Cada año, la Cuaresma irrumpe en nuestras vidas como una llamada a detenernos. En medio del ruido, de las prisas y de las obligaciones diarias, estos cuarenta días nos invitan a mirar hacia dentro y a preguntarnos cómo estamos viviendo, qué estamos priorizando y qué lugar ocupa el otro en nuestras decisiones.
Como cristiano, vivo la Cuaresma como un tiempo de examen personal. Una oportunidad para revisar actitudes, corregir errores y fortalecer aquello que de verdad importa. La tradición nos habla de oración, ayuno y limosna. Pero, más allá, se trata de algo profundamente humano: dedicar tiempo a lo esencial, aprender a renunciar a lo superfluo y abrir el corazón a quien nos necesita.
Todos llevamos sobre los hombros responsabilidades que dan forma a nuestra vida. En la familia, con los compañeros, con los amigos, con quienes nos quieren y esperan de nosotros lo mejor. En el trabajo, en las decisiones que tomamos cada día. A veces creemos que son gestos rutinarios, casi automáticos, pero tenemos que aprender que nada es indiferente: una palabra puede consolar, pero también herir; una decisión puede abrir caminos y también cerrarlos.
La Cuaresma nos obliga a detenernos y a mirarnos por dentro. Nos recuerda que no vivimos solos, que todo lo que hacemos afecta a otros, que nuestro ejemplo pesa más que nuestros discursos. Nos invita a preguntarnos si estamos siendo pacientes cuando deberíamos serlo, si estamos escuchando lo suficiente, si estamos actuando con la rectitud que exigimos a los demás.
Como servidor público, esa reflexión se vuelve todavía más exigente. Detrás de cada votación, de cada decisión, de cada intervención, de cada postura, hay personas. Hay familias que confían, hay jóvenes que esperan oportunidades, hay mayores que merecen respeto. Y cuando uno es consciente de eso, entiende que la política no puede vivirse con ligereza. No es un espacio para el ego, sino para la entrega.
En este tiempo de Cuaresma siento con más fuerza que la confianza que los ciudadanos depositan en nosotros es algo profundamente delicado. No se sostiene con palabras, sino con coherencia y con hechos. No se mantiene con gestos de cara a la galería, sino con decisiones honestas y serenas, incluso cuando son difíciles.
La Cuaresma me recuerda, en lo más hondo, que ante todo somos persona. Y que solo siendo mejor persona podremos cumplir con dignidad la responsabilidad que asumimos. Porque al final, lo que permanece no es el cargo, sino la huella que dejamos en los demás.
Este tiempo nos recuerda que toda responsabilidad solo encuentra su verdadero sentido cuando se convierte en servicio a los demás. Que la autoridad no se impone, sino que se gana desde la ejemplaridad silenciosa, desde la coherencia diaria, desde ese esfuerzo humilde que muchas veces pasa desapercibido. Y que no habrá una sociedad mejor si antes no estamos dispuestos a transformarnos por dentro, a revisar nuestras actitudes y a vivir con más verdad y más entrega cada tarea que asumimos.
La Cuaresma culmina en la esperanza de la Pascua, pero antes nos propone un camino exigente de revisión interior, de humildad y de compromiso real. No es un simple tránsito en el calendario, sino una oportunidad para mirarnos con sinceridad y preguntarnos si estamos viviendo de acuerdo con aquello que decimos defender.
Es tiempo de reconocer nuestras fragilidades, de rectificar cuando sea necesario y de renovar nuestro compromiso con los demás. Cada uno, desde su ámbito —en la familia, en el trabajo, en la vida pública— está llamado a actuar con conciencia y coherencia.
Porque cuando asumimos con honestidad que toda responsabilidad implica entrega, comprendemos el verdadero sentido de nuestra vocación y fortalecemos la sociedad que compartimos: la responsabilidad de servir.
