La ermita, el símbolo de Chiclana dejado de la mano de Dios: "Antes venían muchas personas descalzas"

Los vecinos de la barriada de Santa Ana denuncian el estado de deterioro en el que se encuentra este santuario del siglo XVIII, un reclamo turístico desde donde reclaman ampliar los días de visita y volver a celebrar la romería ya extinta

Manuela y Pedro pasean junto a la ermita de Santa Ana, en Chiclana.

Unas vistas impresionantes a la Bahía, a Medina Sidonia y a una ciudad que rebosa de turistas en cualquier época del año. Desde el punto más alto de Chiclana, la belleza paisajística envuelve a cada persona que sube hasta la cima de la colina de Santa Ana, uno de los puntos mágicos del municipio. Un imprescindible en las listas de atractivos turísticos que está dejado de la mano de Dios. Donde deberían haber decenas de curiosos ansiosos por asomarse a este bonito balcón, tan solo se divisa un joven escuchando música con unos cascos. Su espalda reposa sobre el muro de la ermita, símbolo chiclanero que se erigió en 1774 y, tras ser inutilizado por las tropas invasoras de Napoleón, se llegó a restaurar en 1839 gracias a las limosnas de los fieles. Más de 200 años después, la antigua atalaya desde donde se alertaba de los ataques vikingos está repleta de grietas y desperfectos.

Hasta hace unos 30 años, cuando se llevó a cabo la adecuación del entorno de la colina, los devotos de Santa Ana subían por un monte de piedra sin bancos ni arbolado. “Venía muchísima gente no solo de aquí sino de toda la provincia”, recuerda un grupo de vecinos de la asociación que vela por la barriada que duerme alrededor del cerro.

En sus retinas quedaron grabadas esas personas que cada martes llegaban a la ermita a pie, descalzos y con promesas. “Pedían casas a la santa y la que estaba soltera y se quería casar, venía a tocar la campana”. Es la voz de Antonia Ortega, chiclanera de 66 años que lleva más de medio siglo viviendo en este barrio, uno de los más antiguos de la ciudad.

Los vecinos en el punto mágico colina de Santa Ana.  JUAN CARLOS TORO

A su mente vienen recuerdos de esa devoción que se palpaba en un enclave que se ponía de gala cada 26 de julio para celebrar la romería. “La Virgen se sacaba en un tractor pero ahora sale como una procesión”, lamenta esta vecina frente a la histórica ermita de la que tantos cultos ha sido testigo.

Abajo, en la barriada, este día era especial, se montaba una feria, se cocinaban caracoles, había cacharros para los pequeños e incluso se celebraban carreras de caballos. En el lugar donde hoy está el polideportivo, se alzaba una plaza de toros y los niños comían manzanas con chocolate. Todo eso se esfumó, nada queda de esas verbenas que llenaban de alegría el pueblo. “Es una tradición que se ha perdido, todo esto era muy diferente”, dice Manuela Sánchez, de 64 años. Ella es una de las vecinas históricas de Santa Ana, una de las primeras que llegaron a los pisos hace unas seis décadas.

“Vine con cuatro años y desde entonces, aquí he criado a mis hijos”, dice esta mujer que, junto a su marido, Pedro Arroyo, de 67 años, ha regentado un comercio. Al local se acercaban muchas personas preguntando por la ermita, un reclamo turístico olvidado. “Venían extranjeros pero se encontraban que no podían entrar si no era martes”, comenta el matrimonio, que siempre ha solicitado la apertura del edificio durante más días para así ampliar las visitas.

Entorno de la ermita en el barrio.   JUAN CARLOS TORO

Aseguran que “estamos hartos de pedírselo al cura, pero nos dice que no y no nos da explicaciones”. Fue en esa pequeña tienda donde un grupo de mujeres decidió a principios de los años 90 crear la asociación Ermita de Santa Ana, la misma que hoy lucha por poner en valor ese lugar al que tantas familias guardan un inmenso cariño.

Pedro empezó como presidente y Manuela, años después, ha continuado con esta labor. Entre esas fundadoras estaba Antonia, que se acaba de detener frente a la rosa de los vientos, un elemento, que como el resto, se encuentra deteriorado. “Yo le dije al alcalde que iba a venir a pintarlo con un rotulador permanente y me dijo que no era mala idea”, comenta la chiclanera señalando las letras apenas visibles por el desgaste de la pintura.

Los vecinos pasean frente a la que ha sido y sigue siendo un emblema de la barriada en la que han crecido. De sus bocas solo salen palabras negativas que se las lleva el viento. “Está en muy mal estado. Estamos sufriendo mucho con este tema porque está dejada”, sostiene Manuela, que habla de “abandono máximo” a este pequeño santuario propiedad del Obispado.

Pintadas en las paredes del santuario.  JUAN CARLOS TORO
Vistas desde el punto mágico.  JUAN CARLOS TORO

La asociación ha trasladado su malestar al alcalde, José María Román, en varias ocasiones y, de momento, su último paso ha sido firmar un convenio regulador de colaboración con el obispo de Cádiz y Ceuta para la conservación y mantenimiento del entorno de la ermita.

Los vecinos se detienen frente a una valla de madera en pésimo estado. “Mira qué cutre”, lamenta Antonia, mientras coloca uno de los trozo en su sitio. Hacen falta esas mejoras que la asociación celebra, pero no solo en el exterior, sino también en el interior, donde se divisan paredes desconchadas y falta de mantenimiento.

Hasta el año 2018 era Ana María Rodríguez Morales la vecina que cuidaba con esmero de la ermita. Las manos de tres generaciones de esta familia mimaban el lugar de culto. Colocaban flores y dejaban relucientes los suelos y los bancos con la ayuda de otras vecinas de la barriada que se acercaban a limpiar, como Manuela y Antonia.

Ana la santanera, como se le conocía popularmente, dejó una huella imborrable. “Su abuela, su madre y ella, nacieron y crecieron aquí, en esta casa que ahora está abandonada”, cuentan los vecinos a lavozdelsur.es.

Antonia coloca un trozo de madera deteriorado. JUAN CARLOS TORO
Los vecinos rodean el edificio.  JUAN CARLOS TORO

De ella tan solo queda una placa que Chiclana ha colocado en el que fue su hogar en memoria de su labor. Desde que esta mujer no cuida la casa de su Virgen, el vandalismo se ha apoderado de ella. Antes, la familia impedía las gamberradas de los vándalos, pero ahora, los chavales se reúnen para hacer botellón a sus anchas. “Eramos las vecinas las que la poníamos bonita”, dice Antonia, que recuerda que incluso mujeres mayores no dudaban en echar una mano.

En la barriada, donde en la actualidad habitan más de 200 personas, el paso del tiempo ha dado lugar a una transformación que los vecinos repasan desde el mirador.  Al colegio Nuestra Señora de Los Remedios y al instituto Poeta García Gutiérrez se suman una piscina municipal que ya no existe —la quitaron para impulsar el tenis y el pádel— y un edificio cargado de historia. En la calle Santa Ana permanece la Casa Brake, antiguo balneario competencia directa del de Fuente Amarga, que se convirtió en sanatorio antituberculoso. “Y en la calle donde yo vivo estaba la noria donde las personas iban a coger agua”, comenta Antonia.

Casa donde vivía Ana María Rodríguez, la santanera.  JUAN CARLOS TORO
Vista de la ermita en Chiclana.  JUAN CARLOS TORO

Allí, donde dos italianos acaban de descubrir este recoveco, los chiclaneros lanzan su reivindicación, que no es otra que el arreglo y mantenimiento de esta ermita. “El Ayuntamiento tiene que poner de su parte para que haya vigilancia, los fines de semana vienen los niños a destrozarlo todo. La solución es cerrar el parque”, manifiestan los que hablan de llevar a otra familia a la casa de la santanera.

Desde la asociación también se movilizan para recuperar la tradición de la romería. “A ver si podemos sacarla, la comisión se opone pero no sabemos qué va a pasar. Estamos dispuestos a recoger firmas”, explica la presidenta. Tienen ganas de volver a ver a Santa Ana como antiguamente, entrando en un santuario limpio y digno, que sea orgullo de su ciudad.

Acuerdo entre el Ayuntamiento y el Obispado

“El acuerdo que hemos firmado así lo avalan. El Obispado es el propietario del cerro de la Ermita de Santa Ana y tiene a bien que este espacio permanezca como parque público a disposición de la ciudad. Por ello, con este convenio firmamos un compromiso para el mantenimiento de estos espacios y de la propia ermita. Creo que es una buena forma de colaborar entre ambas partes por el bien común de la ciudad y de sus vecinos y vecinas”, señaló José María Román, el 24 de marzo de este año cuando se dio a conocer esta acción. El regidor destacó el compromiso del obispo “con la ciudadanía y la feligresía, porque las cosas se van solucionando cuando hay buenas maneras y el mejor hacer para ir dando pasos como ciudad en un espacio histórico”.

Según este acuerdo, que tendrá una duración de cuatro años, la Diócesis de Cádiz y Ceuta debe facilitar el libre acceso al entorno de la Ermita de Santa Ana, permitiendo su uso público, en tanto no interfiera con el uso religioso, que siempre y en todo caso será prioritario. 
Además, el Ayuntamiento debe establecer un servicio de mantenimiento, limpieza y vigilancia en el entorno de la ermita de Santa Ana y sus instalaciones, similar al resto de los parques públicos de la ciudad, así como al establecimiento de un horario de apertura y cierre del mismo para el uso público, con fijación de unas normas mínimas de uso y respeto para la convivencia, no permitiendo el uso de ciclomotores. 

 

Archivado en: