Raquel Cané
Raquel Cané

Un proverbio de la vieja cultura Aymara dice: “No cantes a la lluvia, haz llover”; y en él he pensado en estos días mientras leo el último poemario que ha caído en mis manos, Cartas a H / El aprendizaje, de la argentina Raquel Cané, publicado en España por Liliputienses. Y es que ese viejo proverbio se repite como un mantra a los aprendices de escritores haciendo referencia a que es mejor mostrar los sucesos a través de la escritura que explicarlos, conseguir que el hecho de leer provoque en el lector un proceso visual, una sucesión de imágenes que le hagan recrear la escena en su cabeza. A este respecto manifestaba Picasso que a veces al leer un libro sentía que su autor hubiera preferido pintar en lugar de escribir.

En Cartas a H nos encontramos un poemario singular en el sentido más completo de su concepción. Su estructura es una estructura epistolaria, una correspondencia a la que asistimos de forma incompleta, leemos lo que escribe uno de los sujetos para a partir de sus palabras reconstruir la conversación, las respuestas de la otra cara. Es, pues, una relación entre dos sujetos en los que habita una distancia: “Vivirás en una isla”, dice el primer poema imaginando el espacio que ahora habita la otra parte, un espacio que confronta a los dos interlocutores, el asfalto, la ciudad, la urbe, frente al campo: “Puentes, autopistas, caminos, subterráneos” / “Un solo camino llega hasta mi casa. Un tajo en la tierra que es fango cuando llueve”. “en el campo la línea del horizonte se abre infinita” / “Los rascacielos dan una mirada aérea”. Da una idea de la distancia física, oceánica que separa a los protagonistas la mención a las estaciones. En el poema 2 mientras a ella la abandona el verano él empieza a recibirlo. Pero lo más interesante de Cartas a H lo encontramos en ese paralelismo entre pintura y escritura, imagen frente a palabra, porque la protagonista del poemario va pintando sobre un lienzo mientras escribe las cartas. Durante toda la correspondencia veremos la evolución del lienzo, que empieza con una mancha negra que poco a poco va tomando forma y color. Asistimos a la magia de un doble proceso creativo que la autora conjuga con maestría. Cartas a H es el retrato de una ausencia, el proceso de conversión de una observadora en paisaje: “Dejo de ser observadora, soy el paisaje o la sucesión de hechos y cosas”.

La segunda parte del libro es El aprendizaje, un libro con cuerpo propio desvinculado de Cartas a H desde su propia estructura. En El aprendizaje estamos ante un libro de una arquitectura poética más ortodoxa con la presencia de los versos. Volvemos a situarnos ante dos protagonistas, esta vez dos mujeres, y un proceso de acompañamiento. La poeta es ahora una observadora compasiva que da fe de los últimos días en la vida de a quien acompaña. Lejos de ser el relato trágico de una pérdida, todo el poemario es un acto de amor cargado de esperanza: “La fe es la fuerza que da el sentido”, sentencia la autora en el último verso.

Más allá de interpretaciones, la poesía de Raquel Cané es una poesía aforística cargada de versos que son dardos certeros: “De volar no sé, sólo miro los pájaros”, “A veces siento que pinto por la cobardía de vivir”, “El tacto sólo necesita la respiración”, “A mí me sobra el silencio, no sé de mi cuerpo”, “La esperanza no será una voz ajena”, “Me inclino para ser voz”… Versos como dardos que dan a la obra de Raquel Cané una solidez de poeta madura, leída, fajada en el universo del lenguaje pero también de la imagen ya que Cané se nos presenta como poeta pero es ilustradora y diseñadora profesional de portadas para libros de Random House Mondadori en Argentina y México, entre otras editoriales y publicaciones.

El universo poético de Raquel Cané se adentra en las emociones haciéndonos llover sin necesidad de cantarle a la lluvia.

 

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