Una sanitaria manipula una dosis de la vacuna, en una imagen reciente.
Una sanitaria manipula una dosis de la vacuna, en una imagen reciente. ESTEBAN

No es ningún descubrimiento, es un titular-aviso aparecido en prensa y emitido por las autoridades sanitarias. Por tanto que nadie se maraville, que nadie se extrañe. El virus se puede transmitir mientras alguien lo lleve dentro. Solamente está libre quien se haya curado. Erradicarlo por completo del cuerpo es la única forma de impedir la transmisión. O crear anticuerpos. A eso puede ayudar la vacuna, en realidad esa es su misión, pero los anticuerpos no se pueden inyectar, sólo los puede producir el propio cuerpo, a lo que la vacuna ayuda. Si queremos acabar con la posibilidad de transmisión, la vacuna no es una solución inmediata, menos aún estas cuatro lanzadas al mercado sin garantías suficientes, como muestran algunos resultados y porque todavía se está ensayando en los seres humanos a tenor de los continuos cambios en su administración. Y habrá casos en que no lo sea nunca.

Si la única solución es la curación definitiva, la única solución definitiva es un medicamento que combata y acabe con el virus. Pero tan acostumbrados estamos a recetar y a que nos receten falsos remedios que sólo afectan a los síntomas, que se ha extendido la creencia en la bondad de la vacuna. Se ha denunciado con frecuencia y a quienes lo denunciamos nos llaman “negacionistas”, para confundir. Porque negacionismo es negar la enfermedad y con ello sus consecuencias, sería contradictorio negar una enfermedad y pedir un remedio definitivo. Ganas de confundir que tienen los defensores de la vacuna.

“Se ha hecho en poco tiempo porque estamos más avanzados”, dice la publicidad justificatoria. Lo injustificable son los trombos y alergias, entre otros problemas; los primeros producidos por algunas vacunas en algunas personas, las segundas, propias de la naturaleza de cada cual. Por eso no vale el cómputo general de “sus ventajas superan a sus inconvenientes”, porque ventajas e inconvenientes son casi siempre desconocidas en cada persona en particular. Y se está vacunando a personas, no a seres inanimados; no a una estadística. Se está vacunando a ciegas, sin conocer si el metabolismo de cada receptor la recibirá bien o tendrá una reacción adversa.

Cuando se vacuna uno a uno, y no hay otra forma de hacerlo, no son válidos los porcentajes generales. Si sólo el 1%, si sólo el 10/00.000 tiene algún tipo de rechazo a la vacuna, ahí no cuenta la proporción general. Los seres humanos no son números para publicar una estadística. No es válido, ni siquiera lícito cambiar el número de enfermos por otro número aunque fuera inferior. Lo lógico sería analizar bien a cada persona antes de recibirla. Eso llevaría tiempo, es evidente. Pero no sólo están los posibles: también hay personas que ya conocen su respuesta negativa a las vacunas. Personas que ya tienen experiencia en la reacción negativa de su cuerpo. Vacunarse en estos casos es de índole suicida. Y obligarles es criminal, aunque sólo sea con presiones del tipo del “pasaporte covid”.

Tendremos que volver al principio: lo que no tiene rechazo es una medicina que combata y elimine al virus. Sería mucho más barato, porque sólo habría que administrarla a quien lo sufra, que no lo podría transmitir a nadie porque se habría eliminado de su cuerpo. Sin embargo, la que se está desarrollando en la Universidad de Córdoba no movida por el afán de lucro y sin ayuda de ningún tipo, no sólo no recibe ayudas públicas: se le ha dado la espalda vergonzosamente. ¿Será, precisamente, porque nadie se va a poder lucrar con ella? Los laboratorios se lanzaron a una carrera a ver quien llegaba antes porque, como se dice popularmente, quien da primero da dos veces. La imposibilidad de prestar un servicio regular, de cumplir los compromisos de puntualidad en su distribución y los inconvenientes surgidos, no sugieren precisamente avance científico de ningún tipo. Más bien improvisación, prisa por llegar antes, porque de vender vacunas depende el lucro para quien la fabrica.

No está de más repetir cuando se está ante tantos sordos: un medicamento no habría que aplicarlo a todos de forma indiscriminada, sino sólo a quien contrajera la enfermedad. La inmunización se produce en cuanto la enfermedad se ha curado. Como consecuencia el coste sería mucho menor. Entonces ¿a qué vienen las amenazas a quien no se la inyecte? ¿A qué estamos jugando?

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