A simple vista podría parecer que son dos mujeres que han quedado en una cafetería para tomar algo pero eso es solo lo que parece. Ellas son kellys, o lo que es lo mismo, camareras de piso y su presencia en ese lugar solo tiene la intención de denunciar lo que están sufriendo. Por eso, todas las precauciones son pocas. No habrá nombres, ni imágenes de su rostro, ni de nada que las pueda identificar. Antes de empezar la entrevista, se quitan anillos, pulseras; durante la sesión fotográfica, esconden sus bolsos. “Como lo vean, van a saber quién soy” y aquí, “quien se queje va a la calle”.

Dos han sido las valientes que se han sentado a contar la realidad de unas trabajadoras con condiciones laborales cercanas a la esclavitud. Hay una tercera desde el móvil que no puede acudir porque está de baja. Tienen una media de edad de 45 años pero esta última supera por muy poco la treintena y ya tiene artritis en las vértebras. “Me quedé doblada haciendo una cama y no podía moverme”, dice desde el móvil. “Las pechás de trabajar que nos damos, nos pasan factura”, explican las otras.

Todas son trabajadoras de un hotel del Novo Sancti Petri, donde hay una importante concentración de hoteles de lujo en la provincia. Lujos que no se traducen en mejoras laborales de las trabajadoras. Al contrario: “como han subido los precios, los clientes exigen más y tenemos que ponerle los albornoces, las zapatillas, la botella del agua y la toalla de piscina doblada de una determinada manera”, explica una de ellas mientras enrolla en el aire una ficticia toalla en la que quedan perfectos pico con pico. “Y todo en el mismo tiempo”.

"El director nos dice que el hotel es como un río lleno de piedras y que si no aguantas, te lleva la corriente. Pero no importa, trae muchas piedras más”.

Es precisamente el cronómetro el que persigue a estas trabajadoras a las que imponen unos tiempos de trabajo por habitación que las está asfixiando. Diez minutos para el cambio de una habitación, veinte para el cambio de sábanas, tenga las camas que tenga, y treinta para una habitación de salida. “Y según ellos nos sobra tiempo”. Y es que el trabajo que hacen va más allá de estirar la cama. “Hay que recoger, aspirar el suelo, limpiar los muebles, cristales, espejos y hacer el cuarto de baño”.

Eso es solo una pero en la jornada laboral hacen más de diez, además de la limpieza del resto de estancias. La jornada laboral comienza entre las siete y las ocho de la mañana, dependiendo del hotel. Ellas no quieran especificar su horario de entrada porque darían pistas del establecimiento donde trabajan. Su rutina comienza con la limpieza de las zonas nobles (recepción, baños, comedor) y tras una hora de trabajo, tienen quince minutos para desayunar. Ahí empiezan con el arsenal de pastillas. “Paracetamol, ibupofreno hasta nolotil para aguantar el día”. A continuación, van a por la orden de trabajo y por sus carros, que llegan a pesar cien kilos, cuentan, cuando los cargan con todo el material de lencería. Tienen una reunión de trabajo donde les explican los clientes que se van ese día o las quejas que han podido llegar y se dirigen al almacén a recoger los productos de limpieza. En las siguientes horas, ya toca limpiar sin descanso. Primero escaleras, pasillos y rellanos y luego las habitaciones que les sean asignadas.

A partir de ahí comienza unas jornadas maratonianas que terminan en una competición que, a veces, enfrentan a trabajadoras contra trabajadoras. “En el momento en el que haya una que lo haga en menos tiempo, ya tú no vales, tú es que te has entretenido”. Y ante esa situación, el empresariado lo tiene claro: “el director nos dice que el hotel es como un río lleno de piedras y que si no aguantas, te lleva la corriente. Pero no importa, trae muchas piedras más”.

Este nivel de trabajo provoca que “a muchas no les dé ni siquiera tiempo de comer”, amén de que hay mujeres que tienen 60 años. En todo caso, ellas que son fijas disfrutan de una situación laboral privilegiada con un sueldo de unos 1.100 euros, dos días de descanso y subidas salariales para los próximos años pero “las que vienen por empresas de trabajo temporal (ETT), es para echarse a llorar”. En todo caso, la limpieza por habitación sale a dos euros.

Y la salud, sobre todo, se queda en el camino. Contracturas musculares, lumbago, ciática o túnel carpiano son algunas de las dolencias más comunes y que, salvo el último, no son reconocidas como enfermedades laborales sino comunes. “Yo estoy operada de los dos túneles carpianos y me toca ahora las rodillas. Nos duelen mucho las rodillas”. La mayoría de las veces son derivadas a la Seguridad Social para evitar que la mutua conceda bajas laborales. Además, “te das golpes y no te das cuenta y es por la noche cuando empiezas a verte los moratones”. Una de ellas, tuvo una lesión y cuando fue a la Seguridad Social descubrió que había tenido una fisura en el codo y que se había ido soldando con el tiempo. “Cuando nos toca descansar, uno de los días te lo pasas sin salir de casa para poder recuperarte. No te puedes ni mover”.

Más clientes, más problemas

Las buenas perspectivas para el sector no tienen la misma correlación para ellas. En la primera mitad de 2017, la provincia de Cádiz había superado dos millones de pernoctaciones según el Patronato Provincial de Turismo. “Para nosotros es peor. En estos años de crisis, los hoteles han estado llenos y ahora muchos clientes han adoptado la costumbre de quejarse para que les regalen una cena o una cesta de frutas. ¿Y quién paga el pato? La camarera de piso”. Por el contrario, “no han tenido ni un detalle con nosotras nunca, ni un cesta de navidad. Hubo una vez que nos dieron una caja con una botella de vino y un paquete de frutos secos. Ya está”.

Pero aún describen una situación peor. “Cuando un cliente dice que le ha desaparecido algo”. Ahí todas las miradas acusatorias se posan sobre las camareras. Una de ellas, con más de quince años de experiencia, se vio envuelta en un caso de robo. “Antes, nuestras tarjetas no estaban custodiadas bajo llave y alguien cogió la mía y entró en una habitación. Tuve que declarar pero quedó demostrado que ni a mí me pertenecía esa habitación pero, sobre todo, que no estaba a esa hora en el hotel. Yo mi dinero me lo gano trabajando no quitándole las cosas a los clientes”, afirma tajante.

Poco a poco han ido perdiendo el miedo, organizándose y plantando cara a la patronal. El movimiento por toda España de las kellys ha sido un revulsivo para las trabajadoras gaditanas que se han organizado en torno a esta figura. Han contado también con el apoyo de Comisiones Obreras pero las kellys saben andar solas. “Sigue habiendo mucho miedo pero es precisamente por eso por lo que los empresarios triunfan. Es cierto lo de cadena hotelera porque creen que cada trabajador es una eslabón de esa cadena de esclavos pero somos trabajadoras, no esclavas”.

Para ponerse en contacto con Las Kellys puede hacerse a través de sus redes sociales @LasKellysCadiz o en la siguiente dirección de correo electrónico, [email protected]

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