El actor del tiempo
Carlos Almansa (Barcelona, 1961) se ha jubilado hace tres meses como el hombre del Tiempo en la televisión pública andaluza, vive en Palomares del Río y allí ejerce como concejal independiente por Izquierda Unida. Después de 36 años haciendo didáctica la información meteorológica, con chistes incluidos que él siempre ha contado muy serio, echa de menos no haberse dedicado a su verdadera vocación: la interpretación.
Llegó a Sevilla una Semana Santa por casualidad y se quedó aquí tras un casting en Canal Sur por su cara bonita. Aquí aprendió muchísimo sobre las vueltas que el tiempo da, se enamoró, se casó, se divorció y vivió intensamente en una tierra, Andalucía, de la que procedía su familia antes de emigrar.
Almansa es un tipo simpático, que sonríe todo el rato, pronuncia a la perfección y no tiene pelos en la lengua para hablar de lo divino o lo humano. Ahora se queja de “la falta de pluralismo político” en la tele donde trabajó tantos años. “Yo era de los que me esperancé en el cambio, y ahora desearía que volviera Susana, por favor”, asegura. Sin hijos y con todo el júbilo por delante, se reivindica como actor para quien le ofrezca cualquier papel, llueva o ventee.

PREGUNTA. Quién lo diría: por el hombre del tiempo también pasa el tiempo.
RESPUESTA. Y se nota. Sobre todo cuando subes y bajas escaleras. Y más si eres fumador, como es mi caso. Pero bueno, todo se arreglará.
P. Han sido 36 años los que ha estado usted siendo el hombre del tiempo en Canal Sur Televisión. ¿Eso es mucho tiempo o ha pasado volando?
R. Mejor me tutea usted.
P. Pues nos tuteamos, mejor, sí.
R. En realidad, cuando te jubilas te da la sensación de que ha pasado todo muy rápido, y además te crea una cierta sensación de inseguridad. Del tipo ¿y ahora qué voy a hacer? ¿Después de 43 años cotizando? ¿Y ahora qué con mi vida si estoy ya acostumbrado a trabajar?
P. Entonces hubo siete años de trabajo antes de que llegaras a Canal Sur.
R. Sí, porque he sido actor de teatro, trabajé tres años para la Compañía Nacional de Teatro Clásico, con los primeros montajes de Adolfo Marsillach. Me vine a Sevilla cuando estaba con El hombre que murió en la guerra, de los hermanos Machado y, estando aquí en Sevilla, como veía que se me acababa el contrato, vi el anuncio de Canal Sur en el que se buscaba presentador y me presenté a las pruebas. Las pasé. Lo que jamás me hubiera podido imaginar era que fuera para el hombre del tiempo. De hecho, los primeros años, de la mano de Julio Marvizón y Paca Moya, que eran los que estaban allí como meteorólogos, lo que yo hacía era leer con el teleprónter lo que ellos me escribían y explicar. Con el tiempo empecé a hacer mis propios mapas, sacar la información, plasmarla y contarla a mi manera.

P. Que era la manera de un actor.
R. Sí. La verdad es que sí. Tenía aquello un punto de exhibicionismo absolutamente necesario.
P. Por lo tanto no era la manera de un meteorólogo.
R. No, no. Yo había aprendido mucho de Julio Marvizón y de Manuel Mejías, que son mis maestros. He aprendido mucho. Muchas veces me ocurrió la anécdota de decirle a Julio que la previsión que estaba haciendo el AEMET -que entonces era el Instituto Nacional de Meteorología- yo no la tenía clara. Y me decía Julio que estaba equivocada. Quiero decir que mi propia costumbre de ver mapas de isobaras me daba la percepción de que no iba a ocurrir lo que estaba prevista que ocurriera. Eso pasaba sobre todo en verano, porque era la época en que el Instituto –y me imagino que luego la AEMET también- tenía muchos becarios y las posibilidades de error aumentaban, lógicamente.
P. Aprendiste en la práctica.
R. Efectivamente. Digamos que mi trabajo ha sido artesanal. He ido aprendiendo desde cero y en la práctica.
P. En aquella época supongo que las previsiones fallarían, y todavía, supongo… Me estoy acordando de la Dana de Valencia.
R. Bueno, en la Dana la AEMET dijo lo que iba a pasar. Pero no quiero entrar en ese debate tan complicado. Como siempre les he dicho a mis compañeros de Deportes: exigís un cien por cien pero sois incapaces el viernes de decirme la quiniela para el domingo. Es que siempre estamos hablando en futuro, y así es más fácil errar que si hablamos de lo que ya ha pasado.
P. ¿Entonces tú llegaste aquí directamente desde Barcelona?
R. No. De Barcelona pasé a Madrid. Y allí fue donde entré en la Compañía Nacional de Arte Clásico. Cuando se me acabó el contrato empecé a ensayar una obra de teatro, pero viniendo en Semana Santa a Sevilla, porque esta ciudad siempre me ha gustado mucho, me enteré de que estaban haciendo pruebas en Canal Sur para ser presentador.

"Me eligieron en Canal Sur para ser presentador de lo que fuera. No tenía ni idea de que iba a acabar en el Tiempo"
P. Presentador de lo que fuera…
R. De lo que fuera, sí. Yo no tenía ni idea de lo que tenía que presentar. Curiosamente, en aquella época, también se presentó Ana Fernández, que es una actriz maravillosa…
P. La de la película Solas, de Benito Zambrano…
R. Sí, la de Solas, que ahora está en Sueños de libertad, y ella también entró, pero solo para trabajar los fines de semana. Una compañera maravillosa. Llegó a presentar El Tiempo en Canal Sur durante más de un año, pero solo los fines de semana.
P. Entonces en Canal Sur en aquel momento no pedían que el candidato tuviera estudios ni de meteorología ni de periodismo…
R. No, no. Solo querían…
P. Una cara guapa.
R. Pues sí. Un poco sí. Solo estaban buscando a alguien que contara bien. El día de la prueba yo lo pasé muy mal y hasta manché la camisa de sudor y maquillaje, porque el realizador que me estaba haciendo la prueba me exigía una serie de cosas que, directamente, me tenía que inventar. Luego vino la secretaria de redacción en un descanso y me tranquilizó porque ya sabía que me iban a escoger. Y a partir de ahí, bien.
P. Estamos hablando de un Carlos Almansa que no había cumplido aún…
R. Estamos hablando de un Carlos Almansa que no había cumplido aún los 29.
P. Con 28 años todavía.
R. Sí, muy delgadito, con bigote. Luego he ido cambiando mucho: he estado muy gordo, luego mucho más delgado, me he dejado la perilla… Es que las mujeres lo tienen mucho más fácil: ellas se cambian el color del pelo, y se ponen un maquillaje diferente, pero nosotros lo tenemos mucho más complicado. Un traje y una corbata y para de contar.

P. ¿Se liga más siendo el presentador del hombre del tiempo?
R. Sí, pero nunca sabes si te entran por eso o porque realmente les gustas.
P. La tele es un mundo complicado.
R. Sí.
P. Lo digo porque acabo de caer en que si esa misma pregunta se la formulo a una mujer, lo mismo se considera políticamente incorrecta o machista.
R. Es que yo no aguanto lo de lo políticamente incorrecto, de verdad. Yo soy muy políticamente incorrecto. Desde siempre. Ya nos la cogemos con papel de fumar. Hay muchas cosas de las que ni siquiera se pueden hacer chistes. Hemos perdido hasta esa esencia de Andalucía de reírnos de nosotros mismos.
P. Me congratula que lo diga alguien que no es andaluz de pura cepa…
R. Bueno, alguien con papá y mamá andaluces, abuelos andaluces, bisabuelos andaluces…
"Mis padres emigraron primero a Centroeuropa, y yo viví varios años con mis abuelos en un pueblo de Jaén"
P. ¡Ah! ¿Y todos emigrantes en Barcelona?
R. Sí. Mis padres emigraron a Centroeuropa, a Suiza y Alemania. Yo estuve varios años viviendo con mis abuelos en Villanueva de la Reina, en Jaén, porque ellos eran todos de la zona de Cazorla, Peal del Becerro, La Iruela…
P. Entonces eres bastante andaluz de sangre.
R. Sí, como me decía mi padre en plan jocoso: tú eres catalán pero de padres exagerados.
P. Pero te crías en Barcelona.
R. Sí, todo el colegio y la Secundaria lo hago en Barcelona. Hago primero de Arte Dramático y primero de Periodismo allí… Lo que pasa es que yo era de empezar y no acabar. De empezar una cosa y, si no me gustaba, dejarla. Y no cumplí para nada las expectativas de mi padre.
P. ¿Las expectativas periodísticas?
R. ¡No! No me refiero al periodismo. Es que mi padre prefería que yo hubiera sido médico, ingeniero o abogado. Y cuando le digo que quiero ser actor, se echa las manos a la cabeza. Y entonces le digo que no, que quiero estudiar una carrera. ¿Qué carrera? Periodismo.
P. Peor aún.
R. Exactamente, eso me dijo, que me iba a morir de hambre igual que de actor.
P. Carlos, y llegas a Sevilla y ya haces tu vida aquí, ¿no?
R. Sí, me costó trabajo adaptarme, no te creas. Porque yo llevaba muchos años viniendo a Sevilla pero de visita. Y de visita todo es una auténtica maravilla. De hecho los amigos se peleaban por ver en qué casa me quedaba, pero llegué con las maletas para quedarme… Todavía los estoy esperando. Desaparecieron.
P. Para siempre…
R. Fíjate que tuve que hacer amigos nuevos. Fue un poco decepcionante. Pero luego bien. La ciudad es maravillosa.
P. ¿Te casas aquí?
R. Me casé y luego me divorcié. Ahora vivo en Palomares del Río, un pueblo del Aljarafe.
P. ¡Ah!
R. En Sevilla ya no se podía vivir. Era complicado y costoso. Me hubiera gustado seguir viviendo en el centro, porque es una ciudad para disfrutarla paseándola.
P. A la gente le extrañará que el hombre del tiempo no pueda permitirse vivir en Sevilla.
R. Es que todo el mundo piensa que todos los que salimos en la tele somos María Teresa Campos y Ana Rosa Quintana, y es mentira.
P. Pero has sido el hombre del Tiempo…
R. Sí, pero con un salario de funcionario.
P. Dos o tres mil euros.
R. ¡Ya me hubiera gustado a mí llegar a tres mil euros alguna vez!

P. De todos modos no está mal.
R. ¡Hombre! Teniendo en cuenta como está el asunto. Tampoco te sobra nada. No me imagino cómo tiene que estar la gente que solo cobra mil euros. Es prácticamente imposible que los jóvenes se vayan de sus casas, claro. Antes teníamos unas ganas locas de irnos a los dieciocho y ahora te dan los cuarenta si te descuidas.
P. El humor fino que le hemos visto siempre a Carlos Almansa no sé si viene de Cataluña o de Andalucía.
R. Bueno, yo creo que es un humor más de aquí. O una mezcla, quizá. De todas formas ese humor surge de forma espontánea. El hecho de no tener que leer te da la libertad de improvisar sobre la marcha.
P. Cuando estabas con el teleprónter, al principio, no podías dejarte caer con esas improvisaciones.
R. Bueno, alguna morcilla metía. Pero es verdad que no es lo mismo. La libertad que te da girarte al mapa como si fueras un profesor de instituto con la pizarra no es la misma que seguir un guion establecido aunque lo hayas escrito tú mismo.
P. Y un profesor de instituto sabe que tiene un público de treinta, pero tú eras consciente de que tenías un público de un millón de personas o así, ¿no?
R. Sí, pero yo he tratado de ser muy didáctico siempre. Manuel Mejías me lo decía muchas veces, que había que contar más las cosas, masticarlas, profundizar y explicar y el por qué. También me lo decía Javier Aguilar. Y yo tenía claro que el público que tenemos lo que quiere saber es si va a llover, si va a hacer frío o si va a hacer calor o si puede salir a pasear. Y eso tiene un pro y tiene un contra. A mí me conoce mucho la gente mayor. Y siempre, cuando me han parado, me dicen: “Es que contigo me entero”. Porque no entraba en profundidades…
P. De isobaras, de tecnicismos…
R. Sí, no entraba en esas cosas, pero porque había muchas cosas que se me escapaban y todavía se me escapan. Y hay una cosa importantísima que debes saber en televisión: la cámara no engaña. Si estás hablando de algo que desconoces, se te nota una barbaridad. Así que debes hablar de lo que conoces, sea poco o sea mucho.

"La cámara no engaña. Si estás hablando de algo que desconoces, se te nota una barbaridad, así que es mejor hablar solo de lo que conoces, aunque sea poco"
P. Me estoy acordando, por recuperar lo del sentido del humor, de cuando dijiste aquello de que nos íbamos a extinguir pero que no iba a ser de forma inminente…
R. Sí, y voy a contar cómo fue.
P. Espontáneo…
T. Totalmente espontáneo. Yo llegué a plató hartito, pero hartito hartito. Todo el mundo diciendo que si el calor, que cuándo se iba a ir el calor, que llevábamos mucho tiempo con calor… Además, las noticias que daban en el informativo en el que yo salía a continuación eran catastróficas, muy apocalíptico, y entonces yo dije, porque me salió así, aquello de: “No se preocupen ustedes porque nos vamos a extinguir seguro, pero no ahora ni por este calor”. Dos semanas después, lo medité antes de contarlo y ya no salío igual.
P. ¿Cómo fue aquello otro?
R. Estábamos en verano también y dije que, a aquellas alturas, el que no había madurado ya, pues no maduraría nunca. Algo así, pero eso estaba pensado y no salió igual. Yo noté que se notaba una barbaridad.
P. Y el presentador Álvaro Moreno te cogió el guante.
R. Bueno, Álvaro Moreno estuvo soberbio cuando dijo aquello de “Nos quedamos mucho más tranquilos”. Yo es que he tenido muchas anécdotas, sobre todo en directo. Recuerdo una de un ciclista que murió en un día de lluvia, en una curva porque… Y Mariló Montero, en directo, me dijo que el tiempo había sido el causante de… Y la corté. Le dije en directo que no, que el tiempo no había sido el causante. Mis jefes me temían. No les gustaba que hiciera directos porque podía meter la pata. Ese tipo de conversaciones les daba un poquito de pánico. Entonces a Mariló Montero le dije que el tiempo no era el causante de la muerte de aquel chico, sino tal vez el exceso de velocidad, la imprudencia de ir en bicicleta un día de lluvioso con el suelo mojado… En fin, el tiempo no puede tener la culpa de todo. Otro día, aunque reconozco que me pude pasar un poco y me tiraron de las orejas, en pleno mes de julio, con casi cuarenta grados, muere un ciclista por un colapso a las tres de la tarde. Y dije en directo que no había sido culpa del tiempo, sino que había sido una imprudencia. Es que el tiempo no puede justificar todas las cosas.

P. Ese rigor informativo es el que se le reclama al periodismo en general, ¿no?
R. Sí, pero el rigor informativo, lamentablemente, se está perdiendo mucho. Lo que importa es un buen titular. Como nos enseñaban en Periodismo hace tantos años: que la verdad no te estropee un buen titular. Hay titulares con los que la gente se caga, pero es que yo no preocupar a la gente, sino de contar las cosas de forma que no tengan tanta importancia. Es que no se puede batir un récord todos los días. Es que el tiempo es cíclico. Aquí ha habido inundaciones y en Sevilla ha llegado a nevar. Pero ahora le cambian el nombre a las cosas: lo que antes era una borrasca ahora es una dana. Antes , la gota fría era un fenómeno meteorológico muy concreto que sobre todo se daba en el Levante, y ahora cada vez que hay una tormenta es una gota fría. Con eso, lo único que consigues es asustar al personal que te escucha. Y no es necesario. Hay que informar, no que alertar. Lo de la ciclogénesis explosiva o las olas africanas o las olas… Cuando me preguntan por las olas de calor, siempre digo que las olas, en el mar. Eso también lo he dicho en directo. Otra día, Mar Arteaga, al comienzo del verano, me dijo que aquel verano parecía que íbamos a tener el verano más caluroso del siglo, y le dije: “Pues cuando termine el verano te lo cuento”. Fue uno de los veranos menos cálidos precisamente.
"Es evidente lo del cambio climático, pero también el clima no cambia de lunes a miércoles"
P. ¿Se asusta mucho con el cambio climático?
R. Es que no usamos bien los términos. ¿Tenemos datos suficientes para pensar que el clima está cambiando? Efectivamente. Claro que hay datos para pensar eso. Pero el clima no cambia de lunes a miércoles. Dentro de doscientos años, a lo mejor la evidencia del cambio climático es más severa.
P. Y frente a eso tenemos también los negacionistas del cambio climático, como los terraplanistas.
R. Es que si tienes que pelear con todo, es imposible. Es que el cambio climático existe en tanto en cuanto no sería el primero que ha habido. Ha habido muchos cambios climáticos, pero es un fenómeno muy prolongado en el tiempo.
P. Mi padre era de los que apenas tenía interés en el parte, como la gente de su generación llamaba todavía al telediario, pero en cambio no podía hablarse en casa cuando llegaba la parte de El tiempo.
R. Sí, como mi abuelo, que decía: “Callaros todos, que van a dar el parte”.
P. Pero sobre todo en el momento que daban el tiempo. Ahí es donde había que callarse de verdad.
R. Claro. Ahí ya no podías ni respirar.
P. ¿Y no es extraño que hoy en día, aunque no sean agricultores y puedan verlo en el móvil, la gente siga teniendo tanto interés por la previsión meteorológica?
R. Sí, porque la gente sigue necesitando un poco más de cercanía. De hecho, recuerdo que estando yo ya trabajando en el tiempo, pero hace mucho, se inventaron unos muñecos para que te contaran el tiempo y no funcionó.

P. Supongo que aquí en Andalucía es más aburrido dar el tiempo.
R. En verano sobre todo. Es muy aburrido: cielos poco nubosos o despejados. Tiempo soleado en toda la provincia. Y llega un momento en el que me pregunto: ¿qué digo hoy para no repetirme? Y luego la gente no se da cuenta de que el viento es fundamental porque es capaz de cambiarlo todo. No es lo mismo que sople del este o que lo haga del oeste, o del sur. Eso lo puede cambiar todo. Recuerdo que en una Semana Santa me riñeron, aunque yo leía todavía lo que me escribían Julio Marvizón o Paca Moya, porque dije que en la Costa del Sol iba a llover durante el fin de semana. Llamaron todos los hoteles muy cabreados porque la gente llamaba para anular las reservas. ¿Y cómo lo digo? Otro año, en Semana Santa, estaba claro que iba a llover, pero cuando llega la borrasca por el Golfo de Cádiz, que es cuando más agua deja, se encuentra con vientos de levante que la frenan y la mandan al sur, y por tanto no se mojó ni Sevilla ni Córdoba. Se mojó solo la costa… Entonces las previsiones fallaron, por el viento. Pero el que da la cara es el que no hace la previsión, sino el que la cuenta.
"Un año llamaron todos los hoteleros de la Costa del Sol cabreados con las cancelaciones porque dije que iba a llover durante la Semana Santa"
P. Eso siempre pasa. El mensajero.
R. Eso.
P. ¿Presionan mucho los capillitas para saber si va a llover o no?
R. Sí, porque además no solo piden saber si va a llover o no, sino si va a llover de tres a cuatro de la tarde. Y con esa precisión es muy difícil. Yo he estado en La Campana mojándome e irme luego a Resolana y encontrarme un suelo completamente seco.
P. Hay compañeros tuyos que, cuando se han jubilado, han hecho negocio con esto.
R. Sí, me estoy acordando ahora mismo de Maldonado.
P. ¿Piensas hacer lo mismo?
R. No. Cuando uno se jubila, la tendencia es acomodarte en casa y no hacer nada, pero eso te quita años de vida. Así que yo he empezado a hacer cursos de cerámica, he vuelto a retomar cosas de teatro, que nunca lo dejé del todo. Hace ocho años hice una versión de Calígula.
P. O sea, que te reivindicas como actor otra vez.
R. Sí, sí. En eso estoy. Porque siempre me quedó la espinita de prostituirme para poder comer todos los días y pagar el alquiler. Tuve que cambiar el teatro, que es la esencia de todo, por la televisión, que tiene menos verdad.
P. Dicho queda: aquí está Carlos Almansa dispuesto para la interpretación.
R. Sí, si surge cualquier cosa, una obra o un corto o cualquier cosa, aquí estoy.
P. ¿Y las cabañuelas? ¿Tienen sentido?
R. Yo creo que antes mucho más que ahora, porque antes la naturaleza estaba mucho más limpia. El cielo estaba más limpio. A los hombres del campo sí les servía. Pero, de todas formas, yo creo que es como cuando alguien te coge la palma de la mano y te adivina que has tenido una novia rubia. ¿Quién no ha tenido una novia rubia alguna vez?
P. Cuando te ven en Palomares o en cualquier sitio, ¿siguen preguntándote si va a llover y tal?
R. Yo creo que me moriré siendo el hombre del tiempo. No paran de preguntarme. Ya no hay tanto codazo de unos a otros, como cuando veías a la gente diciéndose aquello de “mira quién va por ahí”. Pero creo que voy a ser siempre uno de los hombres del tiempo.
P. ¿Molesta eso?
R. En absoluto. Es desagradable si la gente se acerca a ti de forma imprudente, maleducada o te interrumpe en una comida, pero la mayoría de la gente se acerca a uno con mucha educación y respeto.
P. Y este hombre del tiempo se va a quedar en Sevilla para siempre, ¿no?
R. Pues en principio sí. A lo sumo, me iré a Málaga, pero no va a ser inmediatamente.
P. Me recuerda a aquella frase tuya de la extinción: “Nos extinguiremos, pero de no va a ser de modo inminente”.
R. Jajaja, sí, lo de Málaga tampoco va a ser de modo inminente.
P. Antes de que terminemos me gustaría preguntarte algunas cuestiones breves, como por ejemplo: ¿del Sevilla o del Betis?
R. Son preguntas delicadas.
P. A veces las preguntas breves son las peores.
R. A mí el fútbol no me gusta, pero soy más simpatizante del Betis que del Sevilla.
P. ¿De la Esperanza de Triana o de la Macarena?
R. Uf… La primera vez que yo vine a Sevilla me llevaron a ver a la Esperanza de Triana, y me pareció bellísima. Y luego me llevaron a ver también a la Esperanza Macarena, que me pareció muy guapa. Pero al llegar dije que me gustaba más la otra. Y me pegaron un codazo. Me giré y pregunté que qué había dicho. Y me dijeron: Mira la gente que tienes detrás. Miré, y me querían matar, imagínate. Me resultaba mucho más cercana la Esperanza de Triana, una cara más formada de mujer. Y la Esperanza Macarena, aunque es una preciosidad después de haberla restaurado bien…
"En Sevilla hay Vírgenes preciosas que pueden gustar mucho más que la Esperanza Macarena o la Esperanza de Triana, como la Virgen de las Aguas"
P. Esa es otra.
R. Sí, digo que, después de haberla restaurado bien, la Esperanza Macarena me parece preciosa pero la veo más muñequita. De todos modos hay Vírgenes en Sevilla preciosas que pueden gustar mucho más que la Esperanza Macarena o la Esperanza de Triana.
P. ¿Cómo cuáles?
R. Como la Virgen de las Aguas. O la del Museo.
P. ¿Eres más de Semana Santa o de feria?
R. Me gusta más la Semana Santa. Siempre me ha gustado, pero es verdad que la Semana Santa que yo conocí a finales de los ochenta no tiene absolutamente nada que ver con la de ahora. Era mucho más respetuosa. Hemos pasado a algo demasiado lúdico que a mí ya no me resulta tan atractivo. De todos modos, yo he sido de los que he estado hasta las dos de la mañana aguantando hasta que saliera la Esperanza de Triana.
P. Un jartible.
R. Sí. Lo hice varios años hasta que me dije que la Virgen ya me iba a perdonar pero no lo iba a volver a hacer nunca más. El problema es que yo no soy creyente. Al menos no creo en las instituciones. Sí soy espiritual. Me encanta la religión culturalmente. Y, en verano, mientras la gente se va a la playa o a un cine con aire acondicionado a mí me gusta meterme en una iglesia antigua y disfrutar de un fresquito natural maravilloso. Hablas con quien sea pero sales de allí limpio de polvo y paja.
P. Es un placer hablar contigo, Carlos.
R. Me gustaría ser creyente, pero… Fui monaguillo ocho años.
P. Yo estuve nueve.
R. Pues a mí dejaron de responderme a muchas preguntas que yo hacía porque todo eran dogmas de fe. Y me cansé de los dogmas de fe. Por eso dejé de creer, aunque no en Dios, sino en la institución religiosa, en la Iglesia.
P. Entiendo.
R. Por cierto, que el placer ha sido mío.




