Arroyo, el último romántico

Jesús Arroyo, padre de Antonio, abría la tienda en la década de los años 50 del pasado siglo, cuando las jacarandas de Porvera estaban recién plantadas

Arroyo, en plena Porvera.
Arroyo, en plena Porvera. JUAN CARLOS TORO

El repiqueteo de una campana de latón colgada sobre la puerta de cristal recibe auditivamente al visitante. Visualmente lo hacen centenares de objetos apilados como medianamente lo permite el espacio, tanto sobre estantes como en el mismo suelo. Un crucifijo, lámparas, revistas y libros, coleccionables ‘semanasanteros’, figuras de cerámica, botellas de vino, copas y toda una amalgama de baratijas, algunas de difícil descripción. Pero destacando sobre todo este desbarajuste, máquinas de escribir.

Arroyo es esa tienda en la que siempre nos paramos para curiosear su frondoso escaparate si es que pasamos por el número 25 de la calle Porvera. Su característico letrero de letras blancas sobre fondo rojo lleva casi 70 años en esta céntrica vía, casi los mismos que pueden llevar otros de llamativo color amarillo anunciando productos –“clichés electrónicos” y ofertas –“cambiamos su máquina vieja por una nueva”- que son, desde luego, de otra época.

Al oír la campana aparece Antonio Arroyo (Jerez, 1956), propietario del establecimiento. Viste camisa de manga corta a rayas y pantalones de pinza marrones. “¿Qué desean?”, pregunta. Es entonces cuando nuestra mente recuerda una especie de leyenda entre los compañeros de la prensa jerezana, que dice que no hay cosa más difícil que hacerle una entrevista “al hombre de las máquinas de escribir de Porvera”. Más de uno y de dos, algunos curtidos en el mundillo periodístico, lo intentaron sin éxito, siempre con un “no” por respuesta. ¿Habrá suerte en esta calurosa mañana de julio?

“Queríamos preguntarle por la propuesta que se ha presentado para poner el carril bici en Porvera”, le entramos. Antonio frunce el ceño. “No sé. Para qué. La calle está bien tal y como está ahora”. Aun con pocas palabras, ese hombre que al parecer siempre decía “no”, nos responde, y amablemente. Así que, pensamos, ¿por qué no? “Antonio, ya que estamos aquí nos gustaría hacerle algunas preguntas sobre el negocio y su historia. ¿No le importaría?”, preguntamos. “Bueno”, nos dice.

Jesús Arroyo, padre de Antonio, abría la tienda en la década de los años 50 del pasado siglo, cuando la fachada del edificio que lo alberga era aún de color blanco, las jacarandas de Porvera estaban recién plantadas y la calle respiraba otro ambiente, con más comercios tradicionales y no tantos bares y bazares.

Su negocio, el de las máquinas de escribir, florecía en una época en la que no había oficina ni banco que no tuviera varias de ellas. Jesús trabaja además todos los modelos, desde las legendarias Olivetti pasando por otras como Olympia, Royal, Remington, Mercedes

El propietario de la mítica Arroyo.
El propietario de la mítica Arroyo sujeta una máquina de escribir.  JUAN CARLOS TORO

“Mi padre tenía todos los modelos, y aquí todavía los tengo”, presume Antonio, que nos pide hacerse una foto con una máquina que considera especial. Tras buscar un momento en el suelo y apartar un cuadro, coge una caja que alberga una preciosa Mignon de 1917. Casi un siglo la contempla en su estuche original de madera. La curiosidad de este modelo de máquina, que se fabricó hasta los años 30, es que en lugar de utilizar las palancas con los tipos en las puntas para imprimir las letras, lo hacía mediante un cilindro con letras con un giro sobre su eje, a modo de punzón, permitiendo seleccionar doce columnas de caracteres y un movimiento de traslación para la selección de otras siete filas de caracteres. El cariño que le tiene a la máquina hace que Antonio no quiera desprenderse de momento de ella, nos cuenta, a pesar de que, por lo que se puede ver en algunos portales de internet, máquinas de este tipo pueden alcanzar los 500 euros.

Lo cierto es que los años 60 y 70 fueron los más prósperos para Arroyo. Jesús no sólo vendía máquinas y repuestos, sino que las arreglaba allá donde le requerían. Pero el implacable paso del tiempo fue haciendo mella, sobre todo cuando las máquinas de escribir empezaron a ser sustituidas por los ordenadores. Para entonces, años 80, Antonio, que ya llevaba años trabajando en la tienda, ya la regentaba tras la jubilación de su padre. 30 años después, el comerciante reconoce que su negocio tiene un halo de “romanticismo” que hace que perviva contra viento y marea.

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Interior de la atestada tienda. JUAN CARLOS TORO

“Esto es como los que están en la plaza del Arenal con los coches de caballos. Se podría decir que están totalmente desfasados tanto de sitio, de lugar como de época, y sin embargo ahí está el turista, el romántico o al que sea que le guste montarse en coche de caballos. Algunos dirán que es algo absurdo en estos días, pero no es absurdo. Con las máquinas pasa lo mismo”.

Así, explica que “hay gente a la que le gusta todavía escribir a máquina, caso de algunos escritores. También hay otros que tienen sus máquinas antiguas que las cuidan, las conservan y quieren tenerlas arregladas y a punto, y personas que directamente las han heredado de sus padres y quieren tenerlas de recuerdo”.

Curiosamente, Antonio explica que tiene clientes de diferentes partes de España, sobre todo del norte. “Aquí vienen personas del País Vasco, de Barcelona, que me traen sus máquinas para que se las arregle y cuando vuelven por aquí al cabo de un año se las llevan. Yo es que creo que soy el único que queda en España que se dedica a esto, porque los demás se actualizaron con las impresoras, los ordenadores… Pero yo sigo en el oficio, y el que va buscando un modelo especial o quiere poner su máquina a punto sabe que tiene que venir aquí”.

Sin embargo, y a pesar de estos clientes, Antonio ha tenido que adaptarse a los tiempos. “Ya tengo algunos artículos más para poder sobrevivir, porque con sólo una cosa no te puedes mantener, y las facturas hay que pagarlas”, explica mientras señala todo lo que tiene a su alrededor. De hecho, durante la entrevista llegaría una pareja ofreciéndole diversos artículos, entre ellos una máquina de escribir. “Los domingos me voy a la Alameda Vieja a vender cosas, y he tenido también la suerte que ahora todos los sábados en la Porvera se ponga un mercadillo. Por eso tengo la tienda así de desordenada, porque ya no me caben las cosas. Aunque bueno, ahora estoy de mudanza y llevándome algunas cosas”, afirma.

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Curiosidades de Arroyo. JUAN CARLOS TORO

Le preguntamos a Antonio si cree que sus hijos seguirán con el negocio, algo que por sus palabras ve difícil. “La vida dirá. Yo seguiré aquí, y cuando acabe, se acabó. Ahora la juventud prefiere otras cosas…”. Lo dice una persona que no tiene ordenador y que lo más tecnológico que parece poseer es un modesto móvil BIC muy alejado de los parámetros de los smartphones actuales. “Yo esto sólo lo quiero para llamar y para que me llamen”.

La entrevista va tocando a su fin. Antonio cada vez es más parco en palabras y se le nota algo cansado de tantas preguntas. Antes de pedirle que pose en la fachada de su tienda, no nos resistimos a hacerle una última pregunta. ¿Qué opina de esos que decían que esto era una tapadera para blanquear dinero? “Pues aquí estoy. Y los escaparates son bien grandes para que se vea lo que hay”.

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Jorge Miró

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