caballero
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Llega la hora de visitar a aquellos seres queridos que ya no están. Centenares de personas van al cementerio con cubos y fregonas para limpiar las lápidas de sus difuntos, portan flores para adornarlas y cargan escaleras para llegar hasta sus nichos. El cementerio de Jerez, que se abarrota estos días y paradójicamente se llena de vida, alberga miles de recuerdos desde que se construyera en los años 50 del pasado siglo para sustituir al antiguo de Santo Domingo. Aquí yacen jerezanos anónimos, pero también otros muchos que han pasado a la historia por una u otra causa. Igualmente, las iglesias de la ciudad albergan los restos mortales de otros tantos personajes más o menos ilustres, no sólo de Jerez, que merece la pena recordar o, en algunos casos, conocer. Nobles, artistas, alcaldes, santos, un dictador y hasta una reina fueron enterrados en Jerez. lavozdelsur.es hace un recorrido por algunas de las tumbas más celebres repartidas a lo largo y ancho de nuestra ciudad. No están todos los que son, pero he aquí una buena muestra.

Doña Blanca de Borbón, una reina en San Francisco

En la iglesia de San Francisco, alejado del ajetreo de personas y autobuses que hay a diario a solo unos metros de allí, en plena plaza Esteve, una lápida de mármol con inscripciones en latín recuerda la triste vida de Blanca de Borbón, noble francesa y reina consorte de Castilla. La misma, traducida al castellano, dice lo siguiente: Consagrada a Cristo Sumo Bienhechor y Todopoderoso Señor Nuestro, Doña Blanca Reina de la Españas, hija de Borbón descendiente del ínclito linaje de los reyes de Francia, fue grandemente hermosa de cuerpo y costumbres, mas prevaleciendo la manceba, fue muerta por mandato del rey D. Pedro I el Cruel su marido. Año de Salud de 1361. Siendo ella de 25 años de edad. Nacida en la localidad francesa de Vincennes en 1339, doña Blanca tuvo que casarse, por motivos estratégicos, con Pedro I, apodado El Cruel. A Castilla le interesaba mantener una alianza con Francia, toda vez que era de vital importancia para la corona el control del Canal de la Mancha para mantener una ruta comercial hacia Flandes, sin olvidar el frente común que ambos países hacían contra Inglaterra. Doña Blanca fue la cuarta pretendienta que le buscaron a Pedro I, y que incluso días antes de solicitar su mano, la delegación castellana intentó en vano que otra Blanca, ésta de Navarra, fuera su prometida, algo a lo que se negó no una, sino dos veces. Sin embargo, la boda entre ambos tardaría un año debido, entre otras cosas, a problemas en el pago de la dote de doña Blanca. A todo esto, Pedro I ya se había buscado una amante, María de Padilla, a la que incluso le había dado una hija. Lo cierto es que don Pedro apenas llegó a convivir con Blanca de Borbón, abandonándola a los pocos días, lo que desembocaría en una guerra civil en el reino de Castilla. Desde entonces, doña Blanca pasaría por Medina Sidonia, Arévalo, Toledo, Sigüenza y El Puerto de Santa María -en lo que se cree es actualmente el castillo de Doña Blanca- para volver de nuevo a Medina Sidonia, donde se cree que moriría de muerte natural, ya que ella misma había solicitado a los monjes de la iglesia de San Francisco ser enterrada allí, si bien también circula la historia de que murió a manos del ballestero Juan Pérez de Rebolledo, mandado por el propio Pedro I, tal y como narra su lápida. A pesar de todo, parece que el cuerpo de Doña Blanca ya no estaría enterrada en San Francisco, desconociéndose hoy día donde se hallan sus huesos.

El orante caballero de San Juan

En la histórica iglesia de San Juan de los Caballeros, una de las seis que ordenó levantar Alfonso X tras la reconquista de Jerez, en una recoleta capilla que en tiempos fue Sagrario, encontramos una menuda figura de madera y yeso, vestido con ropajes propios del siglo XVII en los que destaca el escudo de la orden de San Juan sobre su negra capa. De rodillas y de manera orante, a unos metros elevado sobre su propio sepulcro, se trata del caballero Diego López de Carrizosa y Perea, caballero de la orden de San Juan de Jerusalén y comendador de la Higuera, fallecido el 14 de julio de 1616.

Primo de Rivera, muerte en París, descanso en La Merced

Miguel Primo de Rivera sigue cabalgando en la plaza del Arenal, pero sus restos mortales se encuentran en la capilla de Riquelme de la Basílica de la Merced. Nacido en Jerez en 1870, ascendió en la carrera militar hasta encabezar el 13 de septiembre de 1923 un golpe de estado apoyado por Alfonso XIII, instaurando una dictadura hasta enero de 1930, cuando dimitió de su cargo y se exilió en París, donde moriría seis semanas después a causa de su diabetes.

Dos santos en San Juan Grande

A uno lo canonizó la Iglesia y a otro no hace falta que lo haga nadie porque ya fue considerado un santo en vida. Sus restos reposan a escasos metros de distancia en el santuario de San Juan Grande, junto al hospital que la orden de San Juan de Dios tiene en Jerez al final de la calle Taxdirt. Hablamos de San Juan Grande y del hermano Adrián del Cerro. Juan Grande Román nació en el pueblo sevillano de Carmona en 1546 pero pronto, con sólo 19 años, llegaría a Jerez con el sobrenombre de Juan Pecador para vivir por y para los pobres y los enfermos, hasta el punto de fundar su propio hospital para cuidarlos, el de la Candelaria. Juan moriría de peste en el año 1600 y siglos después sería, primero, beatificado por Pío IX y luego canonizado por Juan Pablo II en 1996. Diez años antes sería proclamado patrón de la nueva diócesis de Asidonia-Jerez. De otro lado, Adrián del Cerro, más conocido como el hermano Adrián, nació en un pueblo de Toledo en 1923, pero desde 1962 ya se afincó en Jerez donde, al igual que Juan Grande, daría su vida por y para los más necesitados. De pequeño tamaño pero de gran corazón, el fraile fue considerado el último limosnero. Siempre se le recordará, maletín en mano y boina en la cabeza, recorrer todo Jerez para conseguir fondos para los pobres y marginados. En sus últimos años de vida, y después de varias caídas y fracturas de huesos, el hermano Adrián tuvo que recurrir a una silla de ruedas, si bien su labor continuó hasta el último día de su vida. Fallecido en agosto de 2015, el fraile, que siempre será recordado por su labor y por el economato social que lleva su nombre, descansa al pie de un altar en el santuario de San Juan Grande.

Burgueses y linajes jerezanos a las puertas del cementerio

Dicen que la muerte iguala a todos, sean ricos o pobres. Y bien es verdad, porque de las garras de la parca no se libra nadie. Pero a la hora del descanso eterno vuelven a notarse las diferencias entre unos y otros, algo que se aprecia nada más cruzar las puertas del cementerio de Jerez. Nombres y apellidos ilustres se reflejan en las grandes lápidas y panteones, más o menos artísticos, en el patio primero del camposanto. Aquí encontramos tumbas como la del primer marqués de Bertemati, José de Bertemati y Troncoso, bodeguero, alcalde de Jerez y uno de los fundadores de la Cámara de Comercio de Jerez, o la de Álvaro Domezq Díez, ganadero, rejoneador y alcalde entre 1952 y 1957, entre otros.

Un garrapatero eterno

Tenía sólo 21 años cuando en la tarde del 6 de julio de 2004 se le paraba el corazón a Miguel Ángel Benítez Gómez, para todos Migue Benítez o el Migue, fundador, compositor y vocalista de Los Delinqüentes. Se fue de este mundo sin hacer ruido, haciendo la siesta, precisamente todo lo contrario a lo que había hecho siempre, que no fue otra cosa que llamar la atención desde bien pequeño cuando ya comenzaba a componer y a tocar con la guitarra sus propias letras. Convertido en un mito para muchos, en su nicho, en el que nunca faltan las flores, encontramos tres mecheros, como los tres miembros que conformaron Los Delinqüentes: Migue, Marcos y Diego. Y hasta un botellín de cerveza artesana Matajare, creada en su recuerdo. Un santuario para fans y fieles de su grupo y sus canciones, evocando la tumba del mítico Jim Morrison en el cementerio parisino de Père Lachaise, parada obligada para los turistas.

Sir Thomas, el hombre que trajo el fútbol a Jerez

A finales del siglo XIX la relación entre Jerez e Inglaterra era fluida gracias a la exportación de vino. Ciudadanos de uno y otro lado cruzaban el charco para trabajar y hacer negocios y uno de ellos fue el inglés Thomas Spencer Reimann, que se establecía en nuestra ciudad para trabajar en las oficinas de Williams & Humbert. Junto a otros compatriotas, Thomas fundaría el Jerez Football Club, primer equipo de fútbol de Jerez y germen de lo que años más tarde sería el Xerez Club Deportivo. Thomas, que llegó a ser jugador y presidente de aquel primigenio club, murió en Jerez. Sus restos reposan en el cementerio protestante del camposanto jerezano, bajo una gastada cruz de piedra. La Fundación Xerez Club Deportivo le dedicó dos azulejos conmemorativos, uno en el estadio municipal de Chapín y otro sobre su tumba.

La Paquera, junto a Moraíto, Gallardo y El Torta

25 coronas de flores se colocaron sobre la lápida de mármol negro de la tumba de Francisca Méndez Garrido, La Paquera de Jerez, un 28 de abril de 2004. Días antes, una trombosis había callado para siempre una de las voces más puras del flamenco. Aquel día el cementerio se quedó pequeño para despedirla. Entre esas personas que le dieron el último adiós se encontraba Manuel Moreno Junquera, Moraíto Chico. Desde el 12 de agosto de 2011, Paquera y Morao descansan juntos en el cementerio de Jerez. Sobre sus lápidas, los rostros del Cristo de la Expiración, en el caso de ella, y el Prendimiento, en el caso de él, las dos grandes devociones de ambos y símbolos de los barrios que los vieron nacer, San Miguel y Santiago. A unos metros de La Paquera, el compositor que más escribió para ella, Antonio Gallardo Molina, también descansa en el cementerio de la Merced desde abril de 2013, como lo hace Juan Moneo Lara, El Torta, desde hace casi dos años. “Si algún día me da por volver, iré con el alba, como la brisa fresca que trae la mañana”, reza como epitafio una de sus letras, en la esquina inferior izquierda de su lápida.

Ángeles para los Terremoto

Duquela a pico cavando sin fondo el mundo, Fernando, se queda chico sin tu cante jondo

Este epitafio, dedicado en su día a Fernando Fernández Monje cuando falleció en 1981, bien podría también valer para su hijo, Fernando Fernández Pantoja. La saga de los Terremoto ha sido tan prolífica en arte como en mala suerte. Terremoto padre murió a la temprana edad de 48 años, pero es que su hijo lo haría con tan solo 40 en el año 2010. Ambos yacen junto a Isabel Pantoja, esposa y madre de ambos, respectivamente, en una tumba coronada por un busto del patriarca que escoltan dos ángeles de piedra.

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