Dos pulmones, una "condena" y olor a puchero: "El éxito es saber convivir con el cáncer"

En el Día Mundial contra el Cáncer de Pulmón, Raúl Ramírez, abogado y político jerezano, comparte su experiencia tras seis años y medio del "shock". Relata su día a día y su esperanza de cronificación después de tres metástasis: "Mi tratamiento costaba más de 4.000 euros al mes, esos son nuestros impuestos"

Raúl Ramírez posa tras la entrevista concedida a lavozdelsur.es, donde relata su experiencia en el Día Mundial contra el Cáncer de Pulmón.

 

—Y llego al hospital y pienso otra vez: ¿y por qué carajo vengo aquí…?

—¿Eso es lo primero que piensa?

— Sí, claro, siempre. Y me respondo: pues vengo al hospital porque tengo CÁNCER. Y ya está.

—Eso se dice muy rápido.

—Pero es que hay que llegar a decirlo. Si no soy capaz de decirlo, que he tenido tres recaídas con metástasis, que voy cada dos meses a que me saquen sangre, que tengo el brazo reventado, y cada cuatro o seis meses me meten en una máquina y me meten todo lo que me meten para hacerte el contraste entero, de abajo a arriba… Todo eso es porque tengo cáncer. Tío, te ha tocado, ya está, convive con él, espera que la ciencia avance, ten muchas esperanzas… Y no leas tanto, que al principio lo lees todo…, y no tú, lo lee todo tu mujer, tu hermana, tu hermano… y eso no puede ser. Lee lo imprescindible sobre lo que tienes.

Y alégrate de las buenas noticias y ya está. ¿Lo importante? Ver todos los días el sol. Y si no lo ves que sea porque está nublado como hoy. Y querer mucho a tu gente. Querer. Y si tiene que llegar algún día… si afortunadamente ni me voy a enterar. En la Onco-Paliativos funcionan del carajo. Y ya está. Saber convivir con la enfermedad, ni luchadores, ni pamplinas. A ninguno de nosotros nos gusta lo que nos ha tocado.

Raúl Ramírez posa tras la entrevista con lavozdelsur.es.   ESTEBAN

Raúl a. C. (antes del Cáncer)

Raúl era un tipo de esos vitalista y optimista, un tío sanote, de los que seguía jugando al fútbol a los 40 y tantos porque se resistía a dejar atrás al niño que fue. Un hombre familiar, amigo de sus amigos, guapote, sonriente, sano, que se casó con 31 años con su novia de siempre, con la que tuvo dos hijos, Raúl (a punto de cumplir 19 años) y Hugo (16).

Abogado jerezanísimo que montó su despacho propio y empezó a especializarse en las reclamaciones a los bancos, el padre de familia de veranos en Sanlúcar, y amante de la política. Vinculado desde que tiene uso de razón al andalucismo, vía Pedro Pacheco —con quien compartió responsabilidades municipales durante años en el Ayuntamiento de Jerez—, pero también al socialismo, como socialista fue su abuelo materno, José Dorantes, ya fallecido. Símbolo de la Memoria Histórica de Jerez y presidente de honor del PSOE en su tierra natal.

Todo eso era Raúl Ramírez Dorantes (Jerez, 1971) antes de mayo de 2016. Desde entonces, obviamente, queda mucho Raúl de aquel Raúl, pero su vida, como él mismo reconoce, ya nunca será la misma. No abraza igual, no vibra de la misma manera, no sale al terreno de juego de la vida diaria como antes… Ahora todo es más intenso, todo es más profundo, todo es: jugar este partido como si fuera el último. No es que las rutinas no vuelvan poco a poco a su vida, pero lo bueno se vive ahora de otra manera más plena —lo bueno puede ser simplemente que le den un buen diagnóstico médico, como el lunes pasado, o intercambiar unos artículos con su hijo Raúl— y lo que es malo para el común de los mortales, él lo relativiza.

Carcinoma maligno en líquido pleural

Había acabado la Feria del Caballo de 2016. Concluida la fiesta, esa maldita tos que siempre le acompañaba le hizo ir a ver a su médico. Fue a instancias de Ángeles, su oráculo, su manager en esta gira por el lado oscuro de la que por fortuna sigue regresando para seguir contándolo. Aquella mañana recuerda que iba con ella y sus dos hijos para otra gestión familiar. Pero no llegaron.

Aquí interrumpe el relato para hablar de los niños de sus ojos: el primero estudia doble grado de Derecho y Política en la Universidad Pablo de Olavide —pronto se marcha becado a Uruguay seis meses—, y el segundo cursa Bachillerato. Buenos niños, excelentes estudiantes, “han madurado mucho con todo esto, especialmente el mayor”, reconoce.

Volvemos a mayo del 16. Su médico le ausculta, va a otro centro de salud, el del Arroyo, le hacen una radiografía, y lo mandan al Hospital de Jerez. “Aquel día fue brutal”, se entrecorta. Pero remonta la narración: “El doctor me muestra la pantalla del ordenador y se ven mis dos pulmoncitos: uno se ve negro y el otro blanco. El blanco no puede estar blanco —dispara el doctor—, te vas al Hospital de Jerez ahora mismo, te pido una ambulancia”. De Urgencias a Neumología. Ingresado. A los diez días, tras “veintemil millones de pruebas y sin que nadie me dijera nada, me mandan para casa”.

Raúl Ramírez, en la calle Larga.   ESTEBAN

¿A mí? “A mí esto no me ha dolido en mi vida, no he tenido fiebre… imagino que en algún estadio dolerá, pero es que el cáncer no me ha dolido nunca. Nunca me he sentido enfermo de cáncer”.

El caso es que le vuelven a llamar para darle el resultado. “Estaba en una habitación super cutre del hospital; los dos neumólogos —aquí, subraya: “Magníficos, ellos son la sanidad pública”— me dicen que han detectado un carcinoma maligno en líquido pleural (lo que se veía blanco es líquido contaminado, “derramado en metástasis”), en grado IV. Tengo cáncer estadio IV”. “Le pasamos a oncología”, le advierten. Entonces tenía 45 años.

"Salimos del hospital mi mujer y yo, paramos el coche, llamamos a mi hermano… yo estaba en absoluto shock"

¿Me toca a mí? “Si en mi vida he fumado. Si hasta diciembre de 2015 estuve jugando al fútbol, que hasta me lesioné en un torneo de Navidad que estuvimos jugando. ¿Alcohol?, “lo normal”.

Ahí empieza la película de terror. “Aquel día recuerdo perfectamente que había una levantera de junio, era un día asqueroso… Salimos del hospital mi mujer y yo, paramos el coche, llamamos a mi hermano… yo estaba en absoluto shock. Eso yo no se lo deseo a nadie (se emociona)…

Silencio.

—¿Estaba en otra realidad paralela?

—Efectivamente, es como… ¿esto es real, a mí esto me está pasando…? Me acaban de decir que tengo un cáncer en estadio IV —el más grave de los grados—? A mí no me lo dijeron, se lo dijeron a mi hermana y a mi mujer, pero me daban entre seis y ocho meses de vida.

—¿Cómo lo encaja?

—Cuando te dicen que tienes cáncer te peta todo, pero luego vas viendo todo el ingente esfuerzo de los sanitarios y esa marea de ciencia y de cuidados que te hace tener esperanza en que, como me dijo mi primera oncóloga, al final te mueras de otra cosa. El objetivo, al menos en mi caso, es que se acabe cronificando: un tratamiento que mantenga las células malignas controladas.

—¿A qué se aferra, renace la fe? Ya no es solo lo físico, supongo que lo mental pesa casi igual.

— Me considero cristiano, pero las noches son muy jodidas. En las noches he sentido mucho miedo, son los momentos más complicados; donde más he llorado, y mira que he llorado, porque yo soy llorón, pero en las noches hablas con un montón de gente. Yo qué sé. Es una situación… La primera pregunta que te tienes que quitar de encima es ¿por qué a mí? Por cierto, los psicológos son magníficos profesionales y también he pasado por sus manos. Y ellos te ayudan con un problema mental por un shock traumático de este tipo. Si le sirve a alguien que lea esto, que acuda a pedir ayuda. Mi mujer, la persona que más ha llorado conmigo, llegó un momento en que ya no tenía más herramientas por mucha buena voluntad que le pusiera.

Un momento de la entrevista.   ESTEBAN

Raúl d. C. (después del Cáncer): convivir con el ‘bicho’

En paralelo a su diagnóstico, los neumólogos demandaron pruebas, por protocolo al tratarse de un hombre de su edad y con una trayectoria vital sana, a Madrid y a la Universidad de Navarra. Tenían que detectar, en una remota probabilidad, el cáncer concreto que era, “porque hay 500.000 tipos”. No cuadraba el historial de Raúl y que, de repente, le quedase menos de un año de vida. Empezó entonces un verano de quimioterapia: “Tuve cuatro sesiones, entraba a las 8 o 8.30 de la mañana y me iba a las seis de la tarde para Sanlúcar, donde pasamos los veranos. Intenté hacer vida normal, pero desde aquel momento nada, nada era ya normal”.

Todo volvió a cambiar en septiembre de ese mismo 2016. “Cuando llego a la consulta para el quinto chute de quimio me dicen: quítate la vía que la prueba famosa que mandaron a Madrid y Navarra ha salido bien… ni me acordaba de la prueba porque todo iba a través de mi mujer, yo seguía en shock…”.

"El cáncer no se vence, yo qué voy a vencer, yo convivo con el cáncer, convivo con mi enfermedad. Ahí está el éxito"

Empezó su primer tratamiento con pastillas, y empezó a valorar, más si cabe, el precio de lo público, de la sanidad pública de calidad. “Me prescribieron a partir de ese momento un medicamento que yo firmaba todos los meses su retirada en Farmacia Hospitalaria por valor de más de 4.000 euros… Esos eran parte de los impuestos de todos”. "En Estados Unidos me habría muerto. Y no es solo ya que la administración pública tenga que hacer pedagogía en ese sentido, es que el ciudadano de a pie no tiene ni idea. Cuando escucho algunos discursos hablando de que hay que bajar los impuestos porque el dinero está mejor en el bolsillo de los ciudadanos… eso es una falacia a poco que te des una vuelta por un hospital. Es absurdo e insolidario decir eso. A todo esto van nuestros impuestos, a curarnos de enfermedades que pueden llegarle a cualquiera”.

La amenaza fantasma

“El cáncer no se vence, yo qué voy a vencer, yo convivo con el cáncer, convivo con mi enfermedad. Ahí está el éxito, en saber convivir con el cáncer. Lo difícil es que, cuando vaya en seis meses a hacerme otra vez un TAC, lo lleve con normalidad, pero es que ese es el recordatorio de mi condena, de lo que me pasó hace seis años y medio. Ojalá me haga un TAC cada seis meses o un año y mi oncóloga me siga viendo. Y sentirte útil, que te digan en casa: qué rico está lo que ha hecho papá —ayer fueron unos higaditos de pollo, pero también dicen que borda la sangre con tomate—. O intercambiar artículos con mi hijo Raúl, sobre leyes, sobre actualidad… Saber convivir con cierta normalidad sabiendo que tienes que ir al hospital cada dos por tres”.

—¿Y de la enfermedad, cómo se encuentra?

—Es que es muy puñetera, no me duele, no me siento enfermo. Pero por muy bien que ahora mismo me encuentre, la vida me recuerda que cada cuatro meses me han estado haciendo un TAC… Por muy bien que intentes llevarlo todo, cada vez que pisas el hospital te recuerda que tienes una condena de por vida, sin saber lo que te va a durar. Me han cambiado tres veces de tratamiento. En septiembre de 2016 iba con mi vía para el quinto chute de quimio, que ya lo llevaba muy regular, bajé diez kilos, era para verme…, y te das cuenta de que el cáncer no tiene edad, ni sexo, ni religión, ni clases sociales… en la sala de quimio me he encontrado a gente de toda edad y condición, y tú te ves ahí, que hacía dos años estaba en una campaña electoral, jugaba al fútbol, peleando por sacar adelante mi despacho…

—¿Cómo lo asume, hay mucho idealismo sobre esa batalla, esa supuesta heroicidad de los pacientes oncológicos?

—Eso es un rollo, los enfermos de cáncer no nos morimos luchando. Cambio todo por volver a mi vida. Era lo que quería, y me dieron el alta un Lunes Santo de 2018. Se la pedí al médico de valoraciones. Volví a trabajar. Pero me insistían: cuelga la toga y vete a casa, a descansar y a vivir. Y eso hice. Lo que me planteo es vivir. Pero ni soy luchador, ni soy un héroe, ni nada de eso. Daría todo lo que tengo por volver a mi vida anterior.

—¿Teme a la muerte?

—Miedo a la muerte en absoluto, es lo que menos me preocupa. Forma parte de la vida, es una ecuación irresoluble. Lo que sentiré si este bicho me dice que va a por mí es todo lo que me pierdo, todo lo que dejaría de hacer, todo lo que dejas de querer, de sentir, de conocer… la primera mirada va a mis hijos, eso es brutal. Todo va en función también de cómo va evolucionando. Por ahora me dicen que el cáncer de pulmón de alteración del gen ALK que tengo, que significa que vengo mal de fábrica, una cosa absolutamente rara, se puede combatir porque hay un tratamiento de los que llaman diana, y eso hace que me sienta afortunado. Pero mi cáncer es inoperable, tengo líquido que no se puede tocar porque hay peligro de derramamiento de ese líquido metastásico, está ahí, y el tumor tira al cerebro, como en todos los cánceres de pulmón.

Ramírez, refugiado bajo un paraguas, este miércoles lluvioso en Jerez.   ESTEBAN
—Bueno, le dieron menos de un año de vida y aquí sigue seis años y medio después.

—Yo me iba en seis a ocho meses..., es que es muy duro. Cuando miro para atrás…

Tiene 51 años ahora. La vida ha seguido su curso. Su mujer se volcó en los cuidados, en el apoyo moral y también decidió estudiar Arte, algo que siempre quiso hacer y que a Raúl le emociona que lo haya iniciado. Pasó el duelo, llegó la convivencia “sana” con la enfermedad. Qué jodida paradoja. “Asumir que te ha pasado. Aceptación, te dicen los psicólogos. Y es así. La rutina siempre vuelve, pero sí intentas centrarte en lo que realmente para mí es importante ahora mismo, y ahí precisamente es donde sufro: ver a mis hijos crecer, sus pequeños éxitos del día a día, ver a mi mujer, que ahora está haciendo algo que quería desde hace años, estudiar Arte… Y yo he tenido que reciclarme, ya no llevo asuntos judiciales. Ahora cocino. Tengo que hacer algo, tengo 51 años y quiero sentirme útil, todo el día no puedo estar leyendo. Escribo algo, atiendo a todo el que me llama… pero estoy en fase de sentirme útil y me está costando".

—¿Qué es lo último que ha cocinado?

—Pues mira, antes de venir aquí he dejado listo un puchero. He dejado un puchero, he dejado un puchero (lo dice varias veces, como si le sirviera de nota mental). Pero ya hago cositas chulas: albóndigas con salsa de zanahorias al oloroso, higaditos de pollo…

—Cocinar, leer, escribir, ¿algo más..?

— Empiezo a andar y me tiro hora y media andando 7 u 8 kilómetros, consigo despejar la mente. Ahora estoy pasando una racha psicológicamente buena, hace dos años no podía hablar abiertamente de esto.

—Eso también es ir curándose.

—Convivir. Hacer posible que pueda decir abiertamente que soy un enfermo de cáncer, o que soy paciente oncológico. Y poder decir que aquí está el tío. Todo lo que ha de venir será mucho mejor.

En mayo de 2016 se le caía el teléfono de mensajes y llamadas de apoyo. “Mi mujer me lo quitó, era insano contar la película una y otra vez”, recuerda Raúl, que se siente querido y arropado: “Me han dicho que en San Lucas, en el Señor de La Salud en sus Tres Caídas, alguien puso una foto mía. Tengo un poco de colesterol por los tratamientos, pero me ha salido un cáncer de pulmón porque venía mal de fábrica, no por la alimentación, ni por el trabajo… Solo me ha salvado hasta ahora la sanidad pública y la investigación”. Esto es una lotería que puede tocarle a cualquiera. “A mi padre le hemos quitado el tabaco ahora a los 78 años y está fatal de los bronquios, pero no de los pulmones”. En su caso, haber llevado vida sana quizás le ha permitido llegar aquí con esperanza en la ciencia.

Este 17 de noviembre se conmemora un año más el Día Internacional en la lucha contra el Cáncer de Pulmón. Los datos oficiales dicen que en España se detectan cerca de 30.000 nuevos casos de cáncer de pulmón cada año —mueren unas 23.000 personas al año por esta enfermedad—. Es el más frecuente en el mundo. Y no es solo por el tabaco, como sostienen los especialistas; la polución también es una causa que impacta directamente en la evolución y desarrollo de la enfermedad.

Promovido, entre otras instituciones, por la Sociedad Española de Neumología y Cirugía Torácica (Separ), el Plan Europeo de Lucha contra el Cáncer insta a los estados de la UE a implantar el cribado de cáncer de pulmón de forma progresiva desde 2025. Los avances y la evidencia científica de diversos estudios internacionales, aseguran desde la organización, demuestran que el cribado de cáncer de pulmón es capaz de detectar esta enfermedad y reducir su letalidad.

Tormenta de noviembre (al fin) arrecia sobre la plaza del Arenal de Jerez. Raúl Ramírez llega fino, bien vestido como acostumbra, con buen aspecto, sonriente..., pero abraza diferente, más fuerte. Y antes de encender la grabadora, confiesa: “Te voy a decir una cosa, esta entrevista no habría podido hacerla hace dos años”. Eso, supongo, es ir ganando esta maldita batalla. Eso, y haber aprendido a hacer un buen puchero.

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