El municipio sevillano, fundado en el siglo XVIII por colonos alemanes, franceses, italianos, austriacos, belgas y suizos, cumple 40 años como pueblo independiente
A mediodía del 27 de agosto de 1986, llegó a CañadaRosal, una pequeña localidad de la campiña sevillana —entre La Luisiana, Écija y Palma del Río—, llegó la noticia que muchos vecinos llevaban tiempo esperando: ya eran pueblo independiente. Porque hasta entonces habían pertenecido a La Luisiana, pero en Cañada Rosal desde un siglo antes ya llevaban intentando segregarse.
Para entender por qué Cañada Rosal quiso tener autogobierno, hay que remontarse a 1769, cuando Carlos III impulsó el proyecto más ambicioso del reformismo ilustrado español: las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena y Andalucía, ideadas por Pablo de Olavide. Entonces, llegaron colonos de Francia, Alemania, Italia, Austria, Bélgica y Suiza, y fundaron lo que hoy es Cañada Rosal.
José Antonio Filter, cronista de Cañada Rosal.
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JUAN CARLOS TORO
“La Europa de los pueblos se gestó aquí”, resume José Antonio Filter, cronista del municipio, quien cuenta que los comienzos fueron durísimos. Una epidemia de terciada —brotes de malaria o paludismo— hizo estragos entre la población, a la que le costó adaptarse a las condiciones climáticas de este enclave del interior de la provincia de Sevilla. “Había que estar unidos para poder sacar aquello adelante”, sostiene Filter. “Es algo que llevamos dentro, en la sangre de los que un día tuvieron que abandonar sus lugares de origen para dar vida a nuestro pueblo”.
El alcalde de Cañada Rosal, Rodrigo Rodríguez Hans, cuyo segundo apellido es de origen alemán, insiste en que no se olvide cómo empezó todo. “Cañada Rosal se fundó con emigrantes que fueron engañados, porque pensaban que venían al paraíso del sur de Europa. Cuando llegaron, las casas estaban sin construir. Había un clima muy adverso, enfermedades y un trato horroroso por parte de los más poderosos, que no querían ver un modelo de igualdad, de reparto de tierras”, explica.
Rotonda en una de las entradas a Cañada Rosal, con banderas de los países de origen de sus primeros colonos.
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JUAN CARLOS TORO
Hace 40 años que CañadaRosal cuenta con ayuntamiento propio, pero lo intentó mucho antes. Según el cronista, el primer rastro documental sobre el afán segregacionista aparece en 1851, en un acta del pleno de La Campana. El gobernador había consultado a ese municipio, vecino de LaLuisiana, y el pleno votó a favor de que Cañada Rosal se segregara para tener “más habitantes y más oportunidades”.
Hubo un segundo intento en la posguerra, impulsado por Juan Dugo, alcalde de La Luisiana y vecino de Cañada Rosal No prosperó porque los mayores contribuyentes no lo vieron claro. La llegada de la democracia cambió las cosas. Los conflictos se multiplicaban: si La Luisiana tenía polideportivo, Cañada reclamaba el suyo; si había piscina en un pueblo, hacía falta otra en el otro… “Todo se tenía que multiplicar y Cañada siempre salía perjudicada”, recuerda Filter. Tras años de tiras y aflojas, llegó lo que el cronista llama “un divorcio de mutuo acuerdo”.
Macarena Delis Filter, vecina de Cañada Rosal.
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JUAN CARLOS TORO
El laboratorio de ideas del cura
Muchas de las personas que encabezaron aquel proceso de segregación se formaron en un lugar insólito: el dormitorio del cura del pueblo. Fernando Floresllegó a Cañada Rosal en julio de 1962, desde Fuente Palmera, otra de las Nuevas Poblaciones, en la provincia de Córdoba.
Lo primero que hizo a su llegada al pueblo fue recorrerlo casa por casa. “Fui conociéndolo, sabiendo de sus problemas, de sus necesidades, de la situación de su vivienda. En total, de su vida”. Había hambre, y él la conocía bien: era el tercero de siete hermanos, hijo de un jornalero que trabajaba en la albañilería, la aceituna o la siega para sacarlos adelante en la posguerra. “Dicen que nadie sabe lo que es el hambre hasta que no lleva tres días sin comer. Y yo he estado tres días y cuatro”.
Fernando Flores, el cura de Cañada Rosal que no quiere retirarse.
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JUAN CARLOS TORO
En su propia casa, tirando un tabique entre el dormitorio y su despacho, montó el primer teleclub de la provincia. Allí la juventud, que no tenía dónde reunirse, veía la televisión, leía y debatía. “Había gente que nunca había ido a la escuela. Empezamos a abrirle los ojos a los jóvenes, a que tomaran conciencia de la realidad”, cuenta.
Eran los años 60 y 70 del siglo pasado, aún en época franquista, y aquello no gustó a las autoridades. “Estábamos controlados por la Guardia Civil. Decían que éramos comunistas”, rememora el párroco. Dos veces estuvo a disposición del gobernador civil, que acabó concluyendo que no hacía nada malo.
Después llegó la primera reunión sobre la segregación, antes de que tomara el relevo el grupo que aspiraba a gobernar el nuevo municipio. Aquella generación del teleclub, subraya el cronista del pueblo, fue la que “unos años más tarde iba a dirigir los destinos de Cañada a nivel político, social y económico”.
Rodrigo Rodríguez Hans, alcalde de Cañada del Rosal, frente al Archivo municipal, la que fue primera sede municipal.
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JUAN CARLOS TORO
"Un engrandecimiento increíble"
Macarena Delis Filter tenía 15 años en 1986 y reconoce que entonces no sabía qué era aquello de la segregación. “Yo sabía que iba con mis amigas al Pozo Rey, donde había una fiesta”. Aquella gran celebración fue el 13 de septiembre, con los emigrantes de vuelta. Hoy sí tiene claro lo que ha supuesto: “Un engrandecimiento increíble, no solo económico, sino cultural”.
AntoniaHans, a la que llaman Antoñi en el pueblo, se casó el año en el que se logró la segregación, cuando tenía apenas 21 años, de modo que ambas fechas quedaron unidas para siempre en su memoria. Lo describe como un periodo de "alegría" y "emoción" para un pueblo que llevaba tiempo queriendo tomar sus propias decisiones.
Antonia Hans, una vecina de Cañada Rosal, que se casó el año que se logró la independencia.
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JUAN CARLOS TORO
Para Antoñi, dejar de depender administrativamente de otros municipios supuso un cambio importante. No fue una transformación inmediata, sino progresiva. Con el paso del tiempo comenzaron a llegar más actuaciones, mejoras y proyectos. La plaza, los parques y otros espacios fueron cambiando poco a poco hasta configurar un municipio que, cuatro décadas después, considera completamente diferente.
La capacidad de recibir a quienes llegan de fuera tampoco resulta extraña en un municipio cuya propia historia está vinculada a colonos procedentes de distintos lugares de Europa, entre ellos alemanes, italianos y suizos. Antoñi considera que esa herencia continúa de alguna manera presente en la forma de relacionarse de sus habitantes.
Cañada Rosal, "un pueblo moderno"
Cañada Rosal está a once kilómetros de la autovía A-4 y lejos del área metropolitana de Sevilla, pero no ha dejado de ganar población. Según el alcalde, Rodrigo Rodríguez Hans, es además el único pueblo de la provincia que, en algunos momentos del año, tiene más trabajadores autónomos que asalariados.
“Cañada de hoy es un pueblo moderno, con una juventud muy bien formada, pegado a la agricultura pero con su pequeña industria, su sector servicios y emprendedores con proyectos de inteligencia artificial o big data que dan empleo de calidad desde aquí”, relata el regidor.
Esa memoria de un pueblo fundado por emigrantes se nota en cómo recibe a los que llegan hoy. Para el alcalde, este es el reto principal del pueblo. “Que ese ambiente de tensión, de odio y de crispación que vivimos a nivel nacional y andaluz no penetre en nuestro pueblo”.
A mediodía del 27 de agosto de 1986, llegó a CañadaRosal, una pequeña localidad de la campiña sevillana —entre La Luisiana, Écija y Palma del Río—, llegó la noticia que muchos vecinos llevaban tiempo esperando: ya eran pueblo independiente. Porque hasta entonces habían pertenecido a La Luisiana, pero en Cañada Rosal desde un siglo antes ya llevaban intentando segregarse.
Para entender por qué Cañada Rosal quiso tener autogobierno, hay que remontarse a 1769, cuando Carlos III impulsó el proyecto más ambicioso del reformismo ilustrado español: las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena y Andalucía, ideadas por Pablo de Olavide. Entonces, llegaron colonos de Francia, Alemania, Italia, Austria, Bélgica y Suiza, y fundaron lo que hoy es Cañada Rosal.
José Antonio Filter, cronista de Cañada Rosal.
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JUAN CARLOS TORO
“La Europa de los pueblos se gestó aquí”, resume José Antonio Filter, cronista del municipio, quien cuenta que los comienzos fueron durísimos. Una epidemia de terciada —brotes de malaria o paludismo— hizo estragos entre la población, a la que le costó adaptarse a las condiciones climáticas de este enclave del interior de la provincia de Sevilla. “Había que estar unidos para poder sacar aquello adelante”, sostiene Filter. “Es algo que llevamos dentro, en la sangre de los que un día tuvieron que abandonar sus lugares de origen para dar vida a nuestro pueblo”.
El alcalde de Cañada Rosal, Rodrigo Rodríguez Hans, cuyo segundo apellido es de origen alemán, insiste en que no se olvide cómo empezó todo. “Cañada Rosal se fundó con emigrantes que fueron engañados, porque pensaban que venían al paraíso del sur de Europa. Cuando llegaron, las casas estaban sin construir. Había un clima muy adverso, enfermedades y un trato horroroso por parte de los más poderosos, que no querían ver un modelo de igualdad, de reparto de tierras”, explica.
Rotonda en una de las entradas a Cañada Rosal, con banderas de los países de origen de sus primeros colonos.
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JUAN CARLOS TORO
Hace 40 años que CañadaRosal cuenta con ayuntamiento propio, pero lo intentó mucho antes. Según el cronista, el primer rastro documental sobre el afán segregacionista aparece en 1851, en un acta del pleno de La Campana. El gobernador había consultado a ese municipio, vecino de LaLuisiana, y el pleno votó a favor de que Cañada Rosal se segregara para tener “más habitantes y más oportunidades”.
Hubo un segundo intento en la posguerra, impulsado por Juan Dugo, alcalde de La Luisiana y vecino de Cañada Rosal No prosperó porque los mayores contribuyentes no lo vieron claro. La llegada de la democracia cambió las cosas. Los conflictos se multiplicaban: si La Luisiana tenía polideportivo, Cañada reclamaba el suyo; si había piscina en un pueblo, hacía falta otra en el otro… “Todo se tenía que multiplicar y Cañada siempre salía perjudicada”, recuerda Filter. Tras años de tiras y aflojas, llegó lo que el cronista llama “un divorcio de mutuo acuerdo”.
Macarena Delis Filter, vecina de Cañada Rosal.
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JUAN CARLOS TORO
El laboratorio de ideas del cura
Muchas de las personas que encabezaron aquel proceso de segregación se formaron en un lugar insólito: el dormitorio del cura del pueblo. Fernando Floresllegó a Cañada Rosal en julio de 1962, desde Fuente Palmera, otra de las Nuevas Poblaciones, en la provincia de Córdoba.
Lo primero que hizo a su llegada al pueblo fue recorrerlo casa por casa. “Fui conociéndolo, sabiendo de sus problemas, de sus necesidades, de la situación de su vivienda. En total, de su vida”. Había hambre, y él la conocía bien: era el tercero de siete hermanos, hijo de un jornalero que trabajaba en la albañilería, la aceituna o la siega para sacarlos adelante en la posguerra. “Dicen que nadie sabe lo que es el hambre hasta que no lleva tres días sin comer. Y yo he estado tres días y cuatro”.
Fernando Flores, el cura de Cañada Rosal que no quiere retirarse.
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JUAN CARLOS TORO
En su propia casa, tirando un tabique entre el dormitorio y su despacho, montó el primer teleclub de la provincia. Allí la juventud, que no tenía dónde reunirse, veía la televisión, leía y debatía. “Había gente que nunca había ido a la escuela. Empezamos a abrirle los ojos a los jóvenes, a que tomaran conciencia de la realidad”, cuenta.
Eran los años 60 y 70 del siglo pasado, aún en época franquista, y aquello no gustó a las autoridades. “Estábamos controlados por la Guardia Civil. Decían que éramos comunistas”, rememora el párroco. Dos veces estuvo a disposición del gobernador civil, que acabó concluyendo que no hacía nada malo.
Después llegó la primera reunión sobre la segregación, antes de que tomara el relevo el grupo que aspiraba a gobernar el nuevo municipio. Aquella generación del teleclub, subraya el cronista del pueblo, fue la que “unos años más tarde iba a dirigir los destinos de Cañada a nivel político, social y económico”.
Rodrigo Rodríguez Hans, alcalde de Cañada del Rosal, frente al Archivo municipal, la que fue primera sede municipal.
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JUAN CARLOS TORO
"Un engrandecimiento increíble"
Macarena Delis Filter tenía 15 años en 1986 y reconoce que entonces no sabía qué era aquello de la segregación. “Yo sabía que iba con mis amigas al Pozo Rey, donde había una fiesta”. Aquella gran celebración fue el 13 de septiembre, con los emigrantes de vuelta. Hoy sí tiene claro lo que ha supuesto: “Un engrandecimiento increíble, no solo económico, sino cultural”.
AntoniaHans, a la que llaman Antoñi en el pueblo, se casó el año en el que se logró la segregación, cuando tenía apenas 21 años, de modo que ambas fechas quedaron unidas para siempre en su memoria. Lo describe como un periodo de "alegría" y "emoción" para un pueblo que llevaba tiempo queriendo tomar sus propias decisiones.
Antonia Hans, una vecina de Cañada Rosal, que se casó el año que se logró la independencia.
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JUAN CARLOS TORO
Para Antoñi, dejar de depender administrativamente de otros municipios supuso un cambio importante. No fue una transformación inmediata, sino progresiva. Con el paso del tiempo comenzaron a llegar más actuaciones, mejoras y proyectos. La plaza, los parques y otros espacios fueron cambiando poco a poco hasta configurar un municipio que, cuatro décadas después, considera completamente diferente.
La capacidad de recibir a quienes llegan de fuera tampoco resulta extraña en un municipio cuya propia historia está vinculada a colonos procedentes de distintos lugares de Europa, entre ellos alemanes, italianos y suizos. Antoñi considera que esa herencia continúa de alguna manera presente en la forma de relacionarse de sus habitantes.
Cañada Rosal, "un pueblo moderno"
Cañada Rosal está a once kilómetros de la autovía A-4 y lejos del área metropolitana de Sevilla, pero no ha dejado de ganar población. Según el alcalde, Rodrigo Rodríguez Hans, es además el único pueblo de la provincia que, en algunos momentos del año, tiene más trabajadores autónomos que asalariados.
“Cañada de hoy es un pueblo moderno, con una juventud muy bien formada, pegado a la agricultura pero con su pequeña industria, su sector servicios y emprendedores con proyectos de inteligencia artificial o big data que dan empleo de calidad desde aquí”, relata el regidor.
Esa memoria de un pueblo fundado por emigrantes se nota en cómo recibe a los que llegan hoy. Para el alcalde, este es el reto principal del pueblo. “Que ese ambiente de tensión, de odio y de crispación que vivimos a nivel nacional y andaluz no penetre en nuestro pueblo”.
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