Manifestación contra la OTAN en 1986.
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“La despolitización puede ser barrida cuando el pueblo intuya algo que levante su esperanza”, decíamos en los 70 en un cartel colectivo cuyo grabado eran las firmas de quienes suscribían el texto. Pero en los setenta la despolitización era un sueño y la esperanza el sostén en que se apoyaba. La larga dictadura sólo terminada con la muerte del dictador —ahí residía el problema, en la falta de fuerza que obligaba a esperar su extinción por agotamiento— acostumbró a la gente a obedecer en vez de a imponer una democracia sincera, a resignarse antes que a reclamar con fuerza sus derechos, a soportar el peso de la injusticia hecha leyes antes que a sacudirse las imposiciones. El pueblo, el propio pueblo inducido por los partidos y los políticos en quienes había depositado su confianza, lo único que hizo con fuerza fue creer todas las milongas inventadas por esos políticos, como el respeto a la ley aunque fuera injusta- La sumisión a hombres “fuertes” que cada vez les hacían más débiles

En siglos anteriores porque la reacción siempre imponía la fuerza de las armas, o sea, bien dicho: la razón de la fuerza. En el siglo XX porque llegamos cansados de tanta imposición, minusvaloración de la mayoría, de tanto totalitarismo. Posiblemente después de los 80 del siglo XX no quedaran fuerzas para enfrentar una oposición coherente y razonada a la demagogia política de los directivos del Estado quienes contaban con todo su aparato legislativo y propagandístico para imponer su endeble y equívoco interés personal. Después de la traición de 1982, sólo quedaba un batiburrillo de frases, demagogia, siglas, en definitiva, confusión, hasta el punto que, desde entonces, aunque existan una docena de partidos, la gente se sigue comportando como si sólo existieran dos, convencidos por la mentira y la demagogia política del bipartidismo y el voto útil. Cuando los políticos sueltan la palabra “ingobernable” una gran mayoría los cree y buscan la recuperación de la polaridad: dos partidos para que nada cambie.

Politizarse no es ingresar en un partido. Es tomar consciencia. Es ser consciente y saber separar el grano de la paja, saber discernir qué posiciones, qué acciones políticas nos defienden, cuales nos unen y cuales nos enfrentan. A nosotros, porque “ellos”, los “unos” y los “otros”, al final podemos ver que no difieren tanto. Y siempre con el miedo a “los otros” como si la vida fuera una película. Se parece, solamente se parece, pero a una de terror

El pueblo, la gente, está falto de líderes. Pero no de líderes políticos, no de gente capaz de atraer a la gente para encumbrarse, muchas veces para satisfacer su ego, nada más. O, mucho más grave, para satisfacer la ambición de grandes “truts” económicos o grupos de poder. El pueblo está necesitado de pensadores, de creadores, de maestros. La gente necesita pedagogía y ganar una elecciones no es pedagogía, no hace pedagogía, hace poder, sumamente fácil de comprar y de torcer mientras falte el poder mental de la ciudadanía. Hacen falta esos pensadores, creadores, pedagogos que puedan conducir a los demás por el camino de la libertad y la consciencia, para minimizar la gravísima consecuencia de que, gracias a sus subterfugios puedan hacer creer a la mayoría que buscan su bienestar, aquellos que justamente se oponen a una mínima subida de salario o pretenden convencernos que la privatización de la sanidad o la enseñanza son la mejor salida para todos.

Hacen falta educadores de masas, reales, no esos deformadores de opinión con banderita en la muñeca; personas capaces de aclarar y avisar las consecuencias de nuestros actos y con ello limpiar los caminos para que la mayoría pueda circular hasta la libertad responsable. Hacen falta sabios, filósofos como los hubo en épocas anteriores, para dar formación e información a los demás. Hacen falta esa filosofía, esa ética, esa preparación que la U.E. nos priva con sus “planes de Bolonia” la eliminación de las humanidades y otras “sabias medidas” a la medida de los detentadores del verdadero poder.

Hasta el siglo pasado nos quedaba la prensa, hasta que su poder fue suplantado por la “caja tonta”, único guía superviviente para mantener sin criterio a los faltos de criterio. Pero hasta el siglo pasado existía la prensa libre. En este momento, tras la brutal concentración de medios, la media docena de empresas informativas han quedado fortalecidas lo suficiente para imponer a la información unidad de criterio, para defender los intereses económicos de los correspondientes grupos financieros y empresariales. 

Nos queda internet. Y enfrente una gran pereza por la lectura.

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