Samuel Aranda (Santa Coloma de Gramanet, 1979) no quiere que se le llame fotógrafo de guerra, aunque haya visto el horror y los estragos de las contiendas bélicas casi en primer plano durante prácticamente dos décadas. Después de 18 años como fotoperiodista, ha cubierto conflictos e historias en "50 o 60 países" de todo el mundo. Empezó colaborando con El Periódico de Cataluña y El País a 10.000 pesetas la foto. Años más tarde pasaría por la agencia EFE, France Press y Le Monde. En 2012 ganó el World Press Photo, los Oscar del fotoperiodismo, por una instantánea para New York Times que, a modo de Pietà, mostraba a una madre abrazada a su hijo tras el bombardeo de una mezquita en Yemen. Ese mismo año ilustró para el diario estadounidense los rostros de la pobreza que asolaba España tras el estallido de la crisis. En 2015 también se hizo con el prestigioso premio Ortega y Gasset por una foto en una orilla de la isla de Lesbos: otra vez una madre y su hijo, esta vez Llegando al paraíso. Unos trabajos que evidencian que las guerras del siglo XXI son poliédricas y se suceden, a veces con idéntica crueldad e inconsciencia, mucho más cerca de lo que hasta hace poco pensábamos.

Este fotógrafo catalán de padres cordobeses anda disparando en la actualidad para tres proyectos a la vez. "Estoy haciendo un proyecto con la Fundación del Barça, con la que estamos recorriendo países por todo el mundo fotografiando historias de chavales que reciben ayuda de la fundación. Hemos estado en Brasil, y ahora vamos a Bangladesh, Senegal, Líbano y Zambia. Luego, Save the children me ha encargado un libro sobre la pobreza infantil en España, es un proyecto de un año y es un poco ver los efectos de la crisis, después de que dice todo el mundo que ya han pasado; y después, estoy también con el New York Times, estuve hace poco en el Congo, Nigeria... sobre todo, África". Gracias a un encargo más amable, el realizado para el proyecto De tal palo, tal jerez, una cata-concierto protagonizada por Josep Roca y Diego del Morao, Aranda ha visitado y fotografíado estos días el interior de algunas bodegas del Marco de Jerez y se ha tomado su primer sherry en Maestro Sierra —"nunca lo había probado, pero lo descubres y alucinas"—. Ahora es casi media mañana. Tomamos café para hablar de fotoperiodismo, del oficio de reportero y de algunas claves más personales que sustentan su reconocida carrera profesional.

1. ¿Este oficio está pagado? Usted empezó ganando 10.000 pesetas por foto...

Está peor pagado. Esas 10.000 pesetas fueron en El Periódico de Cataluña y en El País, y después de eso bajaron tarifas. La primera foto que publiqué fue en el 99, hace 18 años ya, y lo que ha pasado en la fotografía es que gente como yo, que queríamos hacer fotos y viajar a nivel internacional cubriendo conflictos, nos hemos tenido que ir fuera. Me hubiese gustado hacer todos los reportajes que he hecho para cualquier periódico español, pero no es posible, no es viable. En España no apuestan por la fotografía, y no solo a nivel económico, sino de respeto, a nivel de cómo te editan, de que te contesten un e-mail... y es una pena.

"En España no apuestan por la fotografía, y no solo a nivel económico, sino de respeto, a nivel de cómo te editan, de que te contesten un e-mail..."

2. ¿En qué piensa cuando pulsa el disparador?

Depende mucho del país y de lo que esté fotografiando. Hay países que ya conoces muy bien y tienes incluso una vinculación personal. Cuando estuve en Yemen al final me pasé casi año y medio residiendo allí, y entonces fotografías con un cariño especial, conoces a los compañeros de los medios locales, y es muy diferente lo que sientes ahí que si te mandan, por ejemplo, al Congo. Ese es un ejemplo más claro: te dejan con avioneta del New York Times en medio de la selva y allí hay un tipo que hace de ayudante que te lleva a un poblado donde están masacrando a la gente y no conoces nada. Era una historia sobre pigmeos, una tribu que están masacrando y vas a fotografiar casi a ciegas, aunque te documentes mucho antes. Fotografías desde el punto visual, sin vinculación con la gente.

3. ¿La cámara puede ser un arma cargada de futuro?

Yo he tenido experiencias de haber cambiado cosas. Más que incluso con la fotografía, yo diría que por trabajar en New York Times. Cuando vas a hacer fotos a un país y cuando saben que vienes de ese medio, los gobiernos te tienen miedo, no quieren que fotografíes allí, te ponen todos los problemas posibles. Me pasó incluso en España, cuando hice el reportaje de la crisis, que luego tuvo mucha repercusión y apretaron mucho contra mí a nivel político, me acusaron de muchas cosas… Al publicarse en New York Times saben que hay una repercusión muy alta. Y por ejemplo, de las veces que sí he visto que ha pasado algo ha sido con el tema del ébola. Hicimos una serie de reportajes y uno de ellos eran sobre un hospital en Makeni, en Sierra Leona, que se había quedado sin medicinas y sin nada porque Naciones Unidas estaba mercadeando con el material. Todo lo que llegaba al puerto de ayuda internacional los trabajadores locales de la OMS lo que hacían era revenderlo. Nos llamaron los enfermeros, fuimos al hospital y cuando lo publicamos, en 48 horas, la embajada norteamericana reaccionó, envió sus convoyes y dieron todo el material. Las enfermeras nos llamaban llorando de emoción, llevaban tres meses sin nada, publicamos el reportaje y en dos días se les había solucionado el problema, y eso reconforta mucho. Es muy adictivo.

4. ¿Qué imagen tiene grabada en la retina?

Momentos así que recuerdas y recuerdas... Uno es en el hospital de Makeni, donde había una niñita que estaba dando vueltas de dolor por el suelo, sangrando por la boca. Ese mismo día, cuando volvíamos al hotel, nos encontramos con toda la chusma de Naciones Unidas que estaba de fiesta, gente que no salió a la calle ni un día durante toda la epidemia de ébola. Entonces, eso te marca porque ves el dolor de la gente, ves que se puede hacer algo porque está el dinero y los medios, y falla ese escalón de quienes tienen la opción de hacer y no hacen. Es injusto. Y luego con el tema de los refugiados el año pasado. Creo que es un tema que nos ha marcado a muchos fotógrafos porque hemos fotografiado en Europa una historia así. Nunca lo había hecho. Eso cuesta más de entender. Vas a África y hay un rollo psicológico del viaje en avión, de que vuelves a casa y tal, pero es que cuando pasa en Europa no hay desconexión y eso es más duro.

La gran tragedia de los refugiados: "Vas a África y hay un rollo psicológico del viaje en avión, de que vuelves a casa y tal, pero es que cuando pasa en Europa no hay desconexión y eso es más duro"

5. ¿Recuerda la intrahistoria de la foto con la que ganó el World Press Photo?

Sí, sí, de hecho es un encargo de New York Times, para quien ya había hecho Túnez, Egipto y Libia. El editor me dice que intente entrar en Yemen que era muy difícil, voy a Yemen, al principio de la revolución, y al final logro entrar en el país. Esa foto es del primer día de trabajo porque costó mucho conseguir la infraestructura para poder trabajar allí; estuve como dos semanas solo intentando montar la red de ayudantes para poder salir a trabajar. Iba con un chico que tenía una moto, yo tenía que ir vestido como van allí, con una cámara muy pequeña y escondida, y ese día fue el primero. Lo vi claro y salí. Empezaron los bombardeos y la gente se refugió en una mezquita. Escucho por la radio que estaban bombardeándola. Ella es la madre, se llama Fátima y a su hijo, Said, le encontré inconsciente dentro de la mezquita.

6. Ganó el Ortega y Gasset en 2015. Hay una frase de Ortega que reza "el malvado descansa algunas veces, el necio jamás". ¿Detrás del objetivo ve más necios o más malvados?

Pf, no lo sé, pero cada vez hay más de los dos, sin duda. Es verdad que te choca a veces hasta dónde podemos llegar los humanos. He fotografiado cosas que me hubiese gustado no ver nunca y no haber conocido porque te rompen cualquier esquema vital que puedas tener. Recuerdo en Congo, entrevistando a mujeres pigmeas que habían sido violadas por la tribu contraria y no eran violaciones como las que conocemos, que son un acto terrible, sino que buscaban destrozarlas por dentro, las violaban con objetos, les quemaban los pechos… Unas cosas muy muy salvajes, es una barbaridad. Y luego lo del tema de ser un necio... Lo que está haciendo Europa es una cosa horrible, están muriendo personas, esta semana ha habido otro naufragio, personas con niños y bebés, ahogándose en el mar, y aquí tenemos un gobierno que ha aceptado a 700 refugiados en todo el conflicto. Y eso es de ser un necio con mayúsculas. No se pueden hacer las cosas así y que luego nos echemos las manos a la cabeza cuando hay atentados en Europa, todo lo que se hace luego tiene una repercusión, no puedes ir a invadir países, a bombardear a civiles y luego quedarte de brazos cruzados como si no pasase nada... Eso es de necio con mayúsculas.

7. Hoy todo el mundo se cree fotógrafo.

El gran cambio fue con el tema de las digitales. Yo empecé con carretes, había que ir corriendo a revelar, y eso hacía que no todo el mundo podía hacer ese trabajo, se requerían mínimos conocimientos técnicos. Cuando llega el digital, sí que es verdad que cualquier persona en la calle con un móvil o una cámara digital hace fotos y eso parece que hace a todo el mundo fotógrafo, pero no es así. También es verdad que el mercado es mucho más visual y hay muchas oportunidades de trabajar de fotógrafo. A nivel informativo, las redes sociales hay que saber filtrarlas y eso lo hemos aprendido mucho en New York Times. Cometimos un par de errores, sobre todo con la Primavera Árabe, por publicar fotos de Twitter que dimos por válidas. Luego, sobre el terreno, hemos visto que no, no eran reales. No te puedes creer todo lo que sale en las redes sociales. A nivel español, siempre estamos cinco o diez años por detrás del mundo anglosajón. Ellos, sin duda, apuestan cada vez más por la calidad en el periodismo; vas a un conflicto y cada vez se ven más equipos de periodista y fotógrafo que van a contar historias en profundidad. Se está apostando mucho por el periodismo fuera de nuestro país y yo espero que en algún momento los dueños de los medios de comunicación se den cuenta de lo que hay que hacer para salvar el periodismo en este país.

8. Usted es catalán hijo de inmigrantes andaluces. ¿Cataluña tiene solución?

(Risas) no la veo muy fácil, la verdad. Soy hijo de cordobeses, soy un charnego de libro, de un barrio de Santa Coloma de Gramanet donde el 80% es inmigrante andaluz o extremeño, y donde en las últimas elecciones más ha subido el independentismo y la CUP, la extrema izquierda. Por lo que hablo con mis amigos y con la gente de Cataluña, lo que más hay es un rechazo al PP, a ese mundo rancio de extrema derecha, que está dentro del PP y donde lo han robado todo, y no pasa nada. Ese punto de agresión y chulería, de no vais a poder votar, se ha convertido en un problema social cuando antes solo era político. Yo nunca he hablado en catalán cuando era más joven pero que no me venga nadie a decirme que no puedo hablar en catalán. Ahora te hacen en Madrid incluso comentarios raros, en plan qué estáis haciendo, vais a romper España, y a mí eso me da mucha pena. Me da mucha pena que los políticos en este país, tanto españoles como catalanes, nos hayan llevado a un problema social, que se pudo solucionar con el Estatut de Cataluña, que el PP llevó al Constitucional, y que fue ahí cuando empezó esta historia. La gente no quiere irse de España, no hay ningún odio hacia España, lo que hay es un rebote generalizado contra ese autoritarismo del PP. El mayor independentista fue Aznar, durante muchos años Pujol y PP iban de la mano, se cubrían sus marrones…, pero se les fue de las manos y ahora es un problema social. Y nos tienen que dejar votar, que negocien cómo se haga, pero elegir y votar es el principio básico de la democracia.

El problema de Cataluña: "La gente no quiere irse de España, no hay ningún odio hacia España, lo que hay es un rebote generalizado contra el autoritarismo del PP"

9. ¿A qué le pone y a qué no le pone filtros?

(Risas) A la fotografía nunca. Casi ni trato las imágenes en Photoshop, a no ser que me haya equivocado a nivel de exposición. Y le pongo filtro a las redes sociales, donde cualquiera opina bajo el anonimato, gente que opina sin ánimo constructivo e incluso con amenazas. Le pongo filtro a ese punto intrusivo de las redes sociales que al final te acaba hasta enganchando. De hecho, me fui a vivir a un pueblo donde no hay cobertura de móvil, somos 80 habitantes, y una de las razones fue recuperar esa intimidad y tranquilidad.

10. ¿Qué necesita un retoque de Photoshop en este país?

Los políticos, los seleccionaba a todos, de todos los partidos, y le daba a borrar. Reset.

11. ¿Ante qué fotógrafo le gustaría posar?

Era y soy muy de Robert Frank. El primer libro de fotografía que tuve fue de James Nachtwey, y luego empecé a seguir mucho a Cartier-Bresson, pero fui cambiando de gustos y esa imperfección de Robert Frank me alucina. Aparte, toda la historia que trae consigo, el tipo se arruina porque no le querían publicar un proyecto que pensaba que tenía que ir de una determinada forma, luego se lo publican y al final ha sido el libro más vendido de la historia de la fotografía. Me parece un ejercicio increíble de cómo hay que ser fotógrafo. Y William Kleine, al que pude conocer en París y es un tipo genial, en mayúsculas.

 "Si haces tu trabajo, la gente se muere delante de tu cámara y te vuelves a casa y ya está, te vuelves loco, eso al final te pasa factura"

12. Dijo Kapuściński que para ser periodista hay que ser buena persona, ¿también para ser reportero gráfico?

Sí, creo que también. Creo que hay compañeros que entran en este mundo de la fotografía, gente que te encuentras en algún conflicto, que ves cómo no vuelven, y supongo que hay gente que se mete en esta profesión para ganar premios o notoriedad, pero los compañeros que siguen durante muchos muchos años son los que aman a la gente y los que aman donde van a fotografiar. Esa gente que se involucra sobre el terreno, que empieza a estudiar árabe, que se preocupa por lo que pasa allí... Es imposible en esta profesión ir allí, hacer cuatro fotos y volverte a casa a descansar. Es imposible. Puedes poner dos o tres años una barrera de distancia, pero cada vez que vuelves vas cambiando, va marcándote y aprendiendo. Es imposible hacer esto sin tener empatía por el sitio y la gente con la que estás, y también para aguantar. Si haces tu trabajo, la gente se muere delante de tu cámara y te vuelves a casa y ya está, te vuelves loco, eso al final te pasa factura. Nachtwey puede llevar 40 años haciendo fotos y me lo encontré cubriendo el drama de los refugiados. Lo primero que hace al llegar una barca es ayudar a las personas, lo tiene clarísimo. Es la única forma de hacer esto.

12+1. Usted empezó siendo grafitero. Picasso decía que a los 12 años pintaba ya como Rafael pero que le costó toda la vida aprender a pintar como un niño. En fotoperiodismo, ¿más vale alma que técnica?

Sin duda, sin duda. Ahora estoy atravesando un proceso en el que he abandonado casi del todo la fotografía digital. En parte por volver a ese punto de imperfección, de volver a esa fotografía bruta, imperfecta. Hay que recuperar ese oficio en el que hay que pensar primero en lo que estás fotografiando porque solo tienes unos disparos, estás en situaciones críticas de luz, tiras a medio segundo… Eso mola, hay que recuperar ese punto de incertidumbre, de no poder controlar lo que pasa.

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