Crónicas desde Zahara de los Atunes, entre 'campers', ambulantes con pulsera de España y conciertos de un 'Ketama'

El paraíso no sale gratis, pero es que es el paraíso. Morir de éxito no es una opción: "Esto va a seguir creciendo". En una década, la transformación ha sido evidente. "Ni accesos a la playa había"

Inma y Ángel, con sus hijos y parte de una familia vasca, que han conocido en su travesía.
Inma y Ángel, con sus hijos y parte de una familia vasca, que han conocido en su travesía. MANU GARCÍA

Zahara de los Atunes es uno de esos rincones de la provincia de Cádiz a los que, para llegar, es necesario serpentear por carreteras, entre Los Caños y Bolonia, entre los parques naturales de La Breña y El Estrecho. Es, para muchos, el paraíso. Por eso, hasta estas calles llegan miles de personas procedentes de toda España. Zahara, dicen, está de moda, aunque está por ver si, una vez descubierta, cabe alguna posibilidad de que deje de estarlo. Por eso es atrevido suscribir tal afirmación. Eso sí, ya no es el pueblo de los marineros, el pueblo de los agricultores ni el pueblo de los ganaderos. Mantiene su existencia viva entre el mar y el campo, porque Barbate sigue mirando al agua y al retinto. Pero de mayo a octubre se transforma esta pedanía.

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Una pasarela de acceso a la playa de Zahara de los Atunes.   MANU GARCÍA

"La gente viene más relajada que el año pasado. Demasiado poco miedo. Hay que estar controlando. Pero es mucha más gente", cuentan desde una tienda de alimentación. Un niño pide a sus padres chucherías. Él va sin camiseta y ha llegado a por pan solamente. Le faltan 15 céntimos para una bolsa de gominolas. El padre no quiere darle el capricho. El niño le regatea. Y se llevan la bolsa por 85 céntimos. "Luego vengo y te los pago", dirá a la dependienta, María José. "No te preocupes", le contesta. Sevillana, veranea cada año en Atlanterra, y echa una mano en la tienda de su amiga. Su impresión es que el gasto no se incrementa este año de forma importante. Porque es un destino familiar. Y gran parte se va en las reservas de las viviendas.

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Un hombre entra en una tienda de alimentación y bazar.   MANU GARCÍA

Lo cierto es que lo más barato es algún estudio en septiembre a unos 600 euros la semana. De ahí, para arriba. Poca oferta queda ya a mediados de agosto, con gran parte del verano consumido. Hay ofertas tanto de viviendas de aspecto típico vacacional como de casitas de toda la vida que se dedican al turismo en estos meses. Hay alguna promoción cerca de ocuparse y algunos chalés que se superan los dos millones de euros. ¿Desbocado? Depende de cómo se mire. El paraíso no está de rebajas, sencillamente.

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Un tren turístico, por el pueblo.   MANU GARCÍA

Hay otras alternativas. Inma y Ángel están a pie de playa. Son cordobeses. Con sus dos hijos, están en un aparcamiento a pie de playa, en una caravana. La estrenaron en 2019. "Desde hace muchos años empecé a ver estos vehículos. Los hoteles valen lo que valen". Tiene cuatro camas en siete metros de longitud. No cabe una cama más, así que habrá que controlar lo de tener más niños. "Esto nos ha dado mucha libertad. Salimos hace una semana y estamos haciendo la costa de Cádiz hasta Málaga". Inma ve que "tienes que aclimatar a un espacio muy reducido. Si vas con niños... Yo, si viniera sola con mi marido, iría estupendamente". "¡No!", le grita una de las hijas. "Es que dejáis muchas cosas por medio", dice la madre.

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La playa de Zahara, en plena ola de calor.    MANU GARCÍA

Este año, señalan, toca la aventura, y les ha cogido toda una ola de calor. Ven Zahara "muy familiar". La mayor parte de las veces, desayunan y cenan en la caravana. Esta vez, homenaje en algún restaurante. Han conocido una pareja de Bilbao, también con niños, y van a hacer algunos pueblos juntos. Se quedan calculando cuándo se pondrá el sol, porque quieren ver la puesta. 

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Pape Sow, vendedor ambulante en Zahara.    MANU GARCÍA

Muy cerca, pero a pie de arena, Pape Sow, senegalés, muestra a los turistas su escaparate, el que lleva encima. Algunos colgantes, y una colección de pulseras metidas dentro de una especie de carpeta achivador que cierra con cremallera, no muy distinta de las joyerías. Este año ganan las pulseras con la bandera de España, aunque les siguen de cerca las pulseras de la blanca y verde. Es el segundo año que viene. El año pasado, la gente, gastaba más. El resto del año trabaja en temporadas en el campo, como en la aceituna. Viene desde Puerto Real cada día para vender por la playa, apurando muchas horas al sol. "Ahora tengo papeles y quiero trabajar en el pescado", dice. En Sevilla compra el material que luego vende entre sombrillas. ¿El precio? Fluctuante. "Algunos quieren comprarlas por tres euros, pero no, a tres euros, no".

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Jorge González, con camiseta blanca.    MANU GARCÍA

Otro de los negocios que tienen el agosto en agosto es el del surf. Zahara de los Atunes no es, en realidad, un templo de este deporte como sí lo es Tarifa, que está muy cerca. El viento no sopla igual y las olas en verano no son especialmente propicias. Aunque sí suficientes para un primer aprendizaje, una toma de contacto segura para quienes desean iniciarse. Jorge González es sevillano pero prácticamente, explica, se crio en Tarifa. Es de esos surfers que van por el mundo buscando la ola perfecta. Viaja cada cierto tiempo. En Zahara tiene una escuela. "Somos una escuela pionera, la primera, que la pusimos en 2012". Empezó en el skate y en un viaje a Canarias a mediados de los 80 se enamoró del surf. "Entonces, en Tarifa lo que se estilaban era el kitesurf y el windsurf. Las pocas tablas además eran de los extranjeros". 

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Una torre de vigilantes entre las dunas.   MANU GARCÍA

Así comenzó su idilio con las olas. "Cuando te pica el gusanillo, tienes que conocer, viajar, a Sri Lanka, California... Ese fue el último viaje que hice". Las olas de Zahara "son estupendas para iniciación y un poco de intermedio, porque son fondos progresivos, no hay rocas, no hay obstáculos, las olas son de pequeñas a medianas... Y cuando llega el otoño, tenemos muy buenas olas". Hay más escuelas que han crecido en la última década. "Todo lo que hacemos es por el boca a boca. Hemos tenido tres turnos de unas 20 personas cada uno y hemos estado completos".

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Joaquín, con José Antonio, uno de los encargados del local.    MANU GARCÍA

Joaquín Gómez es uno de los propietarios del Pez Limón, uno de los chiringuitos más conocidos de Zahara. "Cada vez hay más gente, más camas". Son once temporadas ya. "Cuando empezamos no había ni pasarela para entrar. No había normativa, era todo más salvaje". El público, dice, es cada vez más adulto, en busca de playas y gastronomía. Este viernes ha tocado Antonio Carmona, ex de Ketama. Los artistas "hacen un esfuerzo, se aprietan con los cachés. Para ellos es como unas pequeñas vacaciones, como una comida de empresa". La música en directo, indica Gómez, se ha convertido en "otro activo de Zahara". 

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El exterior del Pez Limón, el pasado viernes.    MANU GARCÍA

En estos tiempos es difícil tener un local de ocio. Cierran a la una, porque la licencia es de comidas. "Hay que reinventarse". Lo que no cree es que Zahara pueda morir de éxito. "Cada vez está creciendo más toda la provincia de Cádiz, no solo Zahara. Estos días he buscado alojamiento para algunos artistas que venían y no había donde mandarlos. Hasta pueblos como Benalup, que no tiene playa, están llenos. Y todavía hay margen para crecer". En un año normal, serían 40 puestos de trabajo. Al haber perdido la larga noche de copas, son 30 empleos. "Se va a construir más, y esto solo va a crecer". 

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