El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, baja de la tribuna del Congreso. FOTO: POOL
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, baja de la tribuna del Congreso. FOTO: POOL

El Gobierno parece estar teniendo un exquisito cuidado para mostrar solamente imágenes positivas. Magníficos los mensajes de ánimo, muy bien crear conciencia de estar unidos para detener el ataque de un virus invasivo. Hizo, hace falta unidad de criterio y de acción para pararlo. Hace más falta cuando la unidad se pierde. Hay quienes no han entendido que la unión trasciende al encierro, a los aplausos, a la crítica a una situación que ninguno hemos creado, pero sólo puede superarse con la participación de todos. La unidad se ha roto por una insolidaridad incapaz de ver la solución común al problema común; creerlo algo ajeno y lejano. Como si no le concerniera cuando no lo está sufriendo. Ese es el verdadero problema. Hay para quien parece algo muy lejano, una tragedia, sí, pero sufrida por otros, por lo tanto ajena. Irresponsabilidad culpable, sin duda, parcialmente involuntaria en tanto es producto de la ignorancia. Una ignorancia consciente y festejada, pero al fin y al cabo inducida por quienes obtienen beneficio de ella, porque una sociedad inconsciente es más manejable. La sumisión viene de la ignorancia, por eso para el poder antes promoverla que animar el verdadero “peligro” de la consciencia.

El comportamiento irresponsable de gran parte de la ciudadanía después de un confinamiento ejemplar es una actitud culpable, pero achacable a quienes han sembrado vientos para acumular obediencia. A la labor de todos los poderes de nublar el pensamiento, de anular la voluntad, de condenar la inteligencia, porque cuanto menos crítica más manos libres para imponer criterios y obtener complacencia, se ha unido ahora el paternalismo soso de evitar la visión real de la tragedia; de ahorrar escenas sobrecogedoras, evitación paternalista que ha alejado más el problema de la mente de la inmensa mayoría. Quizá se han querido evitar el pánico y el morbo, después de años capitalizándolo para dominar la mente humana. Después de la utilización del fútbol, de los realitys, de la manipulación constante de la enseñanza, de la información, del vaciado de las humanidades, porque el poder busca pueblos adocenados, no ha quedado más que el morbo, único residuo lejano de humanidad, aunque se manifieste al revés. Anulada la conciencia no se puede pedir consciencia; obligados a obedecer, condenados a no pensar, alta ha sido la reacción solidaria y corto el conocimiento de a quien alcanza: la solidaridad empieza en uno mismo, principio ignorado en este caso por la lejanía aparente en que se ha situado a sanos y asintomáticos, al faltar una información precisa.

Ha faltado mostrar la verdad: Mostrar sólo los aplausos, la fiesta cada vez que un enfermo se recuperaba, ha dado aire de felicidad a una pandemia mortífera. Ha viciado y tergiversado la realidad. No sobraban esas imágenes, en absoluto; sí han faltado al mismo tiempo algunas otras muy distintas: féretros –no esa composición grotesca de la ultra derecha sobre la Gran Vía- pero sí haber mostrado la realidad. Ha faltado ver el dolor de los enfermos, el sudor de médicos, enfermeras, celadores y limpiadoras, la falta de material de los primeros días, el personal sanitario infectado, por delante de las cifras frías tan poco transmisoras, las lágrimas de rabia e impotencia de cuantos han visto vidas humanas escaparse entre sus manos. La pandemia no ha sido, no está siendo algo que no nos toca y por tanto no sobra la preocupación. Ha faltado recordar que el test sólo aclara si se es o no portador en el momento de hacérselo, que el mayor riesgo es la transmisión, incuso por personas sanas, y la mejor manera de no transmitirlo es usar mascarilla.

La gente ha respondido a lo que se le ha pedido, pero se le ha pedido solidaridad para algo que se dibujaba alejado. Para los que sufrían, quienes trabajan en condiciones lamentables; ha faltado ver la cama y pensar que podría ser su próximo ocupante de la cama y del respirador. O esperar a que se lleven a alguien para poder recibir oxígeno. La gente ha respondido. A lo que han visto. No se pida imaginar a quien primero se le ha extraído la facultad de pensar. A los irresponsables no les han preocupado ni las multas, que ahora colapsaran a la Justicia, ni el riesgo cierto de contagiar a otras personas. Es grave en el irresponsable callejero. Mucho más en el del asiento en el Congreso, más aún el de quienes no sienten pudor de jugar con los muertos, mientras se puedan servir de ellos para su lucha personal por el poder.

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