Representación birmana del Sasajātaka, donde el Buda, en una vida anterior como liebre, se sacrifica para alimentar a un brahmán.
Representación birmana del Sasajātaka, donde el Buda, en una vida anterior como liebre, se sacrifica para alimentar a un brahmán.

El país hoy conocido como Myanmar es, desde hace muchos años, una muñeca rusa de paraísos e infiernos: dentro de una apariencia paradisíaca se puede oír un crepitar de llamas; pero dentro de lo que parece infernal también se esconden, a menudo, oasis de humanidad… Es una tierra con valores, entre los que se cuentan el desprendimiento, la sutilidad y una excelente voluntad. Estos valores son atribuidos por sus habitantes, más que a su emplazamiento en el sudeste asiático, o a su histórico aislamiento del mundo exterior, a su condición budista. La mayoría de los birmanos se toman muy en serio su budismo; algunos, demasiado en serio: es prácticamente el único país budista donde existe un rechazo al alcohol relativamente extendido, pero también uno del que un extranjero puede ser expatriado por llevar un tatuaje de Buda en una parte del cuerpo considerada innoble. 

Desgraciadamente, el budismo no goza de buena prensa política: era la religión mayoritaria de los habitantes de la Camboya de los jemeres rojos, que cometieron lo más cercano a un autogenocidio que ha conocido el siglo XX; o los de una Sri Lanka sumida décadas en una guerra fratricida; o los de la vecina Tailandia, cuya historia “democrática” se resume en una alternancia de ampliación de redes clientelares y golpes de estado. Budista hasta la médula es Myanmar, regida con mano de hierro por una horrenda dictadura militar durante medio siglo y ahora por una neonata democracia de parto problemático, acusada de genocidio desde todos los rincones del globo e igualmente férrea con aquellos que la acusan desde algún lugar al que pueda llegar su policía. 

Siempre es problemático identificar complejos religiosos tras los tumultos de la política, que a menudo no es muy “religiosa”. También lo es conceptualizar estos mismos tumultos, pues tendemos a un simplismo que nunca nos aplicaríamos a nosotros mismos: si algo sucede en el barrio de al lado, lo encajaremos en el estereotipo que alimentamos sobre ese barrio; si sucede en un barrio equivalente de la ciudad de al lado, lo achacaremos al carácter de los habitantes de esa ciudad; si en un barrio de una ciudad de un país vecino, creemos que nos da información sobre todos sus nacionales. Y si dicho país está lo suficientemente lejos, ya podemos empezar a pontificar sobre “los musulmanes”, “los budistas”… La comentada crisis rohinyá no sucede en ninguna de las ciudades mayores de Myanmar, sino en un estado fronterizo de acceso vedado para birmanos o extranjeros, del que los segundos reciben información con cuentagotas y los primeros no menos, sometidos como están a una larga tradición censora. Todos los estados fronterizos del país están, por cierto, parcial o totalmente vedados (se requiere un permiso especial para visitarlos), y los campos de refugiados al otro lado de las fronteras –en especial la tailandesa– sugieren la truculenta razón. Algunos birmanos se sorprenden de la intensa cobertura mediática internacional que está recibiendo un hecho tan cotidiano como masacrar minorías. Cientos de historias, en efecto, esperan para ser contadas: por citar sólo una, la de los dos niños gemelos que fundaron una guerrilla de liberación cristiana contra el ejército (para acabar, respectivamente, en un campo de refugiados tailandés y cuidando abuelas en Suecia). 

Muchos budistas birmanos han seguido estos acontecimientos con el mismo horror que los observadores internacionales, si bien una cultura del miedo heredada de la anterior dictadura –que el gobierno democrático, responsable de la persecución a los rohinyá, no ha hecho un gran esfuerzo por disipar– juega siempre en su contra: todavía es un pensamiento difícil que en otros países se pueda criticar al gobierno en un programa de televisión. Las autoridades religiosas también han tomado cartas en el asunto, prohibiendo predicar durante un año al monje islamófobo más célebre de Myanmar.  Sin embargo, lo que parece predominar entre los budistas birmanos de a pie es el miedo a la expansión del islam, concebida en términos casi universalmente racialistas: incluso el Ministerio de Inmigración de Myanmar ostenta el siguiente lema: “Una raza no sufre peligro de extinción por ser tragada por la tierra, sino por ser tragada por otra raza”.  Para un país caracterizado por su aislamiento histórico, este sentimiento está paradójicamente en línea con los que se van adueñando de los corazones europeos o chinos. Si se distingue de estos es por su (¿anticuada?) retórica sobre razas, que, como sabemos, siempre es idónea para encontrar un chivo expiatorio para cambios que tienen otras causas (como el aperturismo cultural y económico de la actual Myanmar). Escrutar el origen de esta arraigada mentalidad racialista, en oblicua relación con los valores de una de las primeras religiones universalistas, así como la identificación subyacente de toda birmanidad con el budismo, nos llevaría, desgraciadamente, demasiado lejos. Sólo apuntaremos que, frente a lo que pudiera parecer, no conduce necesariamente a la intransigencia, aunque abona el terreno para que prenda bajo determinadas circunstancias. Como sermoneaba un monje islamófobo a finales de los años noventa (equivocando el concepto de “etnia” por la suya propia):

“Nuestra gente de Birmania no está muy al tanto. Nuestra gente étnica es bondadosa y hospitalaria. Tratan a todo el mundo como amigos cercanos, muy confiados. Los musulmanes saben esto muy bien. Se aprovechan casándose con mujeres étnicas y persuadiéndolas para practicar su religión.” 

La cita es del oportuno Myanmar’s Enemy Within: Buddhist Violence and the Making of a Muslim ‘Other’, de Francis Wade (2017). Estereotipos aparte, dicha ruptura de la confianza es palmaria en la última década.

Pero la muñeca rusa no se vacía aquí. Esa gente “bondadosa y hospitalaria” que hoy se siente, en grandes números, amenazada por el islam lleva siglos conviviendo en un mosaico de más de un centenar de grupos étnicos, que practican religiones como el islam, el hinduismo, el sijismo, el cristianismo y varias tradiciones autóctonas. Los birmanos budistas, mayoritarios, saben que una de las virtudes capitales de su religión es el metta, o disposición amigable hacia todos los seres sintientes, incluidos ciertos humanos. El metta es poderoso; tanto, que es capaz de alterar voluntades e incluso proteger de peligros, por lo que su cultivo puede adentrarse en lo apotropaico. Recientemente, un intrépido viajero recibía de un desconocido birmano un papel con la frase, en un inglés errático: “La gente de Myanmar tiene corazones cálidos y abiertos”. En terminología indígena: “La gente de Myanmar tiene metta”. Es triste que un pueblo que se precia de su metta se vea en el apuro de tener que explicar a cada extranjero que no son los monstruos genocidas que todos piensan que son; “monstruos”, por otro lado, boicoteados e ignorados por ese mundo exterior desde hace medio siglo. Pero creemos que su cultura posee herramientas suficientes como para escapar de todas las trampas ideológicas que pueda entrañar una drástica modernización, incluso una tan errática como la suya. 

Y su historia. Podemos escoger, entre otros testimonios, el del capitán Alexander Hamilton en el segundo volumen de su A New Account of the East Indies (1744):

“Y ahora, como debo dejar Pegu, no debo omitir dar sus debidas alabanzas a los clérigos en otra particular práctica de su caridad. Si un extranjero tiene la desgracia de naufragar en su costa, según las leyes del país, los hombres son esclavos del rey, pero por mediación de la [Orden monástica], los gobernadores pasan por alto esa ley; y cuando los desafortunados extranjeros van a sus [templos], encuentran un alto grado de hospitalidad, tanto en comida como en vestimentas; y tienen cartas de recomendación de los sacerdotes de un convento a los de otro en el camino que designen para viajar, donde pueden esperar embarcaciones que los transporten a Syrian, y si [el extranjero] estuviera enfermo o tullido, los sacerdotes, que son los principales médicos de los Peguers, los mantienen en su convento hasta que se curan, y entonces le proveen de cartas, como es observado más arriba, porque nunca preguntan de qué manera adora a Dios un extranjero, sino que si es humano, es el objeto de su caridad”.

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