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El cielo barrunta agua en un raro comienzo del mes de mayo, más otoñal que otra cosa. En la barriada de La Asunción el maltrecho suelo de alguna de sus calles aún conserva los charcos del diluvio caído la pasada madrugada. El paraguas se hace compañero inseparable de las personas que acuden al centro de salud o a comprar al centro comercial. En la puerta del bar Volapié, bajo el toldo, los parroquianos habituales comentan el tiempo “tan loco” que hace y dentro, Miguel Flores, Capullo de Jerez, calienta una tragaperras antes de recibir una llamada de trabajo. Enfrente, en la parada de taxis de la calle Paquera de Jerez, aguardan leyendo la prensa la llegada de algún cliente y justo al lado, sobre un vehículo a medio camino entre furgoneta y motocarro, Gabriel Sánchez, 61 años, criba un buen puñado de caracoles para intentar quitarles la tierra que llevan encima.

A esa hora, pasadas las doce del mediodía, Gabriel, el ‘Gabi de Jerez’, vecino del barrio, ya ha vendido prácticamente todo el género del día. Apenas le quedan seis mallas de caracoles, a tres euros el kilo. Gabi, de una tez morena curtida por el sol, se protege del fresco con una guerrera de la Infantería de Marina. “Siempre he sido un buscavidas. Empecé con mi vecino y a los doce años ya estaba cogiendo algodón, espárragos, tagarninas…”, cuenta mientras sigue cribando caracoles con una malla. En un día bueno, y éste no lo es tanto, puede vender hasta 270 kilos, cuenta.

Gabi nos enseña sus manos, casi negras de tierra húmeda y excrementos de los caracoles. “Yo soy un charanguero”, resume en una palabra, para definir a quienes, como él, se buscan la vida en el campo cogiendo los productos de temporada. La Real Academia Española lo define como persona “que trabaja de modo tosco y grosero”, aunque en este caso, el coger caracoles no tiene nada de eso, más bien de paciencia y de buen saber. Casado y con tres hijos, afirma que si de él hubiera dependido nunca habría dejado el campo, “pero había que cotizar y me tuve que ir a la construcción”, sentencia. Ahora, parado, vuelve a vivir de lo que la tierra da. Sin embargo, tres hernias discales le impiden coger caracoles como antaño. Ahora se los suministran compañeros de confianza como Antonio Pérez, de 56 años, también desde niño cogiéndolos en las dehesas, siempre desde finales de abril hasta finales de junio. Ni antes ni después, porque los bares y los propios clientes parece que se toman al pie de la letra el refranero. “Si te quieres morir, come caracoles en abril”. “Si a tu marido quieres matar, dale caracoles por San Juan”.

“Esto realmente no está pagado”, apunta Antonio, que suele ir tres o cuatro veces por semana a por caracoles. Se levanta a las cinco de la mañana, ya que la hora buena es la del amanecer, cuando el caracol deja la tierra y empieza a subir por las matas en busca de sol. En su caso los coge en Medina, donde no sólo tiene que lidiar con la competencia de otros charangueros, sino con la de los guardas de las fincas. “Ahora es la época de la perdiz, y como nos metamos en los cotos ya tenemos a los señoritos dándonos la lata y mandando a los guardas para que nos echen”. Además, con las últimas lluvias, el caracol llega muy sucio, algo que echa para atrás a algunos clientes. Es por eso que Gabi tiene que vender también el de Marruecos, que llega limpio y que es ligeramente más grande que el autóctono, si bien apunta que éste realmente llegó al norte de África procedente de España. “Hasta mediados de mayo el que se suele servir en los bares es el moro, a partir de ahí ya se consume el español, que además está más rico”. Empieza a llover y lo que empieza como chirimiri se torna en tromba cuando apenas quedan dos mallas de caracoles por vender. “Aquí ya hemos acabado”, afirma Gabi mientras nos protegemos como podemos del agua debajo de la sombrilla de playa que trajo previendo la lluvia.

Empapados, aunque la lluvia apenas ha durado cinco minutos, emprendemos el camino a Estella. En el cruce frente a la venta Las Cuevas siempre suele haber vendedores ambulantes, pero esta vez no hay suerte. La lluvia parece que los ha echado para atrás. Pero antes de retornar a Jerez divisamos a dos personas cargando dos largas ramas de bambú. Antonio Reina, 52 años, y Alfonso Caro, de 59, son vecinos de esta barriada rural. Vienen de cortarlas de un camino que hay bordeando la cercana autopista. “Ahora las dejaremos secar y en un mes nos servirán para coger higos chumbos”, explica Antonio. Pero no los venderán. “Es que le gustan a mi mujer”, apunta. Aun así, ambos saben lo que es buscarse la vida en el campo. "Espárragos, tagarninas, cabrillas, caracoles…". Antonio comenzó a los seis años. Alfonso poco más o menos igual. Él y sus diez hermanos. “Mi madre los vendía en El Puerto y con lo que sacábamos íbamos ahorrando para aguantar hasta el invierno”. Ahora, sin embargo, todo es más difícil. “Con la crisis mucha gente se ha tirado al campo y hay mucha competencia. Luego están los domingueros, que ya te los encuentras en todos lados, y eso sin contar los pesticidas que se echan y que se los cargan. Hay que irse cada vez más lejos a cogerlos”.

Repetimos visita a Estella un domingo soleado, ya sí de verdadera primavera. “Vivitos los tengo, señora”, exclama Antonio Cantero, 50 años y vecino de Medina, a una mujer en su puesto situado delante de la venta Las Cuevas. Vende caracoles y cabrillas. Tres euros el kilo, cinco euros, dos. La vida de este grandullón cercano al metro noventa también se ha dividido entre el campo y la construcción. En los tiempos del ladrillo dejó los caracoles por la paleta, pero desde que hace ocho años se quedara parado por la crisis ha tenido que volver a cargar con un capacho y una criba y armarse de paciencia para cogerlos. Se levanta a las seis de la mañana para llegar sobre las siete y media a Barbate, Zahara o Facinas. En dos o tres horas puede coger sobre 40 ó 50 kilos. “Esto da para comer. No más. Descuenta lo que se me va en gasolina al mes y haces cuentas…”. En su casa es el único que mete dinero. Su mujer está parada y sus dos hijos –tenía un tercero que murió– están estudiando. Anteriormente hizo la campaña de la tagarnina y el espárrago y cuando termine la de los caracoles empezará la de los higos chumbos. “A mí lo que me gustaría es tener mi trabajo, tirar para adelante y quitarme de esto. La venta ambulante es muy dura, a veces tienes que lidiar con la Policía para que no te quiten los caracoles... Yo soy oficial de albañil, pero no hay trabajo y el poco que hay se lo dan a la gente joven”.

Cruzamos la carretera. Juan Isidoro Jiménez tiene 42 años y viene de Paterna. También vende caracoles. “Los cojo, pero cuando no puedo me los suministran y los vendo aquí”. Los de hoy, por ejemplo, se los han traído de Medina. Juan, parado y sin prestación desde hace seis meses, está casado y tiene dos hijos de 23 y diez años, ambos estudiantes. Su mujer es ama de casa, así que el poco dinero que entra en su hogar se debe a los caracoles y las cabrillas. Meses atrás se ganaba la vida con los espárragos y ya en junio empezará con los higos chumbos, aunque no las tiene todas consigo. “Este año hay un mosquito que ha infectado todas las palas. Se están muriendo. En Benalup, que es la cuna del higo chumbo, ya no hay, y veremos de aquí a dos años si queda alguna...", dice.

Este ex guardia de seguridad y guardés en un cortijo sigue aspirando a volver a encontrar un trabajo que le quite del campo. "Esto es muy sacrificado. Levantarse a las seis de la mañana para ir a Tarifa o a Barbate no tiene precio, para que encima luego te echen porque molestas a los pájaros. No entran en razón". Y sentencia: "tienen más derechos las perdices que nosotros".

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