La actual historiografía sobre la idea de España me disgusta, por lo general, profundamente. Por varias razones. Se insiste que la nación española nació en el siglo XIX porque el término “nacionalismo” es de entonces. Pero eso implica caer en una trampa nominalista. Para los historiadores debería contar la sustancia de las cosas y no la palabra que las designa. Por tanto, que un liberal adanista dijera que los españoles ya tenían patria tiene poca importancia. Ya en el siglo XVI, el humanista Juan Luis Vives hablaba de hacer “el mejor servicio a España, esto es, mi patria”. Se ha discutido mucho y muy bizantinamente que “patria”, en tiempos de los Austrias, significaba solo el lugar de nacimiento, la patria chica. Eso es en parte verdad pero no toda la verdad. La cita de Vives nos muestra que también podía ser la patria grande.
Después está ese tópico de que “España” designaba solo un concepto geográfico. ¡Cómo si geografía y lo identitario fueran términos opuestos! Europa, por ejemplo, es solo una península de Asia. Es la política, no la naturaleza, lo que hace que la consideremos un continente propio. Sucede además que un concepto geográfico, en una frase, no puede ser sujeto de ninguna acción. ¿Cómo explicamos entonces que Tiziano pinte a España defendiendo la religión católica? El término “nacionalista” no existía entonces. El de “nación”, en cambio, sí. Sebastián de Covarrubias lo recoge en su Tesoro de la lengua castellana, o española, el diccionario que publicó en 1611. Nación, para él, significa “reino, o provincia extendida”. Al poner un ejemplo no tiene la menor duda: “como la nación española”. Tal vez nuestros modernos historiadores deberían inventar una máquina del tiempo e ir a explicarle en qué se equivocaba.
Supuestamente, los reyes Habsburgo eran propietarios de una colección de reinos que podían intercambiar a su gusto. Algo así como un gran tenedor de pisos en alquiler. Eso implica olvidar que no todos los reinos tenían la misma jerarquía ni la misma identidad. Para Quevedo, estaba claro que España estaba compuesta por Castilla, Aragón y Portugal. Si miramos los textos de la época, veremos que España era el corazón de la monarquía y la que ejercía el poder sobre los demás. Aunque ahora se diga que los otros reinos eran independientes, eso es puro nominalismo. ¿Qué política exterior tenían, por ejemplo, Flandes o Italia? No pretendo decir que no hubiera intereses dinásticos, pero lo dinástico convivía e interactuaba con lo nacional. Un rey no era propietario del reino en el sentido capitalista de poder hacer lo que quisiera con su propiedad. Había leyes e instituciones que no podía saltarse. En cuanto a los súbditos, estos no concebían que el servicio al soberano fuera algo distinto del servicio al país. Los soldados de Felipe II, según Lope de Vega, le servían “como leales españoles”.
Ahora, con voluntad desmitificadora, se dice que la unión de los Reyes Católicos no significó nada y que podía haberse desecho si hubiera sobrevivido el hijo que tuvo el rey Fernando de su segunda esposa, Germana de Foix. No estoy conforme. Si el monarca hubiera querido, habría entregado Aragón a su nieto del mismo nombre. El hecho es que no lo hizo. Durante la Edad Moderna ningún soberano piensa en repartir sus dominios al estilo medieval.
No sé trata ni de ser nacionalista ni de no serlo, solo de ser fiel a la documentación. Una vez le pregunté a un historiador si Lope de Vega tenía como referente a España o al rey. Respondió con displicencia que al rey, por supuesto. Pero resulta que el Fénix escribió un poema épico, La Dragontea, en la que defendía a su país frente a sus enemigos ingleses. Su lenguaje, por ello, es fuertemente emocional: España es una madre que produce valerosos guerreros que son la envidia de otras naciones. El español, por definición, es atrevido “para cualquier hazaña”.
Además, cuando menciona a la armada hispana, el poeta la denomina “española flota”. ¿No habíamos quedado en que España no existía y solo podríamos hablar de Castilla, Aragón, etc, etc.? Lope también nos dice que el corsario Francis Drake empuña su espada “contra España”. No contra Castilla, ni contra Felipe II, sino contra España, “la nación nuestra española”. Es decir, contra una nación que sería como una Hidra por su poder de regeneración. Puede perder una batalla, pero de nuevo se lanza al combate. El hecho de ser españoles es lo que obliga a los compatriotas de Lope a no retroceder ante los ataques de los ingleses.
Como Vives, el autor de Fuenteovejuna considera que España es su patria. Por eso se lanza a cantar sus hazañas bélicas: “cuántos hechos, cuántas nombres, cuántos sucesos y victorias grandes”. No puede aceptar que tantos triunfos se pierdan porque nadie se preocupe de ponerlos por escrito: “Pues que tienes quien haga y quien te obliga, ¿por qué te falta, España, quien lo diga?”. España, como podemos comprobar, es el sujeto de todos esos éxitos. No se trata de ensalzar la gloria de un monarca sino la de una nación. De ahí que se pueda decir que una determinada hazaña es de provecho para ella. Eso implica reconocer la existencia de un interés nacional.
Pero no son pocos los que se empeñan en que los españoles no han tenido identidad nacional hasta hace cuatro días. Es lo que sucede cuando dejas que tu paradigma teórico se imponga a las pruebas empíricas. Si Lope no fue un nacionalista español, que baje Dios y lo vea. ¿Cómo no va a serlo alguien que, para lamentarse de los males de su nación escribe que su daño le “aflige y daña”? Su manera de sentir no es exactamente la misma que la de alguien del siglo XIX, pero es que las identidades naciones son vivas y en evolución. Lo que hacen los nacionalistas, es cambio, es petrificarlas. Definen una esencia inmutable y a partir de ahí establecen que es y que no es nacional, obligando a los demás a cumplir con sus requisitos arbitrarios. Si Lope no entendía que ser español pudiera ir desligado del catolicismo, hoy no faltan los que propugnan la idea. Como si España fuera algo tan pequeño como para acoger solo a los que forman parte de nuestro grupo.



