Marcos Carribero, un (casi) veinteañero al que daban minutos de vida: "Era impensable, pero aquí estamos"

La familia del joven 'milagro' de Jerez, tras superar 49 operaciones, se mantiene a la expectativa de saber cuándo será la próxima. "Ya debería haber vuelto a Boston", señalan sus padres, que no se plantean costearlo con donaciones, como en ocasiones anteriores

Marcos Carribero, jugando con un helicóptero en su habitación.
Marcos Carribero, jugando con un helicóptero en su habitación. JUAN CARLOS TORO

“A contracorriente / y aunque caiga la tormenta / yo nunca pierdo la fuerza / este es mi lugar / persiguiendo al sol…”, canturrea en un vídeo reciente compartido por su familia el joven Marcos Carribero Moreno (Jerez, 2003). La canción, de Álvaro Soler y David Bisbal, se la sabe de carrerilla y así lo demuestra en los dos minutos y medio que dura la grabación, en la que aparece, con camisa celeste y pantalón azul oscuro, un Marcos que derrocha felicidad.

No sería nada extraordinario que un joven de 19 años cantara de esta manera si no fuera por todo lo que implica haber llegado hasta aquí. Al pequeño Marcos se le empezó a complicar pronto la existencia. Los médicos le daban horas, si acaso días de vida, por lo que sus padres no dudan en decir que era “impensable” que alcanzara esta edad, a la que lleva 49 operaciones. "Pero aquí estamos".

El pequeño Marcos Carribero nació con tres cardiopatías congénitas, un grupo de enfermedades que provocan alteraciones estructurales del corazón por defectos en su formación durante el embarazo, algo que sufren ocho de cada 1.000 recién nacidos. A Marcos le tocó ser uno de ellos.

“No hay mayor alegría que verlo feliz y nosotros también, y más cuando se pone a cantar”, acierta a escribir su padre, Juan Carribero, en redes sociales, acompañando al vídeo en el que interpreta la canción mencionada al inicio. A una familia acostumbrada a ir de hospital en hospital, momentos así les saben a gloria.

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Marcos, con sus padres Ana María y Juan, en el salón de su casa.   JUAN CARLOS TORO

Antes de cumplir los 20 días de vida, Marcos ya había pasado dos veces por quirófano. En la primera le detectaron la enfermedad. En la segunda, lo operaron del corazón. En ese tiempo, los médicos le pidieron a Juan Carribero que fuera contándole a su mujer, Ana María, que el pequeño se moría, pero no fue capaz. Su vida estaba “entre alfileres”, una expresión que escucharon demasiadas veces esos primeros días.

“Los médicos nos decían, nada más nacer, que era imposible que sobreviviera, que tenía el corazón hueco. Yo en ese momento no sabía dónde estaba metido”, confiesa Juan, el padre de Marcos, cuando atiende a lavozdelsur.es en la casa donde vive la familia, en la zona Este de Jerez. "¿Quién es? ¿Por qué ha venido? ¿Qué es del telediario?”, pregunta el joven cuando detecta a extraños en su salón, acercándose para atisbar las caras, con la escasa visión que le queda.

En la casa, Marcos no para quieto. Aunque tiene la pierna derecha rígida, porque no puede flexionar la rodilla, corretea por el pasillo, del salón a su habitación, donde hay una estantería con muchos juegos de mesa, peluches encima de la cama y, sobre todo, ambulancias, que colecciona. “¿Por qué será que le gustan?”, dice irónico su padre. Una ambulancia americana le falta para tener la colección completa, dice Marcos.

En su habitación también hay una mesa con un ordenador, donde ve una y otra vez un vídeo de la cabalgata de Reyes Magos de 2017. “Está el mamut, el pingüino…”, empieza a enumerar el joven. O se pone retransmisiones de Semana Santa, que le encanta, que alterna con episodios de Peppa Pig, cuando no escucha música.

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Marcos, con las cintas que usa para que no entre el covid.  JUAN CARLOS TORO

“A él le gusta todo, menos los petardos y los ruidos fuertes”, aporta Juan, mientras Marcos no para de preguntarle qué día irán a la Feria del Caballo. A ver a los bomberos, a la Cruz Roja o atracciones como las cataratas o la casa del terror, su favorita.

En una papelera guarda rollos de cinta de señalización que le van regalando, que él pone en la puerta de casa para que no entre el covid. Pero, no se sabe cómo, entró hace poco, contagiando a toda la familia. Ana María fue quien lo pasó peor. Marcos tuvo fiebre las primeras horas, aunque los síntomas fueron leves, menores de lo que esperaban. “Estamos aterrorizados, llevamos dos años casi sin salir”, confiesa Juan, aunque poco a poco van pisando más la calle.

Ahora le toca a Marcos volver a disfrutar. “Ha estado tantos años ingresado que lo llevamos donde haga falta”, dice su padre. “Él no ha tenido tiempo de disfrutar de la vida, se lo merece”. Al nacer le dijeron que iba a ser un “niño de hospital”, y vaya si lo ha sido. “No se equivocaron en eso”, señala Juan, quien asegura que siempre viven “metidos en la incertidumbre, con mucho miedo”.

Un sinfín de operaciones

Hasta el momento, Marcos Carribero Moreno cuenta con 49 operaciones a sus 19 años de vida. La última, en 2019, corrió a cargo de los hemodinamistas José Feliz Cosería, del Hospital infantil Virgen del Rocío de Sevilla, y José Luis Zunzunegui, del Hospital Gregorio Marañón de Madrid, que le cerraron la fuga de sangre que sufría su corazón, colocándole otro estent y una válvula cardíaca más grande.

Cada vez que Marcos tiene que operarse del corazón, la familia tiembla. A los dos años tuvo la primera intervención de este tipo, cuando tuvieron que someterlo al procedimiento de Glenn, un tipo de cirugía a corazón abierto para oxigenar la sangre, aunque el posoperatorio se complicó y perdió oxígeno en el cerebro, provocándole una lesión cerebral que le redujo su capacidad psicomotora y le restó visión. “Lo dejamos en la cuna tirándonos besos y nos lo dieron…”, acierta a decir su padre, que no puede ni acabar la frase.

Pero desde entonces han venido otras muchas operaciones, para tratarle desde una hernia inguinal, extraerle muelas, extirparle un quiste, corregirle deformaciones en los pies o problemas en las rodillas. Hasta han ido en varias ocasiones a Estados Unidos, concretamente al Boston Children's Hospital, donde el cirujano chileno Pedro del Nido, una eminencia en medicina cardíaca, lo ha operado del corazón.

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Marcos Carribero, andando por el pasillo de su vivienda.  JUAN CARLOS TORO 

La primera vez que estuvieron en Boston fue en 2010, cuando consiguieron reunir los más de 70.000 euros que costó la operación, más los gastos de alojamiento, con una recaudación benéfica en la que se volcó la ciudadanía jerezana. Desde entonces han estado otras dos veces, para acudir a revisiones.

“Ya deberíamos haber vuelto para que lo viera”, cuenta Juan Carribero. Pero no tienen los 25.000 euros, aproximadamente, que cuesta desplazarse hasta EEUU, alojarse y los gastos hospitalarios. “Cuando su caso se complique, pediremos el dinero al banco”, señala el padre de Marcos. “Ya no queremos pedir más donaciones, está descartado”. ¿Por qué? “La gente de Jerez ya nos dio en su día, nos da apuro”.

A Marcos Carribero también lo ha intervenido el mismo traumatólogo que operó de la cadera al rey emérito Juan Carlos I. Cuando lo vio en televisión, la familia del joven jerezano buscó rápidamente el contacto de Ángel Villamor, del Hospital San José de Madrid. “Si opera al rey, es que es el mejor”, pensó su padre, que logró que el doctor operara gratis a su hijo, aunque estuvieron un año yendo semanalmente en tren hasta Madrid para constantes revisiones. Villamor fue quien corrigió las malformaciones que Marcos tenía en el pie, una operación que habían desaconsejado a la familia. Pero la superó con éxito y ahora, aunque con dificultad, puede caminar.

Una vez tras otra, Marcos Carribero ha desafiado a la lógica. Y a las voces médicas que le daban escasos días de vida o que no le recomendaban pasar por el quirófano para operaciones que, finalmente, superó con éxito. Sus padres hasta han encontrado, en su historial médico, barbaridades como que le habían dejado restos de catéter en el peritoneo, o que estando en UCI recomendaban "no reanimar" en caso de que empeorara.

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Marcos, viendo la cabalgata de Reyes en su ordenador.  JUAN CARLOS TORO

El vuelco en la vida de una familia humilde

Ana María Moreno nació en la barriada de Santo Tomás de Aquino. Juan Carribero, en Federico Mayo, conocida popularmente como El Chicle. Ambos en la zona Sur de Jerez. Desde muy pequeño, Juan, el menor de 17 hermanos, estuvo ligado a la iglesia de San Rafael, donde impartía catequesis, gracias a lo que conoció a Ana María.

“El flechazo fue instantáneo”, dice una pareja, que a los dos años de conocerse ya se estaba casando. Eso fue en 1989, aunque hasta 1997 no llegó la primogénita de la familia, Joana. La pareja tenía problemas para concebir hijos, por lo que hasta que no encontraron una casa en la que Ana María, asmática, no tuviera problemas respiratorios, no los buscaron.

Ocho años después de Joana llegó Marcos, que nació gracias a una cesárea programada, porque Ana María tiene lo que se conoce como útero doble, una anomalía congénita rara que le impedía parir de forma natural. Marcos nació, en principio aparentemente bien, hasta que Juan fue a verlo a la incubadora y lo vio enchufado a un respirador. Ahí empezó a cambiar sus vidas.

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Marcos Carribero, con una de las ambulancias de su colección.  JUAN CARLOS TORO

Antes de nacer Joana, Juan era camionero y Ana María, cuidadora. Como a él no le iba mal con el camión, ella dejó de trabajar. La familia se compró una casa en Guadalcacín, donde Ana María mantenía a raya al asma. Los problemas de salud de Marcos hicieron que Juan no pudiera conducir su camión, que unos meses después de su nacimiento, tuvo que vender. "Era autónomo y no podíamos 500 euros del camión, 700 de hipoteca...", dice. 

La familia se quedó sin ingresos y empezó a vivir "de la caridad" durante los primeros meses de vida de Marcos, cuando estuvo hospitalizado. "La gente nos daba comida, nos invitaban a café, la asociación Menudos corazones nos prestó un piso... No hacíamos caso a que nos hiciera falta dinero", dice Juan, que más tarde empezó a trabajar como peón de albañil, "sin tener ni idea", después de estar más de dos décadas como camionero.

Del volante, Juan pasó a empuñar el palustre, en obras como la de la autovía que une Jerez con Arcos, o en el puente de La Pepa de Cádiz, donde ejerció como técnico de prevención de riesgos laborales. Después de una temporada en paro, publicó un anuncio en el que se ofrecía como manitas, para trabajos de albañilería o pintura, pero desde que irrumpió la pandemia no trabaja, por miedo a llevarse el virus a casa. "A Marcos lo han hecho pensionista a los 18 años", cuenta, por lo que percibe menos de 600 euros. Con eso y lo poco que va consiguiendo, sobreviven. Hasta que llegue la próxima operación. 

Sobre el autor:

Francisco Romero

Francisco Romero

Licenciado en Periodismo por la Universidad de Sevilla. Antes de terminar la carrera, empecé mi trayectoria, primero como becario y luego en plantilla, en Diario de Jerez. Con 25 años participé en la fundación de un periódico, El Independiente de Cádiz, que a pesar de su corta trayectoria obtuvo el Premio Andalucía de Periodismo en 2014 por la gran calidad de su suplemento dominical. Desde 2014 escribo en lavozdelsur.es, un periódico digital andaluz del que formé parte de su fundación, y con el que obtuve en 2019 una mención especial del Premio Cádiz de Periodismo.

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