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La semana pasada no fue una buena semana para la imagen exterior de Angela Merkel. A su actuación en la cumbre europea en la que se acordó el tercer plan de rescate para Grecia se ha unido el episodio protagonizado por ella misma y una niña refugiada palestina en un encuentro de los organizados precisamente para hacer más cercano el gobierno alemán a sus ciudadanos. De todos es sabido cómo terminó aquello. La chica, Reem Sahwil, rompió a llorar tras la respuesta de Merkel al anhelo expuesto por la muchacha de quedarse en Alemania junto a su familia, y poder ir a la universidad. Acto seguido, Ángela corre a acariciar a la chica en un intento de remediar la situación.

La respuesta de Merkel se pareció más a la que hubiera dado en una rueda de prensa, rodeada de periodistas, o incluso en el Bundestag. Ya sabemos que ni en Alemania, ni en Europa pueden caber el Próximo Oriente y África enteros. No se trataba de explicarle algo así de obvio. Se trataba de explicarle que iba a ser de ella y de su familia, de su futuro, de sus sueños lejos de un país en permanente guerra. Podía haber lamentado el tiempo excesivo que los servicios de inmigración llevan estudiado su caso y el de su familia, tiempo en el que ella ha arraigado en Alemania. Lo que necesitaba era una respuesta lo más personal posible, que comprendiera su problema. Lo que no necesitaba, ni pudo soportar, fue una respuesta técnica y en cierta medida política, fría y distante.

El vídeo de este episodio se convirtió pronto en viral y la red social Twitter ardió con el hashtag #merkelstreichelt, Merkel acaricia. Posteriormente, Reem Sahwil, que va a una escuela para niños con discapacidad física en Rostock, en el norte de Alemania, ha declarado que, justificando a Merkel, lo que ésta hizo fue dar su opinión, y eso le parecía bien. Es decir, Reem se ha puesto en el lugar de Ángela, comprendiendo su forma de actuar, como responsable política de un país como Alemania. A eso llamamos empatía.

Cuando hablamos de empatía nos referimos a la capacidad de las personas de ponerse en la situación emocional de otros. De la falta de empatía es de lo que adolece Ángela Merkel. Será por sus ideas sobre el liberalismo económico o por su fe luterana, el caso es que ha sido incapaz de ponerse en la piel de los ciudadanos griegos hartos de un lustro de austeridad, y en el lugar de una chica discapacitada física, refugiada en Alemania, que solo quiere vivir junto a su familia lejos de las bombas, e ir a la Universidad.

La política es algo más que un discurso que convenza a la ciudadanía. Es también cercanía. Es sensibilidad. Es humanidad. La capacidad de empatizar deberían tenerla todos aquellos que se dediquen a la cosa pública. Si no, ¿cómo van a comprender los problemas reales que tienen las personas a las que gobiernan?

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