Hace unos días, el escultor e imaginero sevillano Juan Manuel Miñarro se quejó públicamente de lo mismo que repiten tantos paisanos suyos que han sufrido esa transición del centro histórico de la ciudad: "Sevilla se está convirtiendo en un parque temático".
Lo piensan igualmente los escasos vecinos que resisten en el corazón de una ciudad al servicio del turismo. Y la mayoría no es que vivan aquí –una hazaña ya bastante improbable-, sino que trabajan en estas calles que van de La Campana a la Plaza del Pan y de la Plaza Nueva a la calle Cuna y que, por lo tanto, han echado más horas y más vida en sus viejos establecimientos que en su propia casa.
Lo lamentan con ese tono elegíaco de quienes están convencidos de que cualquier tiempo pasado fue mejor los dependientes de los pocos negocios del pasado siglo que sobreviven entre tantas franquicias de colores, todas de suvenires y comida rápida con pinta de ibérica o italiana aunque procedan de naves industriales.
Los viejos negocios que no son “de comer”, sino de trajes de comunión, de fotografía analógica o de cuchillos, parecen conservados en manteca de la de antes, pero lo que abunda por cualquier parte de este centro histórico sevillano son obras y reformas de franquicias que abren o que cierran en busca de la suerte, turistas de todas las nacionalidades imaginables comiendo por la calle y chicos en patinete eléctrico que sortean las tantas veces confusas señales restrictivas. Por las tranquilas calles peatonales, los guiris recién aterrizados tratan de localizar su hotel o su apartamento mientras tiran de la maleta.
Y en este paisaje urbano en constante cambio contrastan los negocios recién abiertos con esas cancelas echadas para siempre, como caries de una dentadura para las que ya no sirve el empaste. El año nuevo ha amanecido, desde luego, con más cierres que nunca. Cerró la Cuchillería Regina, en la calle del mismo nombre, antes de que sus dueños se tomaran las uvas el pasado 31 de diciembre y después de casi un siglo tras el mostrador, generación tras generación.
Había cerrado algunas semanas antes el último negocio en el centro de la familia Burgos, ese establecimiento de 1947 que todavía luce letrero de verde vintage como es Calzados Catedral, en la calle Cerrajería; la primera zapatería que abrió en Sevilla totalmente especializada en calzado infantil. En los últimos años fueron cerrando las otras tiendas que la familia de Pilar Belinchón -la madre del articulista Antonio Burgos- había tenido en las calles Asunción o Luis Montoto y hasta el gran establecimiento de la Avenida de la Constitución.
Año de cierres
Desde el día siguiente del de Reyes, por otro lado, como un regalo a la inversa, o como el despertar del profundo sueño de la infancia cuando se choca con la durísima realidad, también dejaron de abrir sus puertas otros dos negocios emblemáticos: el primero, Repuestos Labor, en Marqués de Paradas esquina con Reyes Católicos, después de un siglo reparando bicicletas. En la época de la guerra civil española se llamó, pretenciosamente, “La casa del ciclista”. Su último dueño ha echado el cierre por jubilación. Y el local, de 144 metros cuadrados, busca marchante ahora por un millón de euros. El segundo, Fotografía Enrique, en el número 22 de la calle Rioja, ha cerrado después de tres cuartos de siglo retratando a los sevillanos para la posteridad o para el carné de identidad. De todas formas, la tercera generación de este estudio abre esta misma semana en otro local de la localidad aljarafeña de Tomares.
En un cartel de aviso en la puerta del histórico estudio fotográfico podía leerse estos días: “La vida sigue, los tiempos cambian. Con nostalgia pero también con ilusión, cerramos esta etapa para comenzar otra nueva…”.
En el corazón de la ciudad “solo sobreviven los negocios que sean de comer”, resume Maica, la empleada de Bugatto, la coqueta tiendecita de trajes de comunión y complementos de boda situada en los soportales de la Plaza del Pan –oficialmente, Plaza Jesús de la Pasión-, a la espalda de la basílica de El Salvador.
“Cada vez proliferan más los establecimientos de comida rápida, de helados, de baguetes o bocadillos, de salsas y todo eso que consumen los turistas”, explica Maica, un tanto preocupada por el futuro de negocios como el de su jefa, que “lleva aquí más de 40 años” y que precisa de que “el cliente llegue hasta aquí andando”, en referencia a la aplaudida peatonalización pero que obliga, en negocios de estas características, a que “la abuela del niño venga hasta aquí para mirarle el traje, que para eso es la que paga”. “Y luego está el precio del alquiler, que sigue por las nubes”, añade Maica, aunque matiza que en el caso de su local por lo menos es “de renta antigua”, con lo cual apenas son mil euros al menos.
Asomada a la puerta de su pequeño negocio, contempla la estampa diaria: la vecina Cuchillería Sevilla no ha abierto aún, a pesar de que es casi la una del mediodía, y la cancela no ofrece pistas de si abrirá o no. “Abrirá”, vaticina la chica que atiende en uno de los minúsculos locales vecinos –de bisutería, de pizzas o de pastas-, “pero lo mismo llega a las cuatro de la tarde y ya no cierra hasta la noche”. En los bancos de la placita, unos turistas orientales comen a deshoras y alternan sus miradas al infinito y al móvil.
Falta relevo generacional
Los nuevos estilos de vida, las compras online y los elevadísimos precios de los alquileres contribuyen a “la sangría en los locales tradicionales”, como apunta el presidente de la Confederación Provincial de Comercio, Servicios y Autónomos de Sevilla (Aprocom), Tomás González, quien echa de menos “relevo generacional” para mantener a flote una idiosincrasia sevillana que se le envidia al mundo anglosajón, donde “los establecimientos que son patrimonio de las ciudades pueden cambiar de dueño pero permanecen”, lo cual requiere de un apoyo explícito de las administraciones para que no siga esa tendencia de que los grandes empresarios locales desaparezcan en favor de los grandes operadores.
“Yo lo que quiero es que mis hijos sean funcionarios”, dice José Guillermo, en la tienda de fotografías analógicas Santana, perfectamente consciente de las dificultades a las que se enfrentan las nuevas generaciones para mantener a flote este tipo de negocios tradicionales. Los ejemplos se multiplican por todas partes y cada semana en una ciudad donde prolifera más el gastrobar que el bar de toda la vida y en la que los manteros cambian de ubicación conforme lo va haciendo la Policía Local.
Por las calles Francos, Cuna o Tetuán se aprecian locales que han ido echando el cierre en estos meses. Muchos no son históricos, sino atrevidas intentonas de probar suerte en una época poco propicia para las loterías… Como tuvieron que echar el cierre la emblemática librería Verbo que ocupó el lugar de la librería Beta en el antiguo Teatro Imperial de la calle Sierpes en unos años poco propicios para la lírica o para cualquier lectura que vaya más allá de la etiqueta de las carcasas para móviles.
No sirve ya el disfraz, dicho sea literalmente. La tienda de disfraces más célebre de Sevilla tuvo que cerrar antes del pasado verano. El famoso escaparate de Pichardo, en la plaza Fernando de Herrera, también liquidó por jubilación. Fundada en 1952 por Diego Díaz Pichardo, la tienda fue al principio una imprenta y luego una papelería. El signo de los tiempos.
Llueve sobre mojado
Los cierres concatenados de antiguos negocios que no pertenecen a esas cadenas de hostelería al son del turista vienen de este último lustro, tras la superación definitiva de la pandemia por el Covid. Desapareció, en 2023, hasta el último quiosco del barrio de Santa Cruz después de medio siglo vendiendo prensa y chucherías. Luego lo hizo hasta la droguería Osario después de 87 años en un edificio que quiso venderse al completo. La droguería de Puerta Osario había sido una segunda casa para quienes estudiaban Bellas Artes en la antigua Facultad de Ciencias de la Información. Y por la zona habían muerto ya las joyerías, las ferreterías y las tiendas de cuadros.
Por el centro, en plena calle Albareda, también había echado el cierre la sastrería Derby en 2024, aunque abrieron un atelier –con cita previa- en la calle Tetuán. Fue la solución de supervivencia de la tercera generación de la familia Porta, que había abierto allá por 1951… Otros tiempos.
