Pancarta del 15M.
Pancarta del 15M.

Guardo esta imagen desde hace años, con la lejana esperanza de que no tenga que devolverme el corazón. Gritábamos que no éramos mercancías en manos de políticos y banqueros, y queríamos convertir la democracia de baja intensidad que tenemos en una Democracia de verdad, completa. Queríamos blindar el derecho a una Sanidad pública digna, a una Educación en igualdad de oportunidades; que pagaran los que más tienen y que nadie se quedara sin trabajo, sin techo ni comida. Queríamos que se rescataran a las personas, y no a los bancos que desahucian personas. Queríamos un planeta sostenible en el que el medio ambiente fuera cuidado y no atacado. Aspirábamos a que se acabara la corrupción y los privilegios de los políticos. Soñábamos con una sociedad que toma conciencia de lo común, y de que solos no vamos a ninguna parte.

Todos somos parte del todo. Como las olas que al crecer se creen únicas hasta que se rompen en la orilla y se disuelven en el mar, así nos hemos dado cuenta durante esta inesperada y grave crisis que nos necesitamos unos a otros para sobrevivir, para vivir. No estaremos a salvo del virus mientras no lo estemos todos y todas. Todo está interconectado con todo. Durante la crisis nos hemos dado cuenta de que las grandes estrellas del fútbol, nuestros héroes, no son vitales para nuestra vida, pero sí los médicos y los investigadores a los que habíamos hecho de menos. Que no es esencial comprar constantemente de forma compulsiva todo el tiempo, pero sí que haya que haya alimentos y productos básicos durante las crisis. Que como sociedad no hemos reconocido la dignidad, la necesidad y el beneficio de profesiones a las que hemos despreciado. Que somos cuerpos vulnerables que necesitamos de los cuidados de otros cuando enfermamos o hay problemas.

Nueve años después de aquel 15 de mayo de 2011, del esplendor en las plazas, de aquella mágica ebullición de ansias, de ganas de cambiar el mundo, el esplendor ha tornado en total ausencia. Las plazas vacías testifican de otra manera la necesidad de cambio; esta vez ese cambio no lo piden multitudes indignadas, sino el silencio de la misma vida humana.

La naturaleza nos impone a la fuerza el parón que no hemos querido hacer por insolidaridad con la Tierra, obligándonos a reconsiderar posturas o posiciones que piden desde hace años una desescalada en esa pretensión suicida del crecimiento económico infinito en un planeta finito, como intentando dar pasos de gigantes en una reconversión medio ambiental a la que nos resistimos. Y sin embargo, buena parte del ser humano parece retroceder también con pasos de gigantes hacia una concepción de la sociedad bastante deprimente. Quiero pensar que la solidaridad, la cooperación, el preocuparse por el bien común, tienen que ser actitudes producto de la evolución humana, y lo contrario, una involución. La vida puede volverse trágica en tiempos en los que conviven coronavirus y pandemias desconocidas con personas como Trump, Bolsonaro, Casado o Abascal. No hay que ser ingenuos, el mal existe. El fascismo avanza sin complejos, sin escrúpulos, mientras protestamos porque el Gobierno nos restringe la libertad de ir al bar. Y hay que combatirlo como sea. Pero qué difícil es sumar a esa lucha a tantísima gente que no sabe que a quién defiende, en realidad le desprecia.

La naturaleza, la vida, da la razón a quiénes gritaban que había que cambiar las políticas de crecimiento y competencia por políticas de cuidados y cooperación. Cuidados a la dignidad de las personas y cuidados al espacio en el que se desarrolla la vida.

Hoy más que nunca, necesitamos recuperar aquella loca cordura que hizo que miles y miles de personas que no participaban activamente en la política abarrotaran las plazas pidiendo democracia, justicia, igualdad. Estamos en una de esas oportunidades históricas en las que o cambiamos el modelo ahora o ya no será posible nunca. Si no somos de nuevo miles clamando contra políticos corruptos que sólo persiguen el lucro, podemos volver a ser gobernados por ellos. Si no somos miles gritando que la verdadera democracia es la que procura trabajo, pan y techo para todas las personas, caeremos sin remedio en la rueda de la precariedad, la pobreza y la insolidaridad. Si no protegemos y cuidamos nuestro entorno vital, será otra pandemia o cualquier otro desastre natural quién nos recuerde la oportunidad perdida.

Si tú que saliste a la calle en 2011 tenías razones, ahora tienes muchas más para exigir otro mundo posible. Si no volvemos a gritar que queremos un mundo más justo y mejor, perderemos esta extraordinaria oportunidad para siempre. 15M, si no vuelves, devuélveme el corazón.

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