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Los redondos ojos azules de Rafael Rodríguez parece que se le van a salir de la cara. Como si quisieran huir de todo lo que han visto en los últimos 16 años. “Llegue aquí con pelo”, bromea. Tiene 41 años y entró a trabajar en el cementerio a los 25. Una edad en la que quien más y quien menos ha tenido la suerte de no tener que mirar de frente a la muerte. En este tiempo, ha estado en cientos y cientos de funerales, ha desenterrado y mostrado restos de otros cientos y cientos de cadáveres, y ha acumulado en su subconsciente todo el dolor ajeno del mundo. Aun así, tiene tiempo para el humor negro.

“Cuando es un enterramiento abajo tienes a todo el mundo detrás tuya, eso impone. Esto te lo tienes que tomar de otra manera porque es un trabajo duro; yo estoy todo el día riéndome, de cachondeo, porque si no llegas a tu casa y te quieres morir de pena. Una vez que sales de aquí, hay que desconectar”.

En una pequeña mesita Diego Domínguez tiene un listado y una taza con papelitos con números. Parece un auténtico funerario, un enterrador con corbata negra finísima, camisa blanca y jersey azul marino de cuello de pico. Su llavero le delata: un pequeño ataúd al que le tiene mucho cariño. “Me lo regalaron al llegar aquí”. Lleva 12 años en el camposanto de Nuestra Señora de La Merced, que también tiene una parcela aledaña para enterramientos de la comunidad musulmana. “Este es un trabajo muy relajante, es un sitio muy tranquilo”, dice encantado. Reparte números para pillar una escalera con las que trepar por el bloque y alcanzar el nicho deseado. “Con esa mediana llegas a un quinto”, le dice a una de las alrededor de 1.500 usuarias y usuarios que pueden pasar estos días señalados por el cementerio municipal.

“Cada uno tiene su misión aquí”, asegura sobre sus compañeros. Es como otra ciudad dentro de la ciudad. O el otro barrio del resto de los barrios. Sin duda, la barriada más poblada de Jerez. Es cierto que la cremación gana año tras año en cifras al enterramiento, pero el cementerio sigue siendo un lugar apacible y muy demandado donde pasar a mejor vida. “Tengo aquí familia como me imagino que todo el mundo y yo me siento aquí muy relajado”, recalca el empleado.

La vida para los vivos que allí residen habitualmente, los que se encargan de que todo esté en orden, es dura. No lo ocultan. No son enterradores caricaturescos, ni gente desheredada. Tienen familia, aficiones y no son nada siniestros. Por mucho que Sebastián Ramírez, el encargado y 22 años en el patio de los callados, parezca salido de una peli de terror de Rob Zombie. A sus 51 años, ha visto de todo por los cuarteles y ha sufrido el mal rato de entierros multitudinarios por muertes terriblemente inesperadas. No hace mucho, en el funeral de un conocido flamenco, “se tiraron sobre la caja llorando y lo pasamos realmente mal porque casi se nos caía”. A su lado está Paco Márquez, uno de los últimos en llegar a la cuadrilla hace cinco años. “Aproveché una convocatoria interna y por una cuestión económica me vine para acá pero nunca pensé que podía tener este trabajo”, confiesa mientras fuma un cigarro tras otro.

"Este es un trabajo al que te adaptas, pero acostumbrarte no te acostumbras nunca"

Ganan unos 1.400 euros si hacen dos domingos al mes, que se quedan en 1.200 si se libra todos los fines de semana. Una remuneración que se antoja como mínimo ajustada si por ejemplo, como explica el operario municipal, a veces hay que escarbar cuatro o cinco metros bajo tierra en los panteones familiares. “Somos los primeros que entramos del Ayuntamiento, a las siete y media, y lo mismo te viene un día duro, con sepulturas de tierra, con inclemencias del tiempo, y a lo mejor te tienes que dar una buena panzada de currar. Ahí vas quitando tierra, accediendo a la caja, recuperas los restos del cuerpo, accedes a otra caja, porque puede haber cuatro o cinco difuntos enterrados”, detalla Márquez. Y añade: “Dependiendo del entierro y de cómo estés anímicamente lo pasas mal. Este es un trabajo al que te adaptas, pero acostumbrarte no te acostumbras nunca. Psicológicamente afecta mucho, y más si estamos como estamos, faltos de personal, trabajando de lunes a domingo. Yo he librado un día de los últimos veinte”.

A su lado, Rafael asiente: “Es un trabajo que en verdad es psicológico aparte de físico. Esto con el tiempo te afecta, esto no es un trabajo normal como otro cualquiera, tú estás trabajando y escuchas a la gente llorar, imagínate cuando es un niño chico. Hace unos años me tocó enterrar a un bebé que murió en un accidente y eso fue… durísimo”.

"Tómate el zumo y te vas con tus muertos"

Este reportaje quería tener cierto tono de humor negro. Ofrecer otro enfoque representado por los otros protagonistas del día de los Fieles Difuntos. Son los trabajadores del cementerio los que han ayudado a hacerlo posible. Rafael cuenta una anécdota: “En la familia es el cachondeo siempre: tómate el zumo y te vas con tus muertos”. Y le sigue Paco: “Recogiendo a los niños le dice a mi mujer una amiga, ¿dónde estarán nuestros maridos?; y le responde, el mío en el cementerio; ah, que ha muerto...; No, trabaja allí. Se ríen.

Llega Antonio Troya. 51 tacos. 9 de ellos en este terreno. "¿Voces raras aquí? ¿Yo? Yo he escuchado que vamos a cobrar este mes. Eso sí que es raro”, responde a carcajadas. Buen humor entre el frenético ritmo de trabajo. “Estos son unos quince días en los que estamos desbordados”, dice uno de ellos mientras trata de reparar una ferwin con las que acceden a las tumbas.

Si Diego, el del llavero del ataúd, se encarga junto a otros dos compañeros de las labores de portería (control de entradas y salidas, localización de enterramientos…), hay otros ocho trabajadores públicos que están para todo lo demás. Por ejemplo Rafael: “Cuando estoy de guardia ya no sé ni en qué día vivo. Sacas los difuntos para hacer los traslados, los entierros, limpieza, el mantenimiento… Estoy con las escaleras, en la oficina, atendiendo a alguna familia. Estamos desbordados”. Por si fuera poco, son los intermediarios del pase al más allá. Los de la última paletada de mezcla que pone punto y final a la presencia entre los vivos. Y ven cosas raras. Claro que sí.Este reportaje no va de fenómenos paranormales ni de psicofonías, ni siquiera de mujeres en camisón apareciendo en plena madrugada. Esta es la historia de once currantes entre los muertos. En estos tiempos en los que el mercado laboral da auténtico pavor, encontrar cobijo entre lápidas y sepulturas puede llegar a ser un privilegio. Pero un privilegio muy desagradable: “Hoy hemos enterrado una pierna de un hombre que se la habían amputado, y allí estaba; hemos sacado cuerpos momificados perfectamente por estar en bloques de nichos muy ventilados”. Por no hablar de “cuando se te cuela un descerebrado”, como apunta Diego. Y relata: “El otro día uno me hizo estar aquí hasta las nueve y media de la noche persiguiéndolo. Pero lo echas y ya está”.

¿Hay material para trasladar desde Madrid a Iker Jiménez para un capítulo de Cuarto milenio? Poco o nada encontraría, confirman. “Gracias a Dios nunca he visto ni oído nada raro”, ratifica Diego. Al igual que aseguran Rafa y Paco. El que trastoca el discurso de ‘normalidad absoluta’ en materia paranormal y esotérica es Antonio. “Aquí me han pasado a mí dos cositas raras, que yo entiendo raras. Una vez saliendo del cuarto baño, una tarde noche, salí el último, y en la calle que va para arriba juraría ver a una mujer vestida de negro, la típica abuelita mayor con el pañuelo en la cabeza. Fue verla, coger la mochila del suelo, ponérmela, y ya no estaba. Tú barres con la vista en décimas de segundo y esa persona en una décima de segundo no puede desaparecer, tenía que estar en el cuartel 5 o se había tirado en plancha en una tumba”.

Otra: “Una chavala que trabajaba con nosotros, Conchi, se iba a duchar y me dice: no te vayas, espérame que me da miedo. Me estaba fumando un cigarro de liar, esperándola fuera, y llega un tipo muy raro, con el pelo cobrizo, con muy malas pulgas. Y me dice: ¿Está Conchi? Y le digo no, se está duchando, si quiere esperar… cojo el cigarro, levanto la cabeza y ya no estaba. Le digo a un compañero que estaba en la puerta: ¿Tú has visto a un gachó muy raro preguntando por la Conchi? Y me dice que no ha visto nada. Se perdió, se perdió...”.

 "Ponen de todo: palomitas de maíz en un plato, vasos de agua con velas, cabezas de pollo, una ristra de berenjenas con lacitos de colores..."

"Alguno ha dicho que ha escuchado a un difunto explotar, yo nunca he escuchado nada. Que yo sepa aquí el Iker ese tiene poco que hacer", reitera Rafael. Y la replica uno de sus compañeros: "Si vienes predispuesto a escuchar algo claro que lo puedes oír". Se abre un pequeño debate entre los trabajadores. Coinciden en una cosa: cada vez se ven cosas más raras junto a los enterramientos. "Ponen de todo: palomitas de maíz en un plato, vasos de agua con velas, cabezas de pollo, una ristra de berenjenas con lacitos de colores... Es mucho por cosas de santería. No tanto satánico ni nada de eso". Por no hablar de que han llegado a encontrar ropa "que se la han dejado después de hacer sus cosas alguna pareja. El morbo es el morbo", sonríe Antonio. El cementerio carece de vigilancia por la noche, no hay sistema de seguridad, y "cualquiera que sea ágil salta la tapia". Sus trabajadores no piden aumento de sueldo, pero sí más medios humanos (unos cuatro empleados más) y materiales (papeleras, elementos de limpieza...) para llevar a cabo la faena en uno de los barrios más apacibles y especiales de la ciudad. Los cementerios están hechos pensando en los muertos pero sobre todo pensando en los vivos y en los futuros difuntos. Lo saben bien en esta cuadrilla de sepultureros y amos de llaves del camposanto.

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