Hoy es Viernes Santo. Y no he enviado el artículo.
Podría decir que ha sido una semana complicada. Que no he tenido tiempo. Que se me ha echado encima. Todo eso sería cierto, pero no sería la verdad completa.
La verdad es otra. Mucho más simple. Mucho más incómoda: estoy haciendo el trimestre.
Porque así funciona esto de ser autónomo en España. Uno no solo trabaja. Uno, además, se detiene periódicamente a pagar por haber trabajado. O por haberlo intentado, que viene a ser lo mismo.
Abril no es primavera. Abril es el recordatorio de que, pase lo que pase, hay que pasar por caja.
Y aquí conviene aclarar algo, porque siempre aparece el mismo argumento: no, no estoy en contra de pagar impuestos. Nadie sensato lo está. Los servicios públicos no se sostienen solos. Pero una cosa es contribuir y otra muy distinta es sostener un sistema que parece diseñado para ponértelo cada vez más difícil.
Porque la realidad del autónomo no es la del eslogan. No es la del “sé tu propio jefe”. Es la de una cuota fija que llega puntual, hayas facturado o no. Hayas tenido un buen mes o uno desastroso.
Hayas cobrado o estés esperando que te paguen. Da igual. Pagas.
Luego está todo lo demás. El IVA, que en su día se presentó como una herramienta necesaria —y lo es—, pero que en la práctica convierte al autónomo en recaudador gratuito. Tú cobras, tú declaras, tú ingresas. Y mientras tanto, si el cliente no paga, el problema sigue siendo tuyo.
Y después el IRPF, ese porcentaje que ya ni miras con detalle porque sabes que va a doler igual. La teoría es impecable. La práctica, no tanto. Porque hay algo que chirría cuando la carga no se ajusta a la realidad de los ingresos. Cuando se penaliza igual al que empieza, al que sobrevive y al que realmente factura bien. Cuando no hay proporcionalidad, lo que hay es desgaste. Y en ese desgaste es donde se instala el cansancio.
Yo soy autónoma, entre otras cosas, para poder cobrar mis libros. Los royalties llegan una vez al año. No es un sueldo mensual. No es una nómina. Es un ingreso puntual que, en muchos casos, ni siquiera compensa el tiempo invertido. Este año, además, el Centro Español de Derechos Reprográficos exige factura. Y me parece bien. Su labor es necesaria y justa. Defienden los derechos de autores y editores, y eso hay que decirlo alto y claro.
El problema no está ahí. El problema es cuando haces números. Este año, por préstamos en bibliotecas, he cobrado 14 euros. El año que más, 24. Catorce euros. Y de esos catorce euros hay que descontar el IRPF. Y, por supuesto, declararlos. Porque para Hacienda eso cuenta como rendimiento económico.
Es difícil no sonreír —por no decir otra cosa— cuando uno se ve obligado a justificar, declarar y tributar por una cantidad que no cubre ni un menú del día. Ahí es donde empieza a entenderse todo. Cuando se dice que vivir de la escritura es difícil, muchas veces se piensa en la falta de ventas, en la precariedad del sector editorial, en la competencia. Y sí, todo eso influye.
Pero hay otra parte de la historia que se cuenta menos. La de los números. La de tener que encajar una actividad irregular en un sistema rígido. La de pagar siempre, incluso cuando no se ingresa. La de convertir una vocación en una ecuación que no termina de cuadrar.
Y entonces llega Viernes Santo. Y una, en lugar de estar pensando en artículos, está revisando facturas, calculando porcentajes, intentando que todo encaje lo suficiente como para seguir. No es falta de compromiso. Es exactamente lo contrario. Es querer seguir escribiendo a pesar de todo esto. Así que sí, hoy el artículo llega tarde. O llega así, a medio camino entre la justificación y la confesión. Pero al menos llega con la verdad. Que, visto lo visto, ya es bastante.
