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"Por pura higiene democrática, una sociedad con un pasado tan violento como el nuestro no puede dar la espalda a su historia a riesgo de permanecer dividida generación tras generación".

La semana pasada se cumplieron ochenta y un años del golpe de estado de Franco y sus secuaces. Y  ¿sabes qué, abuela? que aún una parte de la ciudadanía cree que los que defendemos la memoria histórica lo hacemos guiados por el rencor y el revanchismo. "Dejen a los muertos en paz. No reabran las heridas", nos dicen. Ignoran que toda herida mal curada supura y devora por dentro; a las personas y a las sociedades. Y así estamos, devorados por nosotros mismos. Los españoles hemos sido siempre muy Saturnos.

Como dice el eminente investigador alemán, Walther Bernecker, "asombra que todavía en España no haya un consenso básico sobre cuestiones tan importantes como la responsabilidad originaria del comienzo de la Guerra Civil. Preocupa que ciertos círculos derechistas sigan teniendo problemas con la memoria histórica, cuando la inmensa mayoría de los españoles de hoy, por motivos puramente biológicos, no puede tener responsabilidad personal de nada de lo que ocurrió  hace 80 años".

Así seguimos, abuela.

Hace unos años visité Berlín. Me sorprendió comprobar que la memoria del holocausto estaba presente a cada paso. Decenas de placas y monumentos recordaban a los judíos asesinados. Resultaba verdaderamente abrumador esa exaltación de la memoria. España está en el otro extremo, en el de la amnesia inducida. Un olvido que nos mantiene anclados a una tragedia en la que todos los españoles sufrieron, sin duda, pero unos más que otros y durante más tiempo. Y estos siguen en las cunetas sirviendo de abono a la vegetación.

El olvido histórico es a la sociedad como el Alzheimer al individuo: lo despoja de su humanidad, de su identidad y lo convierte en un ser sin voluntad, a expensas de los otros que, si no tienen demasiados escrúpulos, los usan en su beneficio. Por eso, por pura higiene democrática, una sociedad con un pasado tan violento como el nuestro no puede dar la espalda a su historia a riesgo de permanecer dividida generación tras generación.

No se puede pretender poner punto y final a una realidad que sigue doliendo a casi la mitad de la población española, a los herederos de los vencidos, los humillados, silenciados y estigmatizados por el franquismo. Tampoco se pueden olvidar a las mujeres, las víctimas de las víctimas, las madres, las hijas, las esposas que tuvieron que sufrir el doble estigma de rojas y de mujeres y que sacaron adelante a sus familias sin medios, pero con una dignidad, una tenacidad y una fortaleza verdaderamente épicas.

No queremos revancha, queremos verdad y restauración. Porque no se puede pedir olvido a quienes se prohibió recordar durante los cuarenta años de franquismo y se recomendó olvidar durante los otro cuarenta de democracia, en aras de una concordia que siempre se cimenta sobre los mismos: los que, sin tener casi nada que perder, lo perdieron todo por defender la democracia, ese sistema político que hoy exigimos con tanta vehemencia para Cuba o Venezuela.

De aquellos barros, estos lodos, abuela. 

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