A los pocos días de que haya muerto -porque morirá tarde o temprano como cada uno de nosotros- muchos correrán a hacerle su merecido homenaje; otros se precipitarán a comprar sus discos y la gran mayoría comenzarán a interesarse por cada detalle de su rocambolesca vida que, aunque él no desee, yo llevaré noblemente a las páginas de un libro. Antonio Malena es uno de esos cantaores, en peligro de extinción, que pasará a la historia de los verdaderos amantes del flamenco -no del público que ingiere ruido y brillantina- como uno de los artistas más completos y profesionales de su generación.

El problema es que nunca supo ni quiso venderse..., y en estos tiempos de purpurina y sonrisa musculada se paga bien caro..., pero a él no le importa lo más mínimo y nos lo demuestra en cada una de sus camisetas que pintorrea con frases como “A mí me da igual. Al carajo”. No entiende de protocolos -a pesar de haberse pateado el mundo entero- ni los considera necesarios para mantener alimentado el fuego de su arte; tampoco es amigo del pueblo aunque se anude a la garganta pintorescas corbatas como la de aquellos payasos tristes que saben que sus días están contados..., y todo para agradar, según él, la vista de los cotillas y charlatanes; es esquivo por naturaleza hasta con las personas que más quiere..., tanto que puede ser odiado como lo odio cuando no sabe sostener sus verdades -La Verdad- a base de razón y buenos modales.

Pero le perdono todo ya que es de los pocos cantaores -no conozco a muchos como él- que se parten el corazón cuando están sobre las tablas de un escenario; que respeta siempre al público -sean cuatro gatos o siete mil chillando en una platea- y ayuda a sus compañeros de fatigas..., y un artista que es capaz de todo esto y mantener sometido su propio ego merece mis respetos y mi cariño... Aunque parezca exagerado de mi parte este sencillo homenaje no lo es; aquel que pueda tener la suerte de subirse a un escenario sabe de sobra que escasea el gusto y el amor por nuestro arte que, en muchas ocasiones, se termina vilipendiando por unos cuantos euros. Por eso Antonio es un cantaor que honra la fatiga..., porque no olvida nunca que sus penas deben venir de las tripas y quemar la garganta..., que todo lo demás es pura mentira ya que de la más profunda fatiga, tragedia y eterna miseria se alumbró el Flamenco.

Para el cante de Antonio Malena no pasa el tiempo ya que devora años al pasado para cantar con la única razón con la que cantaban Manuel Torre o Chacón hace un siglo: para cerciorarse de que la muerte lo mantendrá -celosamente y para su propia supervivencia por los siglos- con los pies en la Tierra...

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