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En nuestra cultura judeo-cristiana, la culpa no es algo meramente psicológico o biográfico, sino ontológico.

En nuestra cultura judeo-cristiana, la culpa no es algo meramente psicológico o biográfico, sino ontológico. La esencia humana viene definida constitutivamente por la Caída, por el pecado original. Quiere esto decir que el hombre, de suyo, tiende al mal porque su naturaleza está dañada, herida. Por esto se tiene tanta prisa en bautizar (en limpiar con agua) a los recién nacidos; para rescatarlos del pecado por la redención del Cristo. En el bautismo hay un re-nacimiento a la gracia divina que nos posibilita ser dueños de nuestro destino: eligiendo el bien o eligiendo el mal; y si, aunque sea en contadas ocasiones, podemos hacer el bien, eso quiere decir que nuestra naturaleza no está totalmente corrompida y podemos alcanzar la salvación por nuestros méritos y con ayuda de la gracia. Esta creencia pertenece a nuestra tradición más antigua. Y aunque parezca extraño no tiene nada que ver con el hecho de que nos consideremos creyentes o ateos.

En la consulta del psicólogo, cuando tenemos que lidiar con la culpa inconsciente, desmedida, no con la responsabilidad, tenemos que manejar una carga —muchas veces recibida como una herencia— que se inserta en una tradición antropológica teñida de culpa, como si tuviéramos que cargar con dos pesos: uno nuestro; el otro, cultural. Esto debemos tenerlo en cuenta si queremos que el paciente pueda afrontar su culpa particular con ciertas garantías de superación. La restitución –el perdón- es casi siempre restitución de uno mismo. Teológicamente, sabernos hijos de Dios, amados por el Padre. Psicológicamente, se dice autoestima o apego seguro, confianza en la rectitud de nuestros motivos y, a pesar de ello, certeza de que no somos omnipotentes. Probablemente, el camino más corto para lograrlo sea la compasión, un sentimiento de unión amorosa y metafísica con la vida, más allá del puro conocimiento. También con nosotros mismos. Aceptación de la vida, lejos de la resignación.

Sabemos que el perdón más dificultoso es el propio. Casi siempre es posible y tenemos la certeza de que nos abre la puerta a la alegría, pero, a veces, la culpa y la tristeza son el mayor castigo; el camino que hemos conocido, el más trillado.

Si no logramos conceder (ni concedernos) el perdón en nombre de la justicia, sí lo podemos hacer en nombre de la misericordia. Porque, ¿se puede invocar la pena de muerte en el Nombre del Padre? ¿Es posible lavar la muerte con muerte? ¿Pena de muerte? ¿Cadena perpetua? Si niego la posibilidad del perdón, niego la posibilidad de la ética.

Aunque estas palabras suenen a homilía canóniga quiero situarlas fuera de toda iglesia y de toda revelación. Porque creo que el fundamento de la moral está en la mirada del Otro; en el rostro del Otro, dice Enmanuel Levinás. La necesidad del menesteroso que me tiende su mano me arrastra al deber, a la justicia con mayúsculas y, por tanto, me salva. En realidad, el Otro es mi bautismo. Como si mi identidad personal fuera un proyecto que tuviera que pasar necesariamente por el Otro para ser completa, como si necesitara la “otredad”. En un primer momento, la identidad es un mero recipiente, está vacía. El yo tiene que salir de sí mismo para que pueda tomar conciencia de sí y pueda ser para sí, como diría Hegel. Por eso, el nacionalismo es una identidad vacía, un infantilismo, una inmadurez ciega que no sabe más que de sí mismo. Como una afirmación narcisista y, en cierto sentido, solipsista: incapaz de reconocer al Otro.

Si yo necesito al Otro para ser yo, ¿cómo puedo negarle el perdón sin negármelo a mi mismo? ¿Y cómo puedo perdonarme yo, condenando al otro?

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