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El concepto de odio, ligado principalmente al de “hostilidad”, es, ante todo, aversión al desconocido, al diferente, al forastero.

En el actual contexto de crisis socioeconómica y territorial en España, los mensajes de odio y otras formas de discursos intimidatorios o simplemente despectivos relacionados con diferencias regionales, circulan abundantemente por las redes sociales. Y no sólo eso, además, es bastante común encontrar ese tipo de discursos, muchas veces delictivos, ocupando los titulares de prensa y de televisión, amplificando el fenómeno, a veces alimentándolo intencionadamente, pero también, afortunadamente, en los medios más dialogantes (que aún quedan…), sirviendo de punto de partida a necesarios debates en torno al ambiente generalizado de crispación y a los límites de la libertad de expresión. 

El concepto de odio, ligado principalmente al de “hostilidad”, es, ante todo, aversión al desconocido, al diferente, al forastero. Por eso crece con el patrioterismo. Pero el odio es, como todos sabemos, una emoción extremadamente compleja, con numerosos matices. Sólo en el castellano podemos encontrar más de 50 sombras del odio: abominación, aborrecimiento, alergia, animadversión, animosidad, antagonismo, antipatía, asco, aversión, chauvinismo, crueldad, desafecto, desagrado, desamor, desavenencia, desdén, desprecio, discordia, encono, enemistad, fobia, furia, furor, inquina, intransigencia, intolerancia, ira, irritación, maldad, malevolencia, ojeriza, oposición, rabia, rechazo, rencor, repudio, repugnancia, repulsión, resentimiento, saña, tirria y un larguísimo etcétera.

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