Una pancarta en memoria de la menor asesinada.
Una pancarta en memoria de la menor asesinada.

Hace una década descubrí cuál era el nombre más hermoso que puede tener un árbol. Resulta que llevo toda la vida rodeada de ellos pero hasta hace relativamente poco no supe cómo se llamaban. Su denominación más técnica es el ombú pero es su apelativo común el que cautiva los oídos: bellasombra. Los bellasombras son unos árboles de hoja persistente muy comunes en Sevilla. Originarios de Argentina, Perú y Brasil, en la capital hispalense inundan las calles, los parques y los jardines, entre ellos, los de los Reales Alcázares. Son robustos, de ramas portentosas y raíces agresivas. Por eso no se deben sembrar demasiado cerca de los edificios. Cobijarse bajo el bellasombra en el duro agosto de la Andalucía occidental tiene casi tanto de necesidad como de hechizo vegetal. Y no exagero. Quien lo probó lo sabe, que diría Lope, insigne dueño del teatro sevillano junto al que también crecen —y no por casualidad— estos frondosos gigantes.

Los sevillanos tenemos la suerte de conocer bien al bellasombra. Nos hemos refugiado bajo sus ramas camino a esa Feria tardía que asoma ya por mayo, en uno de tantos viernes santos pasados por agua, en una tarde de estudio rumbo a la biblioteca general de la Universidad… en una de esas infinitas noches de verano sureño. El día que descubrí el nombre más hermoso que puede tener un árbol, ese día y a un escaso kilómetro de allí, alguien se esfumó. Yo le sacaba apenas unos pocos años. También era una chica. Es curioso cómo a veces las cosas más horribles suceden a tan poca distancia de los pequeños grandes descubrimientos, de los hallazgos bonitos. Me estremecí al saber lo que había pasado y casi sin querer noté crujir una rama por encima de mi cabeza. Era un bellasombra. Ayer se cumplieron diez años.

Las ramas del bellasombra se pueden romper por los vientos de mar, pero aquella noche de enero fue la tensión del ambiente lo que las hizo ceder. Estos árboles no necesitan suelos ricos en nutrientes y logran prosperar en climas secos a pleno sol. No llevan bien las heladas ni tampoco están preparados para la barbarie. No pueden explicarse ciertos comportamientos humanos, no soportan la vileza. Creo que esa fue la causa de que aquel centenario Phytolacca —que es su nombre científico—dejara caer sus ramas, como quien baja los brazos en el más inmisericorde gesto de desolación y pérdida. Se había extraviado demasiado y por más primaveras que retornaran a su copa, jamás lograrían entender el porqué. En eso se parecen al resto de los sevillanos que vivimos aquella noche y los diez años siguientes.

Ayer se cumplió una década de aquel momento, el momento en el que al bellasombra le tomaron el relevo los naranjos amargos —muy frecuentes también en mi Sevilla. La noche más larga de cuantas han existido para una familia y los diez años más aciagos desde entonces en el recuerdo de otros muchos. Nunca olvidaré esa noche, la noche en la que a mi pesar aprendí demasiado, la noche en la que conocí su nombre: Marta del Castillo. La noche en la que escuché crujir las ramas del bellasombra.

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