El 8 de marzo y los hombres.
El 8 de marzo y los hombres.

Sí, a vueltas con el monotema, cansino y recurrente de la masculinidad, y el modelo hegemónico de hombre, sí porque ahora que se aproxima el 8 de marzo, día internacional de la mujer, es mucho más necesario reivindicar la figura del hombre. No para que compita en protagonismo con las mujeres, algo que no nos hace falta, pues desde hace siglos acaparamos todos los focos, espacios y privilegios, sino precisamente para quitar poder y valor a un hombre absolutamente mayoritario que responde a parámetros de desigualdad y jerarquía.

Porque los hombres seguimos sin darnos cuenta de la realidad en la que vivimos, y puede que por eso la neguemos, y así es difícil de cambiar nada. El 8 de marzo existe, no para ser un día más en el calendario en el que celebrar actos oficiales y manifestaciones, sino para decirnos a los hombres que la mitad de la población del mundo sigue discriminada, que la sociedad en la que vivimos esa que llamamos democrática y avanzada, maltrata y dificulta la vida de las mujeres con multitud de trabas, obstáculos, humillaciones y violencias, y que los hombres somos los responsables de ello.

El Día Internacional de la Mujer, como el 25 de noviembre debe ser sobre todo una llamada de atención a los hombres, para que comprendamos que la violencia de género no es una cuestión de hombres aislados, sino un asunto que nos afecta como género y, que, aunque no lo percibamos así, tiene todo que ver con la cultura masculina, la forma en la que nos educan, esa idea que hemos interiorizado sobre nuestro rol en la vida, y la absurda creencia en la biología como factor determinante nuestras vidas. 

Porque un hombre no puede ser alguien que fundamente su razón en la fuerza y en la superioridad sobre otras personas, ni aquel que solo entiende la vida de forma agresiva, y reacciona violentamente ante cualquier adversidad. No, un hombre no puede ser eso, no puede ser un tipo que considere que los afectos son síntoma de debilidad y flaqueza.

El ocho de marzo que nació como protesta por el incendio de una fábrica de camisas de Nueva York en el que murieron 146 personas marcó la lucha por los derechos de la mujer, es un grito de clamor y basta ya. Es el enésimo intento de decirnos que las desigualdades no son naturales sino sociales, que se sustentan en nuestra pasividad y silencio cómplice, y que los pensamientos, comportamientos y actitudes machistas y patriarcales que consideramos insignificantes, son el alimento que las mantiene. 

Necesitamos un modelo de hombre que asuma un ideal distinto, que ceda y busque nuevos espacios, otras formas de entenderse y relacionarse, que no tenga miedo a sus emociones ni a ser menos hombre. Un hombre que no vea en el feminismo un enemigo, sino un aliado del que aprender y con el que caminar hacia un horizonte más justo. Un hombre revolucionario, porque la verdadera revolución que tenemos pendiente los hombres no está en espacios alejados, está en nosotros mismos, nuestro cambio.

En este tiempo de pandemia, ausencias, dolor y futuro, no estaría de más que los hombres comenzásemos por modificar aquello que nos concierne, nuestra pesada e insoportable masculinidad.

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