El zumbido constante de una abeja en el oído alerta: no es terreno para humanos, al menos, desde hace diez años. Peter Maurer, jerezano de origen alemán, ingeniero agrónomo y director técnico de la Asociación de Agricultores y Ganaderos de Cádiz (Asaja), es el “creador” de un ecosistema que anteriormente no existía. Casi como Dios, Maurer ha conseguido repoblar de especies en menos de dos años unas tierras salinas, junto a las marismas de Lebrija, que carecían de vida, para producir vino tinto.

Se hizo en 2007 con cuatro hectáreas y media de suelo, donde en un principio vio que a los lados había tierras de cultivo. “En cuanto vimos las vistas nos enamoramos”. Cerca de siete poblacionales se divisan desde las marismas elevadas: Las Cabezas de San Juan, Marismillas, San Leandro… “Quería dedicarme al campo en cuanto me jubilara”, expresa, y es que entre su ilusión y su mirada conquistada, no se lo pensó mucho y compró el terreno para crear un viñedo, sin percatarse de que el suelo era excesivamente malo para cultivar. “Mucha salinidad”, explica ahora después de haber realizado numerosas muestras del terreno.

Sin embargo, este problema no le hizo renunciar a su sueño de jubilación. Al contrario. Todavía empleado, se puso manos a la obra para rehabilitar esa parcela que había sido abandonada año tras año. “Drené el suelo, coloqué tuberías a un metro de tierra para que el agua de lluvia limpiara la sal del terreno…”. Hizo incontables técnicas antiguas para desalinizar su bella e improductiva parcela. Y así, en 2010, consiguió llevar a cabo su primera cosecha.

De la nada, nunca mejor dicho, fundó su Bodega Maurer & Sons, con vistas a que sus tres hijos continuaran con su herencia vitivinícola. “Pero la pequeña es la única que se ha interesado”, comparte mientras su hija Ana rie a su lado: “Cuando nos ven a los dos solos siempre preguntan si soy hija única”. “Sí, creo que finalmente tendré que ponerle Maurer & Daugther”, enlaza su padre con arte.

Ella es bióloga marina y a sus 28 años, tiene “un pie en el mar y otro en el campo”. Su pasión radica en las diferentes técnicas de pesca, pero en la actualidad disfruta ayudando a su padre. “No tenía ni idea de vino hasta que terminé la carrera en 2014 y empecé a echar una mano en la vendimia. Se aprende muchísimo y hasta que no te metes de lleno no sabes todo lo que conlleva el vino”, afirma la joven. La mezcla entre un ingeniero agrónomo y una bióloga, entre un padre y una hija, consigue que el trato hacia la naturaleza sea de lo más respetuoso posible, es por ello que decidieron desde un principio tener una viña ecológica.

Peter Maurer durante la entrevista con las marismas de Lebrija a sus espaldas. FOTO: MANU GARCÍA.

Peter Maurer confiesa que el primer contacto que tuvo con el cultivo de la uva fue en el año 2000. “Viendo la crisis en Jerez, que sobraba mucha uva, en Asaja comenzamos un proyecto. Se trataba de crear una bebida refrescante de uva, como una cerveza de vino”, cuenta. “Lo bautizamos como Pepillo, pero fallamos en el aspecto comercial”, lamenta. Ese experimento frustrado le hizo replantearse su futuro. Y siete años después dio el paso para trabajar una viña ecológica.

Le gusta el color rubí, la potencia de un tinto… quizá por ese motivo comenzó a cultivar cuatro variedades de uvas tintas: Merlot, Sirah, Petit Verdot y Pinot Noir. No obstante, ahora se atreve con la tintilla, con un 80% de uva palomino ecológica que le compra a la Bodega Forlong y un 20% de Pedro Ximénez de Paco Robles, otra vendimia que respeta al medio ambiente. “Quisimos llevar a cabo una metodología natural porque la calidad va muy ligada al cultivo ecológico, además de mis convicciones medioambientales”, señala Peter Maurer. “Y hay cosas que solo te da la viña ecológica. Recuerdo que al día siguiente de hacer la vendimia, había una mariposa nocturna entre la cosecha que seguía viva. Era una preciosidad”, menciona su hija.

"Nosotros dejamos que la naturaleza actúe sola y que las plagas se ataquen entre ellas”

“Las plagas son una consecuencia del hombre. Nosotros dejamos que la naturaleza actúe sola y que las plagas se ataquen entre ellas”, comparte la pequeña de la familia Maurer. “Aquí queremos mantener el equilibrio natural del ecosistema, la biodiversidad”, agrega, mientras una bandada de patos atraviesa las cepas. Ranas, gansos y serpientes conviven en una pantaneta que el propio Peter ha creado gracias a los tubos que drenan el agua de lluvia por debajo del suelo.

Esta familia jerezana ha conseguido crear un “suelo vivo” a través de una fertilización de materia orgánica al sembrar cereal y leguminosas y al aprovechar los restos de viña (sarmiento, hojas…) para nutrir la tierra. El mundo animal convive ahora con el vegetal en una zona anteriormente yerma. El trabajo, el esfuerzo, ha traído vida e ilusión a este lado de las marismas de Lebrija. En 2010, en su cosecha de prueba, Maurer & Sons sacó 400 botellas. Hoy, siete años después, son capaces de producir 10.000 botellas, una por cada cepa.

Una bandada de patos atravesando las cepas. FOTO: MANU GARCÍA.

Escogieron el camaleón como imagen y símbolo de la bodega no por casualidad. “Es una especie emblemática en peligro de extinción. Representa lo que buscamos, que los animales puedan vivir aquí a gusto”, explica Maurer, el autor del vino tinto DeRaíz, al tiempo que resalta que el logotipo lo creó su mujer, Mari Ángeles Bueno, licenciada en Bellas Artes. “Cuando mi padre sacó la primera cosecha yo no era muy consciente de lo que estaba pasando”, incide su hija. “Yo llegué a casa un día y me dijo, Ven, tómate este vino. Lo probé y luego me preguntó: ¿Te gusta? Lo he hecho yo”, narra evocando esa sonrisa pilla de su padre.

Maurer informa de que sus vinos se llevan doce meses en barrica y seis en la botella, en una bodega ubicada en Vejer donde realiza el proceso de vinificación. Potente en boca, de sabor equilibrado, color intenso picota y balsámico, sus monovarietales Peter Maurer Petit Verdot y Pinot Noir han sido premiados con la medalla de plata en el XVIII Concurso Internacional de Vinos Ecológicos Ecoracimo 2017. “Es un trabajo muy duro, cada uva madura en una fecha distinta, pero luego es muy gratificante”. No solo disfrutan de su rubí líquido, sino que también recolectan las aceitunas de sus olivos, degustan los higos de sus higueras, las manzanas, granadas, alcachofas, nísperos, almendras…

Ambos residen en Jerez, pero Peter se escapa a Lebrija siempre que puede. Se calza sus botas, se coloca su sombrero de paja y observa con meticulosidad que el cultivo esté sano. Le echa de comer a los patos, contempla que los gansos estén chapoteando y despeja la maleza de los senderos que él mismo ha señalado. En lo alto de su parcela, Peter Maurer indica con el dedo un terreno donde a día de hoy cultiva ajos y dice: “Algún día, cuando tenga algo de dinero, construiré ahí mi propia bodega donde yo mismo vinificaré mi uva”. Sonríe y espanta el zumbido de aquella abeja.

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