Gracias al perro de su vecino están vivos. Así de crudo y así de directo lo cuentan. Porque hora y media antes de que todo empezara a complicarse, apenas había agua en los alrededores de su casa. Si es que al lugar donde vivían Martín Salceda y Valeria Blengio en Las Pachechas, en el Jerez rural, se le puede llamar casa. Era lo más parecido que tenían a una. Tres contenedores marítimos en forma de U, con su habitación en uno, la de sus hijos en otro, y la cocina en el tercero.
Pero aquella noche de finales de enero fue la primera de su nueva vida. Cuando escucharon los ladridos del perro de su vecino, Tango, aún no lo sabían. No les dio tiempo a pensar. Salieron como pudieron de su casa, cogiendo algo de ropa y pocas pertenencias, caminando con dificultad con el agua por encima de las rodillas, y llegando como pudieron al coche que, afortunadamente, estaba aparcado fuera de la parcela.
Salieron pocos minutos antes de que saliera flotando su vida entera. Su casa, electrodomésticos, sus pocos muebles, la mayor parte de su ropa... Las imágenes de los contenedores totalmente inundados fueron ampliamente fotografiadas y grabadas por los medios desplazados hasta la zona.
La salida no fue sencilla. Matías describe la bajada desde las casetas como una operación milimétrica: "Salimos por el camino, y yo iba el último, porque si alguno se me resbala lo manoteo... al otro lado estaba el arroyo y ahí no te salva nadie", recuerda Martín.

En apenas hora y media, el agua subió a gran velocidad, y entró por la puerta de sus contenedores, que estaban apoyados sobre pilares de 1,40 metros de altura. Prácticamente lo cubrió todo. Más de dos metros de altura alcanzó.
Hace un mes que pasó el tren de borrascas, que pudieron volver a entrar en sus parcelas estos vecinos de Las Pachecas que lo han perdido prácticamente todo, pero ahora queda lo peor. No saben qué van a hacer cuando se tengan que ir del piso de unos amigos en el que viven temporalmente. Porque no les quedan ahorros, ni rastro del hogar en el que llevaban apenas dos meses residiendo con sus hijos de 21 y 11 años.
Porque si vivían en contenedores marítimos era porque no pudieron acceder a una vivienda como a ellos les gustaría. Matías y Valeria son argentinos. Llevan casi 30 años emigrando: una década en Estados Unidos, el resto entre España y Alemania, donde apenas residieron un año.
Martín es profesor de Educación Física y había trabajado en ese campo en EEUU, donde aprendió inglés. Valeria es maestra, aunque en los últimos años trabajó en hostelería y, ahora, en un supermercado.
La copistería, el covid y el hundimiento
Durante 16 años regentaron una copistería en El Puerto de Santa María. Era un negocio estable, pero se vino abajo cuando llegó el confinamiento por la pandemia.

Cuando se declaró el estado de alarma, ese mismo viernes, a las tres de la tarde, se dieron de baja de autónomos. El gestor presentó la baja a las cinco. Las ayudas para los autónomos entraron en vigor el sábado. Y ya no pudieron acceder a ellas.
“Estuvimos nueve meses sin que entrara dinero en casa, aguantando con lo que teníamos”, cuenta Valeria. La implantación de las clases telemáticas terminó de rematar el negocio. Vendieron lo que tenían, saldaron las deudas de los meses de alquiler que debían y tomaron una decisión: emigrar de nuevo, esta vez, a Alemania.
El paréntesis alemán
Martín fue el primero en llegar a tierras germanas. En tres meses aprendió alemán, estudiando entre doce y catorce horas diarias. En menos de nueve meses había obtenido todos los carnets necesarios para trabajar dentro del aeropuerto de Fráncfort, uno de los entornos laborales con mayor exigencia de seguridad del mundo.

Pero su hijo menor, que entonces tenía seis años recién cumplidos, no se adaptó. Aprendió el idioma, su maestra lo admiraba, pero emocionalmente se encerró en sí mismo.
El pequeño echaba de menos a su hermano mayor, que se había quedado en España estudiando y compitiendo como surfista profesional. El niño empezó a desarrollar tics nerviosos faciales. La familia regresó a España.
El alquiler insalubre y la búsqueda de un hogar
De vuelta en El Puerto, encontraron una vivienda en alquiler por 550 euros al mes, que tenía graves filtraciones. En el dormitorio llovía sobre la cama. En los armarios no se podía guardar la ropa porque se llenaban de agua con las lluvias. El hijo menor desarrolló daños pulmonares y tuvo que hacer un tratamiento específico para eliminarlos.
Querían comprar una casa, pero su edad les cerraba las puertas. Por tener más de 50 años, los bancos no les concedían hipotecas a más de 18 años, limitando el préstamo a unos 100.000 euros. Las parcelas rústicas en El Puerto tampoco bajaban de 80.000 o 90.000 euros, y su uso residencial era legalmente imposible.

Buscando por todo tipo de plataformas, encontraron un grupo de seis parcelas en Las Pachecas. Una quedó libre cuando un comprador se echó para atrás, y los avisaron. Pidieron un préstamo personal, y con ese dinero compraron la parcela y las casetas.
Con ayuda de los vecinos dispusieron los contenedores en forma de U y colocaron placas solares para poder tener electricidad. Pero fue apenas seis días antes de que las inundaciones se lo llevaran todo. No les dio tiempo a disfrutarlas.
Un grito que le salvó la vida
"¡Argentinoooo!", le gritó Santiago Valiente, vecino de Martín y Valeria, la noche en la que tuvieron que salir corriendo. Porque la familia de la parcela anexa a la suya se iba, y él estuvo a punto de quedarse atrapado.
Fue entonces, con ese grito, cuando Martín se dio cuenta de que Santiago no estaba con ellos. Al volver a entrar, el nivel del agua había subido aún más. Al llegar a su coche, Santiago, de los nervios, rompió la llave, y tuvo que hacerle un puente para poder arrancarlo y ponerse a salvo.

Santiago Valiente tiene 54 años, es de Jerez, y lleva nueve años con una incapacidad permanente total, porque padece la enfermedad de Crohn, artrosis, problemas en las cervicales... Unas dolencias por las que toma hasta 28 pastillas diarias. E incluso morfina. Por eso aquella noche, cuando logró conciliar el sueño, no había quien lo despertara.
Santiago perdió todo lo que tenía en su mobile home. La madera se mojó y hubo que tirar los muebles. Ahora vive en casa de sus padres, que lo ayudan con una compra semanal, porque con los 600 euros al mes que percibe de pensión no le alcanza para cubrir todos sus gastos. Antes de llegar a esta parcela, sabía que la zona era inundable, pero no tenía una mejor opción.
Cuando puede, va a la parcela, y quita algo de barro. Cuando se marea o se cansa, algo que es muy habitual porque no puede hacer grandes esfuerzos, se sienta. Poco a poco, va haciéndose con muebles para su casa. Un sofá, una mesita, una cama que le han prestado... Con su pensión de 600 euros, la manutención que pasa a sus dos hijas, y otras obligaciones, no puede hacer frente a muchos gastos inesperados. Y este es de mucha enjundia.
Previo a su llegada a Las Pachecas, Santiago estuvo cuatro años postrado en una cama, incapaz de levantarse, mantenido a base de morfina y otros fármacos. Su cuerpo, dice, fue acostumbrándose, y ahora hace una vida lo más normal que puede.

Una multa en el peor momento posible
Pero lo que más le duele a Santiago no es la pérdida material. Es la multa. Porque en mitad de esta vorágine, a los propietarios de estas parcelas les ha llegado una sanción de Urbanismo, tras recibir una denuncia del Seprona de la Guardia Civil.
Las autoridades han impuesto sanciones urbanísticas a los propietarios de las parcelas. A Santiago le han llegado casi 100.000 euros. El mismo importe que a Matías y Valeria.
“El vallado nos costó a nosotros 12.000 euros. Todo. Y ahora nos piden 18.000 euros a cada uno (de los seis propietarios)", se quejan. El poste de luz que hay en la parcela no lo pusieron ellos, sino que lo instaló el anterior propietario. Por distintos conceptos, les han llegado sanciones que rondan los 100.000 euros por vecino, comentan.

La delegación de Urbanismo del Ayuntamiento de Jerez tramitó estos expedientes antes de que llegara el tren de borrascas que provocó las graves inundaciones de principios de año.
En su momento, se abrieron expedientes sancionadores, y las notificaciones llegaron una vez pasado el tren de borrascas, porque coincidieron una vez que se tramitaron, confirman desde el Ayuntamiento a lavozdelsur.es.
El motivo de estas sanciones, señalan las mismas fuentes, es que "se está parcelando en zona inundable", y que, entre otras cuestiones, "se ha invadido la servidumbre del arroyo Buitrago, no se ha respetado su margen derecho, por eso hay que retranquearlo".
Cuando solo se puede esperar "un milagro"
Todo lo que tenían estas familias quedó destruido o muy dañado. En las parcelas sigue habiendo barro. Las casetas de Martín y Valeria están en el terreno del vecino, se desplazaron unos 50 metros.
El agua alcanzó, dentro de los contenedores, los dos metros y cuarenta centímetros de altura. La marca sigue bien visible en las paredes. Lo que no se fue con el agua fue el préstamo personal que pidió el matrimonio para pagarlo todo.
“El préstamo sigue llegando. Yo lo pago todos los meses. Y nosotros estamos en la calle", dice Martín Salceda. Porque se ha precintado la zona y no pueden hacer uso de las parcelas. "No tenemos dónde volver, estamos en la calle, tendríamos que irnos a la furgoneta. Esperamos un milagro”, agrega. Es algo que repite varias veces durante la conversación. Que espera un milagro. Porque ya no sabe qué más esperar.




