Están televisando el Brasil-México, pero no tengo el cuerpo para samba brasileira el día después del bochornoso adiós. Escucho de lejos la retransmisión, como quien oye llover, sin el menor interés salvo cuando el comentarista de Mediaset eleva el tono de voz ante cualquier jugada de peligro.

Lo cierto es que estoy con la mirada clavada en el móvil, negando con la cabeza mientras leo la crónica de José Luis Hurtado en el Marca. Dice el compañero que la edad dorada comenzó en el punto de penalti ante Italia y terminó con otra tanda trágica en Rusia. No hay duda en la fecha del origen de la mejor época del fútbol español, sin embargo discrepo en la del cierre. Ojalá hubiera durado una década, pero apenas llegó a un lustro irrepetible, eso sí, en la historia del fútbol mundial. Un Mundial y dos eurocopas en cuatro años no están al alcance de nadie, y posiblemente nos muramos sin que ninguna otra selección pueda igualarlo.

La edad de oro de La Roja tocó a su fin en la final de la Copa Confederaciones de 2013 tras caer goleados ante la anfitriona, Brasil. Fue ahí cuando nos bajaron todos los humos y cuando a Del Bosque se le empezaron a acabar las oportunidades de salir por la puerta grande.

Porque desde entonces hasta ahora hemos contado nuestras participaciones en las grandes citas por fracasos. El Mundial de Brasil 2014 primero, la Euro de Francia 2016 después y por último Rusia 2018. Estamos encadenando decepciones como en los viejos tiempos. Como antes de que el Sabio de Hortaleza, tras estrellarnos con él también en el Mundial de Alemania, le cambiara la mentalidad derrotista a una generación de futbolistas y a todo un país.

Este carácter ganador y sin complejos llegó hasta donde llegó, a la final de la Euro 2012 en la que la selección alcanzó su cota más alta. Desde entonces para acá, en lo que se refiere a fases finales, nada de nada. Una involución hasta la España de siempre que no parece tocar a su fin.

Como cabía esperar, y alentada por una prensa deportiva a la que le interesa mantener vivo el interés mediático tras la eliminación, la opinión pública se ceba a estas horas con los Rubiales, Hierro, De Gea y compañía para tratar de restañar las heridas haciendo buena leña del árbol caído. Sin embargo, prensa y aficionados pasan por alto a quien perpetró el atentado contra la penúltima intentona por recuperar el cetro. En todo este sainete, Florentino Pérez se marcha de rositas ¿Se imaginan que hubiese sido el inefable Bartomeu quien lo ficha teniendo contrato en vigor la víspera del debut mundialista?

Pérez sabía lo que hacía y lo que sucedería como consecuencia de su entrada en escena. No pensó jamás en otro escenario que no fuera el cese del seleccionador, ¿o acaso contempló otro escenario en el que Julen siguiera al frente, que el equipo fracasara en Rusia y presentarlo después como el sucesor de Zidane?

Lopetegui actuó de forma desleal y egoísta. Mantenerle en esas circunstancias durante las dos, tres o cuatro semanas en la concentración hubiera terminado por hacer saltar por los aires la convivencia entre los internacionales. Rubiales, que quiere acabar con los años de enjuagues y corrupción, no podía dejar pasar un guantazo sin manos así. Sabía que, cualquiera que fuera su decisión, la Roja entraba en el peligroso juego de la ruleta rusa que al final nos ha acabado fulminando.

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