gitanas_universitarias_03
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Una canción de Michael Jackson o Alicia Keys puede ser la banda sonora que se oiga mientras el lector forja la estructura de las siguientes líneas. Del mismo modo que esas voces negras acompañan algunas veladas de estudio de Manuela Soto, estudiante de Filología Hispánica en la Universidad de Sevilla, jerezana y gitana. Esta joven de 20 años es sólo una de las muchísimas mujeres que rompen los tópicos, la imagen peyorativa que en incontables ocasiones los medios de comunicación se empeñan en difundir. “En Jerez ser gitano se entiende como algo positivo, en el resto de la geografía estamos mal vistos y lo he notado cuando me he marchado a estudiar fuera”, explica Manuela.

La niña más inteligente del mundo es gitana, se llama Nicole Barr y es británica, lo que sin duda supone un motivo de orgullo para el colectivo. En nuestro país también contamos con heroínas romaníes. Como reza en el informe anual de la Fundación Secretariado Gitano (FSG) de 2014, la mujer gitana española es una de las pioneras en Europa y “está apostando por su formación y la de sus hijas, hasta el punto que están dejando atrás a los hombres de su raza, muchas de ellas han accedido a la Universidad y están dispuestas a desarrollar carreras profesionales fructíferas”. Todas realizan un magnánimo esfuerzo al destruir los muros que encuentran por ser mujeres y gitanas.

“Tenemos que justificar constantemente nuestra manera de pensar y de ser. Ante todo soy persona mujer y gitana y me tengo defender cuando me atacan”.

El padre de Rocío Junquera, estudiante de Magisterio de Educación Infantil en Puerto Real, se marchó a la Marina y como él, siempre ha querido que sus dos hijas decidieran su futuro. En el instituto donde estudió un 40% era gitano y la relación con los payos se desarrollaba con absoluta normalidad. “No nos discriminaban directamente, aunque con nuestros resultados callábamos bocas cuando hacían el típico comentario de que los gitanos somos flojos”. Fuera de Jerez, en la universidad, cambiaron un poco las tornas. Pese a la normalidad con la que mantiene al afirmar que no ha sufrido discriminación. Muchos se sorprenden cuando descubren que una gitana estudia en la universidad.

“Las respuestas siempre son las mismas: cómo es posible si me porto como una más, cómo es que mi padre me deja estudiar, me preguntan si ya estoy comprometida con algún chico…”. Entre anécdota y anécdota evidencia que no todo ha sido un cuento de hadas. No en vano la FSG ha registrado 57 incidentes discriminatorios en el ámbito educativo en el último año. “Una vez un compañero dijo que los gitanos eran unos guarros. Me levanté le pedí que me oliese y le pregunté si venía aseada. Se disculpó porque no sabía que yo era gitana, pero no me volvió a hablar”, cuenta Rocío.

“No estoy nada a favor de tradiciones como la del pañuelo porque te coartan la libertad. Esta forma de pensar me la ha transmitido mi padre”.

A su juicio, los medios divulgan mitos que incitan al rechazo de esta etnia. Como consecuencia, dice, “tenemos que justificar constantemente nuestra manera de pensar y de ser. Ante todo soy persona mujer y gitana y me tengo defender cuando me atacan”. Rocío no comparte la mayoría de  las tradiciones propias de la cultura gitana. “No estoy nada a favor de tradiciones como la del pañuelo porque te coartan la libertad. Esta forma de pensar me la ha transmitido mi padre”, explica la joven.

Gitana con apariencia de ‘guiri’ alemana, devota de ‘El Prendi’, amante del flamenco e invidente. El caso de Victoria Vargas, estudiante de Trabajo Social, es otro cantar. A los 10 años sufrió una hidrocefalia a consecuencia de la cual perdió la visión. Todo el mundo, recuerda, se sorprendió de lo bien que se lo tomó. “Yo no podía venirme abajo porque si no arrastraría conmigo a mis padres”. Al principio salía sólo con sus primas, "no quería ser una carga para los demás". A día de hoy es más independiente y se relaciona con todos sus compañeros, con quienes no ha tenido ningún problema, pero Victoria sí es consciente de las reticencias de sus padres.

Victoria sólo ha tenido conflictos con algunos profesores debido a su ceguera. "Algunos en un principio se negaban a facilitarme el material en el formato que yo necesitaba para estudiar, pero mis compañeros siempre me han apoyado". Una vez finalizado el grado, esta gitana incansable que aprendió braille en 15 días. pretende trabajar y seguir estudiando Psicología. Entiende que gracias al valor que su cultura otorga a la familia y al ánimo de ésta será posible.

Decidió estudiar trabajo social en Granada para salir de Jerez.  Allí, Isabel Alegre, tuvo algún contratiempo a la hora de encontrar un piso de alquiler y opina que fue por el hecho de ser gitana.  A ella la definen como “muy inquieta”. La propia  joven reconoce que se sale un poco del patrón. “He estado de Erasmus en Bruselas, fui de viaje de fin de curso a Cuba… Estoy siempre de aquí para allá y quieras que no todo eso influye. De no ser así, quizá ya estaría casada hace tiempo, trabajaría y llevaría a mi familia adelante, tomaría café por las tardes y los sábados saldría a la discoteca donde van todas”, cuenta Isabel a sus 24 años.

Profesionalmente tuvo mucha suerte. Al concluir sus estudios comenzó a trabajar en un centro de menores de Madrid. Poco después empezó a trabajar para la Federación andaluza de Mujeres Gitanas Universitarias Fakali. Tenía claro que desde allí podría ayudar a acabar con la desigualdad en su colectivo porque, según afirma, ésta se encuentra sujeta a la exclusión social dada por la falta de recursos, exactamente igual que sucede con los payos sin medios económicos. “La esperanza de vida de las mujeres gitanas es menor a las del resto porque les da miedo y vergüenza ir al médico al no saber expresarse y leer, por ejemplo, y eso es lo que hay que solventar”, explica indignada Isabel.

Alegre no comulga con todas las costumbres de su cultura pero, al igual que Victoria, se siente muy orgullosa del sentimiento de unidad familiar, la hermandad que une a toda la comunidad romaní. "Vaya donde vaya soy acogida por el resto de las gitanas aunque posean perfiles diferentes al mío", afirma y no duda al asegurar que los prejuicios existentes se desmontan en las distancias cortas. "Yo soy Isabel. No tengo que llevar moño, ni corales y el gitano no tiene que ser siempre el bufón”, concluye.

Sobre el autor:

María Luisa Parra

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