adicional.

Escuchad a las mujeres de origen musulmán

Las voces más autorizadas para hablar sobre el velo musulmán no somos las de que observamos desde fuera. Son las de mujeres que han vivido la imposición en su propia piel: la médica, escritora y feminista egipcia, Nawal el Saadawi, decía que el velo islámico no era una prenda religiosa, sino un instrumento de opresión patriarcal que simbólicamente equivalía a "cortar la cabeza" o borrar la identidad intelectual de la mujer. Nazanin Armanian, Najat El Hachmi, Mimunt Hamido, Khadija Amin, Nilufar Saberi, Hanan Serroukh, Násara Lahdih Said son algunas de las mujeres de origen musulmán en España que consideran al niqab, el burka y los velos musulmanes son instrumentos políticos para oprimir a las mujeres.

Prohibir el burka, el niqab y los velos musulmanes en espacios públicos y educativos no es islamofobia, ni racismo ni restricción de libertad religiosa. Es reconocer que el ejercicio de la religión o la cultura no ampara la coerción, la subordinación o exclusión de las mujeres; que los derechos humanos no tienen excepciones culturales y que ninguna niña debería crecer aprendiendo que su cuerpo es una amenaza pública que hay que esconder o tapar para no incitar la lujuria ni la violencia masculina.

Las sociedades democráticas se construyen sobre el principio de igualdad y este principio choca frontalmente con prendas cuya obligatoriedad se sostiene en la coerción y el miedo. Defender el derecho de las mujeres a moverse libremente, a ser vistas, a participar en el espacio público con el rostro descubierto, no es imponer valores occidentales. Es cumplir con los compromisos universales en materia de derechos humanos que todos los Estados han suscrito. El debate no es entre libertad religiosa y el vestuario de las mujeres. El debate real es entre el poder patriarcal que necesita invisibilizar y disciplinar a las mujeres y la posibilidad de un mundo donde ninguna mujer tenga que estar cautiva dentro de una prenda textil para estar a salvo. Como señala Najat El Hachmi al referirse a la prohibición del velo musulmán, “esto no es contra la fe. Es a favor de las mujeres”.

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