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Los tontos se reproducen en los despachos del poder. Siempre hay un despacho para un tonto, y un cómodo sillón para un carajote. Y es que para ocupar un lugar de lujo, con aire acondicionado, mesa propia para poner las fotos de los churumbeles y ordenador personal, parece requisito indispensable estar muy alejado de la realidad circundante, y cierta dosis —alta, en muchos casos— de poca vergüenza. Displicencia, dicen, el secreto de la eficacia.

Claro que no se puede generalizar, porque es peligroso. También hay buenas personas, y muy capaces, ocupando preciosos despachos. Seguro. Muchas. Yo las conozco, lo prometo. Pero me llega la flama de la calle, y entra con fuerza en el aula donde intento sobrevivir y motivar a los alumnos en los últimos coletazos de otro curso más, entre contenidos que no se ajustan siempre —no se ajustan casi nunca— a la actualidad real que ellos viven.

Intento recargar las pilas y la sonrisa, antes de llegar al instituto, y aunque evite las arengas radiofónicas, y los informativos antes de sumergirme en Secundaria, es irremediable que los torpedos de esos tontos de despacho me minen la moral. Lo último son los consejos del consejero, el de Sanidad, Jesús Sánchez Martos. Recomienda fabricar abanicos de papiroflexia para que los alumnos se relajen y se refresquen, y así puedan enfrentarse a las clases, mientras se cuecen, literalmente, y sufren lipotimias, golpes de calor, vómitos y ansias escapistas.

Eso de poner aparatitos para enfriar los ánimos, el consejero desaconsejable lo considera perjudicial para la salud. Y un gasto innecesario. Vale. Acondicionar las aulas para hacerlas habitables, es muy contaminante, malísimo para los ojos y cervicales, y sobre todo muy caro. Total. Son solo chicos, son solo adolescentes. No tienen importancia. No se enteran de nada. Y cada vez menos. Lo suyo es que no se enteren, que no piensen. Que doblen papelitos, sin plantearse la vida de forma crítica. Que consuman su tiempo, pliegue a pliegue, para una existencia de usar y tirar, de consumo rápido. Y muy manejables.

Lo malo es que entre esos chicos, entre esos adolescentes, seguimos en pie una horda importante de profesores, y muchos somos de los que practican el cuerpo a cuerpo, en según qué centros, que son, de seguridad, desconocidos para los consejeros varios, y esos habitantes de despachos que manejan el cotarro educativo que tenemos.

Soy humana, y en pleno proceso de horneado, a eso de las dos de la tarde, florecen, perlando mi frente, todas mis ganas pérfidas, y quiero encerrar conmigo, a más de un tonto de los que se atreven a dictaminar, aconsejar, opinar siquiera, desde el desconocimiento absoluto y su atmósfera desertora de la tiza. Encerrado en algún Segundo de esos de la ESO, en algún centro de esos que ni en sueños —pesadillas—. Encerrarlo conmigo. O dejarlo solo. Mejor. Una semana entera, de junio, o de mayo, en Andalucía La Baja —también me vale Extremadura, por ejemplo, pero sigan ustedes añadiendo puntos al mapa—.

Solo ante las familias, también. Evaluando por competencias. Cumpliendo objetivos. Rellenando una montaña ingente de papeles absurdos. Solito, el habitante pulcro y elegante de despacho, en una guardia de aula de convivencia, con seis o siete alumnos cabreados, incomprendidos, asustados en su propia vida, en un sistema que los escupe hacia afuera, a los que, por normal general, y por lógica, les importa un reverendo carajo —con perdón— los contenidos idiotas, y el sintagma nominal y la lírica renacentista.

Disfrutaría. Sí. Muchísimo. Y me carcajearía de la lividez de su cara, un viernes de junio a última hora, sordo, abotargado, arrastrado por aires difíciles, que nunca se acondicionan como es adecuado. El trauma le duraría, por poco aguante, mucha frustración y nula formación, hasta el domingo siguiente, quiero pensar —por ser optimistas—. Y entonces, para que se relajara le diría: dobla, dobla, y haz un abanico, o una grulla, o un gorrito. Dobla, dobla. Aquí tienes papel.

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