Rosalía en una imagen promocional.
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Hace tiempo que me dan impulsos para escribir algo sobre Rosalía. Hasta hoy no había cuajado ninguno, había que atreverse. Hoy me atrevo.

Aviso, soy apasionado del flamenco, pero no un entendido. Por supuesto admiro a las y los artistas flamencos. En el plano de la crítica, a personas como Paco Sánchez Múgica, director de este medio, con la sabiduría para escribir sobre flamenco artículos como el que puso aquí hace unos días titulado Rosalía y 11 discos que sí son flamenco, o entrevistas como la que le hizo a Rosalía y publicó en CTXT en mayo de 2017 con el titular de boca de Rosalía “No espero gustarle a todo el mundo”.

Tengo una intuición fuerte. Desde luego he leído las opiniones sobre la cuestión de la "apropiación cultural". Unas no las comparto, otras me han puesto en duda y alguna me ha convencido firmemente de que es imprescindible que las y los artistas flamencos, cualquiera que sea su nivel escénico, reconozcan a quienes les antecedieron y al pueblo fuente, el pueblo andaluz y más concretamente al pueblo gitano andaluz. De eso no tengo duda, otra cosa es, como poco, ignominia.

Digo esto lo mismo que digo que la identidad cultural andaluza no se ha construido nunca sobre títulos de propiedad. De hecho si somos pueblo diferenciado es sobre una historia de siglos de mestizaje. Esa raíz mestiza nos hace culturalmente invasivos.

La intuición fuerte es que Andalucía es viral. Nuestra máxima y más universal expresión cultural, el flamenco, se deja contaminar y contamina. La componente invasiva viral hace que el “producto” flamenco o aflamencado (no uso este adjetivo en despectivo sino para ampliar el espectro de reconocimiento de lo flamenco y salir del debate, que considero inútil, entre lo que es y lo que no es flamenco), cualquiera que sea el grado de combinación musical con otros estilos, tradiciones o tendencias, si tiene calidad, “enferma” emocionalmente rápido a millones de corazones.

Rosalía ya había triunfado, ya era viral antes de que hiciese El mal querer. Mi hija, que lógicamente está en otras esferas de la conversación universal que inauguraron las redes sociales, me la descubrió hace un par de años. No es lo primero que me descubre, de Sevilla, de Granada, de Barcelona o de donde sea. Quedé pasmado. La viralidad cultural que en realidad se llama Andalucía y es el flamenco, intuyo que es la causa profunda, no el marketing, que hace posible que la emoción Rosalía traspase fronteras culturales y generacionales.

Yo la reivindico como nuestra en lugar de juzgar sobre lo que es o no es, lo que es nuestro o de otros o si es flamenco o producto mercantil. Lo cierto es que por donde pasa lo peta.

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