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Salvador, su primogénito, se ha convertido en su marido, el resto de sus hijos ahora son desconocidos. Tiene que cuidar de pequeños invisibles que solo ella ve y que la colman de una constante preocupación. Jugarretas de la memoria. La mente de María, poco antes de los 80 años de edad, decidió rendirse a los perversos caprichos del Alzheimer. Desde entonces, más que nunca, su familiares le responden con la atención que ella les ha dedicado a lo largo de su vida.

Recta, disciplinada, fuerte, "geniosa", pero educada y obediente, ahora se ha vuelto mal hablada y vulnerable. “Ay mamá, ay mamá”, repite una y otra vez, un día tras otro, lamentándose, “consciente” de que ignora dónde y con quién está, sintiéndose desamparada en un mundo ajeno al real. A esta sensación de abandono, María suma la frustración provocada por la falta de visión derivada de la diabetes.

Todos sus hijos superan la cincuentena, edad a la que a Antonio le fue diagnosticado Alzheimer. Con apenas 47 años comenzaron a dar la cara los primeros síntomas. “No conseguía coordinar una conversación, se le olvidaba todo, no dormía, no se acordaba de arrancar el coche, creía que se había jabonado y no lo había hecho”, rememora Milagros, su mujer, quien poco antes había cuidado de su madre que también padeció esta alteración neurodegenerativa incurable y terminal. Antonio forma parte de ese menos del 5% de las personas que padecen esta enfermedad de forma precoz.

Una de sus hijas asegura que jamás había visto llorar a su padre igual que durante el comienzo de su enfermedad, entre otras razones porque a pesar de su consciencia los médicos hablaban en su presencia de lo que le esperaba. Aunque ese intervalo de tiempo, dice su mujer, no fue muy largo y en cuestión de pocos meses la enfermedad se cebó con él robándole los recuerdos, su espíritu extrovertido y su capacidad para trabajar. “Su padre y su tío también padecieron la misma enfermedad y y él sabía lo que le venía encima”, cuenta Milagros.

“Mi madre está enterrada en vida, porque es muy joven. Me gustaría haber seguido disfrutando de él, era muy alegre, pero me duele sobre todo por mi madre que se ve muy sola"

En la actualidad, Antonio tiene 54 años, no sabe dónde está, si le dan de comer, come. A diario pasa la jornada en el centro de día de la Asociación de Familiares de Alzheimer 'AFA La Merced', mientras su mujer y sus hijas de 27 y 31 años trabajan y estudian. En casa apenas se mueve “de la cama al sillón”. Pero el Alzheimer es muy traicionero, igual se encuentra sumido en un profundo letargo –abducido también por la medicación- que emerge en los enfermos cierta agresividad física y/o verbal. No hace mucho Antonio fue hospitalizado en el Hospital San Juan grande dada su agresividad. Manejar la situación es complicado. “A los niños chicos se les riñe y unos te hacen caso y otros no. A él le riño y se altera más”, asevera Milagros.

Y los tentáculos del Alzheimer atrapan a los familiares de quienes padecen la enfermedad, especialmente de aquellos que, como en el caso de Antonio, lo sufren a una edad temprana. Supuso un mazazo para sus hijas, que lo admiran y solo pueden tener buenas palabras para él. Ayudan a asearlo, pero como una de ellas asegura, todo el peso de la situación recae sobre su madre. “Mi madre está enterrada en vida, porque es muy joven. Me gustaría haber seguido disfrutando de él, era muy alegre, pero me duele sobre todo por mi madre que se ve muy sola".

“Ni él se lo ha merecido ni yo tampoco. No puedo estar contenta, sólo lo estoy porque todavía lo tengo conmigo”

Juntos desde los 15 años, no es extraño que su mujer, a pesar de tenerlo presente y dedicarle su tiempo, eche de menos conversar con él. "Ni siquiera puede responderme a una pregunta", asegura. Van a pasear, a tomar café… Lejos ha quedado la época en la que Antonio trabajaba para que a su familia no le faltara nada en bodegas o en la construcción. También guarda Milagros en su memoria el accidente de tráfico que le dejó secuelas y a pesar de las cuales continuó trabajando. Ella lo recuerda; su marido no. “Estaba enamorada hasta la médula y él igual, muy felices. Con discusiones, pero reconciliados al minuto”, se desahoga la esposa de Antonio y se pregunta por qué le ha tocado a ellos. “Ni él se lo ha merecido ni yo tampoco. No puedo estar contenta, sólo lo estoy porque todavía lo tengo conmigo”, apostilla.

En contraste con la amargura que impera en la familia de Antonio dada la edad tan temprana y la forma tan brutal de aterrizar en sus vidas, en casa de María calman los lamentos de esta bisabuela con canciones. Sus hijas y nietas a menudo la animan y se le oye cantar coplas de sus años mozos como "Ay pena, penita, pena...", letra y compás que sí permanecen inalterables en su recuerdo.

Sobre el autor:

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María Luisa Parra

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