No a la guerra

Las decenas de guerras que asolan el mundo tienen un punto en común: son países productores de petróleo o de metales preciosos, bien para el lujo

Un paisaje urbano devastado por la guerra entre Ucrania y Rusia.
Un paisaje urbano devastado por la guerra entre Ucrania y Rusia.

No a los intereses que mueven las guerras, cabe decir. Reclamar “la tierra y el agua” era el fin de los grandes reyes persas. En resumen: el territorio, porque el territorio tenía ciudades, riquezas, personas para trabajar y jóvenes para sumar a su numeroso ejército y así poder continuar. Solamente la pericia y estrategia de Alejandro, el mejor general de la historia, pudo frenar aquella ambición cambiada por la de construir un imperio mundial, sin diferencia de razas. Inocencia de hace dos mil trescientos años. Porque los imperios mundiales con que sueñan unos cuantos super potentados, no buscan la igualdad de las personas, sino sólo la sumisión de las mayorías a una minoría.

Las decenas de guerras que asolan el mundo tienen un punto en común: son países productores de petróleo o de metales preciosos, bien para el lujo, bien para la informática. No es de mal pensados ver algo especial en esa extraña correlación. Los señores de la guerra en África, Asia y América, que mantienen ejércitos mercenarios, necesitan obtener beneficio para armamento, manutención y soldada y un porcentaje de beneficio, como cualquier negocio. Pero no cualquier porcentaje.

El problema del huevo o la gallina: el negocio viene de la guerra o hacen la guerra para mantener el negocio? No obstante se mantienen en algunos casos las guerras por motivos territoriales aunque también tienen su trasfondo económico: se mantienen problemas fronterizos por el reparto arbitrario realizado por las potencias coloniales. Las de independencia, por citar otro ejemplo, son resultado de la formación de los estados actuales por conquistas y acuerdos impuestos, donde los más débiles, los que en cualquier momento fueron absorbidos vuelven a clamar con mayor o menor fortuna por su independencia.

Las otras, las reclamaciones territoriales de unos estados a otros mantienen el carácter de “la tierra y el agua” citado al principio: se trata de poseer territorios que suelen no haber sido propios en el pasado, aunque puede haber excepciones, hacia los que las reclamantes se consideran con derecho, con o sin razón. En definitiva, reclamaciones que tienen lugar en función del valor estratégico del territorio reclamado. Este último el caso de la anexión del Sáhara Occidental por Marruecos.

Y hay guerras extrañas como la de Rusia-Ucrania. Dos estados que se han ido formando casi al unísono, con movimientos de fronteras propios de las ambiciones de los estados expansionistas, porque Ucrania es resultado de la división de Polonia entre el imperio Austrohúngaro y Rusia, dónde después de la independencia ucraniana tras la Guerra Mundial, algunas zonas habitadas casi íntegramente por rusos quedaron adscritas a Ucrania. Se acerca al tipo de guerras “de protección”, entraría en la clasificación otorgada por Estados Unidos a sus conquistas, cuando las califica de “defensa de la democracia” y parecidas definiciones.

La diferencia está en que USA no conserva el territorio, no busca la tierra, le basta el agua. Su objetivo es la producción de ese país, de esa zona y para hacerse con ella no necesita gobernarlo directamente. Esa ha sido su prosperidad y esa está siendo su debilidad. Porque ya no gobierna el mundo, aunque sus luchas estén orientadas a eso. Ahora ha empezado a ser gobernada por quien se muestra más poderoso aún, quien puede quitar y poner presidentes, incluso el de los propios Estados Unidos.

Los poderes emergentes, los del club Billderberg, el CFR, la Trilateral, el Foro de Davos o el Instituto Tavistock, todos relacionados entre sí y dominados por los poderes económicos y militares aspirantes a convertirse en gobierno mundial y que aseguran querer llegar a la paz mundial, dónde sólo hayan dos clases, la alta, formada por ellos y el resto, sin embargo de vez en cuando necesitan una guerra local. Unas veces para apropiarse su producción petrolífera o metalúrgica, otras para convencer a algún estado reacio a esa forzada “unión” mundial. Las razones pueden ser variadas, están reflejadas aquí con precisión, pero en todo caso todas confluyen en una: el proyecto en marcha de dominar el mundo por un reducido grupo de unas ciento treinta personas.

 

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