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En esta temporada de invierno tan templada y seca, me alegra ver que las plantas de mi jardín sobreviven sin requerir apenas riegos (seguir leyendo).

En esta temporada de invierno tan templada y seca, me alegra ver que las plantas de mi jardín sobreviven sin requerir apenas riegos. Esto es gracias a que la mayoría de las especies que he plantado están adaptadas al clima de esta zona que habitamos.

Es el caso de mis freesias, que ya han empezado a florecer. Esta especie originaria del sur de África ha desarrollado, al igual que muchas plantas andaluzas como el asfódelo, la escila o el nazareno, mecanismos de adaptación que le permiten sobrevivir en estado latente durante los periodos de sequía, ocultando sus tallos bajo tierra en forma de cormos. Le bastan la humedad del rocío o unas pocas jornadas de lluvia para rebrotar rápidamente, florecer y fructificar.

Así, cuando admiramos el verdor de las hojas de las freesias y la blancura de sus flores en los jardines andaluces, no debemos olvidar la importancia de lo que está bajo tierra. Al comentar esto ayer con un maestro jardinero, él me dijo: “Así como un jardín mediterráneo es Andalucía: más poderosa por lo que oculta bajo tierra que por lo que muestra”. Cuando quise saber a qué se refería concretamente con tal analogía, mi maestro salió por la tangente, como suele hacer: “Es la paradoja de toda sepultura”, dijo, “que a la vez que oculta al muerto, lo muestra y lo señala”. Esta metáfora creo que la entendí, pero luego siguió: “Los muertos que más retornan al recuerdo son aquellos que fueron enterrados demasiado profundamente o demasiado rápidamente, sin el debido funeral”.

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