Sin vacunas del tétanos por una hipotética inmunidad contra el coronavirus.
Sin vacunas del tétanos por una hipotética inmunidad contra el coronavirus.

A ver esa sensatez: las vacunas no curan. Su objeto no es curar enfermedades, es prevenirlas. Prevenir es mejor que curar, salvo en el recuerdo al amigo Einstein ¿recuerdan?: todo es relativo. Y en el caso de la salud y del metabolismo humano, mucho más. Todos los medicamentos pueden tener efectos adversos, en algunos casos muy graves. Las vacunas, más. Y más aún al estrenarlas, al comenzar su administración; porque por muchos ensayos que se hayan hecho, es imposible probar y comprobar sus efectos sobre todos los organismos humanos. Y no se niegue, sería cínico, que millones de personas pueden rechazar la vacuna; alergias, desde indisposición a efectos mucho más graves, como poner su vida en peligro.

Dejemos de lado la posibilidad de conspiración mundial, a lo que no ayuda nada la actitud de magnates, gobiernos y laboratorios centrados en la vacuna como único remedio posible. Es esa obcecación lo que da pábulo a los propagadores de la teoría de la conspiración, casualmente los mismos que defienden a magnates y grandes laboratorios. Será para disimular.

La vacuna ayuda a la creación de articuerpos, depende del estado de la sangre, entre otras. Sin ir más lejos, un exceso de glóbulos blancos puede acarrear más daño, por la escasa distancia que lo separa de la anemia y de la leucemia. La vacuna fomenta los anticuerpos, pero un exceso en la lucha contra el virus provoca la tormenta de citoquinas, causante del 90% de las muertes en la primera fase, según ha reconocido la medicina. En qué se piensa, entonces, al centrar todo el esfuerzo físico, científico y económico en la vacuna? Que al final puede ser inútil, según el tipo de futuras mutaciones. Esas mutaciones podrían dejarla sin efecto, obligarían a empezar de nuevo la investigación, sería un no acabar nunca, porque los virus mutan. Todos los virus. Por eso más eficaz que un producto que lleva ya un año de investigación, sería tratar a los enfermos actuales con una medicina capaz de destruir al virus. Algo de más fácil obtención, algo más inmediato, para los enfermos actuales. Y mucho más barato.

Frente a los problemas de la vacuna, una medicina ataca al virus, lo desintegra. Y no es preciso fabricar cientos de millones, porque sólo las precisa quien lo sufra. ¿Qué se gana produciendo y colocando cientos de millones de vacunas, a ciento veinte euros sólo el contenido de la inyección? Otras inyecciones, o pastillas, o píldoras, o cápsulas, resultan más económicas, más eficaces, se conocerían mejor y antes, sus efectos adversos a partir de los ingredientes utilizados, y sólo habría que administrarla a los enfermos. Esto no tiene por qué suponer continuar investigando y madurar la vacuna, pero no para detener estas primeras fases de la pandemia, que no las está deteniendo ni las puede detener, porque todavía no está a punto ni va a estar en semanas. Es posible que ni en meses. Pero podría servir por si se produjeran nuevos brotes en el futuro y se podría administrar con mejor conocimiento de sus efectos positivos y negativos. La persistencia, el empecinamiento en pensar sólo y únicamente en la vacuna, es lo que escama, sin necesidad de entrar en lo conspiranoico.

Si el medicamento es más útil, más rápido, si permite tratar a los enfermos con más eficacia y menos riesgos, y su producción y administración mucho más económica. ¿De dónde parte tanto interés? ¿Qué se gana con la vacuna? O mejor dicho: ¿Quién gana con la vacuna?

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