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Harta de tantos sonetos y romances amorosos, utilizó la norma de la violencia de género para silenciar y acallar al poeta.

Uno de los personajes secundarios que más me llamaba la atención en los cómics que leía a los catorce años era Asurancetúrix, el bardo de la aldea gala de Astérix, al que amordazaban y ataban a un árbol para que no cantara o recitara sus estrofas. En esos momentos escribía pequeños, toscos y horribles poemas, irreproducibles y, en cierto modo, me veía un poco reflejado en esa figura. Gracias a eso, desde aquel momento supe la fama de pelmazo que sufren los poetas y mostré un cierto pudor en mostrar mis versos a cualquiera que no fuera receptivo, con la intención de no molestar. Además, por eso y para preservar mi intimidad, guardaba mis composiciones en un bloc amarillo fuera del alcance de los posibles fisgones.    

Ahora cuando he descubierto por la prensa que un hombre fue demandado en Alicante por mandar sus poemas a su mujer durante el trámite de divorcio, me ha reafirmado en la convicción de que los poetas no somos bien recibidos porque importunamos muchas veces. Lo peor es que, encima, en infinidad de ocasiones, no nos damos ni cuenta. Creemos, fuera de la realidad, situados en nuestra nube del Olimpo, que, por estar convencidos de tener una sensibilidad exacerbada, los demás van a comprender nuestro ingenuo modo de proceder y no van a apreciar malicia en nuestras manifestaciones. Pero no es así. La gente, por lo general, presupone la doblez de las palabras o busca el doble sentido en donde no lo hay. 

La querella mencionada fue interpuesta por un delito de amenazas y contra la integridad moral en el ámbito de la violencia machista. La jueza en primera instancia no apreció ningún tipo de delito, pero, no contenta con esa resolución, la denunciante recurrió. El tribunal de instancia, la Audiencia Provincial de Alicante, ha ratificado la sentencia. Según los jueces, el hombre sólo le mandaba inocentes poemas de sus libros que recordaban pasajes de su vida, posiblemente cargados de nostalgia, recordatorios de tiempos mejores, pero en ningún momento le remitía expresiones que pudieran causar temor a la mujer. Seguramente, dado que estaban en periodo de separación, con la firme determinación de concluir el proceso de divorcio y  pendientes sólo de resolver los asuntos económicos entre ellos y efectuar la división de los bienes gananciales, a la esposa le importunaba que le recordaran su vida pasada juntos y, harta de tantos sonetos y romances amorosos, utilizó la norma de la violencia de género para silenciar y acallar al poeta, con objeto de que le dejara por fin en paz.  

Harta de tantos sonetos y romances amorosos, utilizó la norma de la violencia de género para silenciar y acallar al poeta

Este hombre, tan inoportuno como Asurancetúrix, sufrió su martirio. El marido padeció una acusación de amenazas inexistentes o mal fundamentadas, unos gastos de abogado, el estigma de ser considerado un machista y un presunto delincuente y el desgarro y trauma psicológico que conlleva todo ello. Como ya lo dijo la maldición: pleitos tengas y los ganes. Lo que significa que aún ganando siempre pierdes. El poder inmenso que la ley pone en mano de las mujeres para su protección siempre tiene posibles efectos colaterales como éste. No se puede pensar, pues eso sería una muestra de odio, que  todos los hombres, por el mero hecho de serlos, son unos criminales. Para evitar éstos despropósitos, las mujeres tienen que utilizar sus recursos jurídicos con prudencia y eludir casos como el presente, pues de lo contrario, desacreditarían esas leyes punitivas, donde la presunción de inocencia no juega a favor del denunciado. Eso sí, cuando haya violencia real o acoso que afecte a la vida de las mujeres hay que denunciar siempre para evitar males mayores.

Es cierto que el amor concebido como una locura, como lo entendían algunos poetas del pasado o como se puede ver en alguna película romántica, es peligroso. La obsesión amorosa puede ser delictiva, especialmente si se practica la vigilancia y el control reiterado de la otra persona y produce la alteración de la vida de la víctima. De hecho, el código penal en 2015 introdujo el delito de acoso para evitar estas conductas. Debido a esta reforma podría ser delito incluso mandar constantemente flores a su enamorado o enamorada para conquistarlos, si a éstos les perturbase. Ni tan siquiera hacerte el encontradizo y aparecer constantemente por el trabajo o por el domicilio de éstos te salvaría de una posible pena. Sólo en el caso de una patología profunda del tipo del delirio erotomaníaco podría ser concebido este proceder como una eximente, como ocurrió en el juicio por intento de homicidio al periodista Paco González.  

Asimismo, me ha producido una profunda pena leer artículos recientes de hembristas, todavía con el cadáver caliente del longevo poeta Pablo García Baena, y con motivo de su muerte, en el que han acusado a éste de falocentrista y de machismo lírico. Como mínimo, podrían haber reservado esta crítica para otro momento. Por otra parte, se quejan de que en los concursos literarios son premiados muchos más los hombres que las mujeres. Es de todos sabido que son muchas más las mujeres que leen narrativa, consumen versos o compran poemarios que los hombres ¿No está, por tanto, cambiar este estado de cosas en las propias manos de las mujeres?

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