La primera vez que Lou Reed tocó en España lo hizo en Usera. Aquel esperado recital derivó en un bochornoso ejemplo de lo que el neoyorquino llamaba el lado salvaje de la vida. Es lo que se conoce para los restos como ‘el motín del Mosca’ —sucedió en el estadio del Moscardó—: una especie de batalla campal desencadenada (o eso se dijo) por el lanzamiento de una lata de cerveza al escenario que se saldó con heridos, avalanchas y un concierto frustrado tras apenas 20 minutos de actuación. Se inauguraban los años 80 del siglo pasado. Unas seis décadas antes de aquello, la hija de un rico agricultor de un poblado al sur de Madrid contraía matrimonio con el coronel Marcelo de Usera y Sánchez. El también abogado, filósofo y urbanista aprovechó las tierras de labranza de la familia para hacerlas más rentables promoviendo viviendas para las clases menos pudientes. Ordenó trazar las calles del incipiente barrio y les dio el nombre de muchos de sus allegados y vecinos junto a otros tan llamativos como Olvido y Amor hermoso. Nacía lo que hoy se conoce como Usera, una urbanización eminentemente proletaria que no pertenecería a Madrid hasta mucho tiempo después. Transcurridos casi 100 años del germen de la populosa barriada (que luego daría nombre al distrito, integrado por siete barrios), donde incluso se han hallado en todo este tiempo restos paleontológicos –a finales de los 50 se encontró un cráneo de paquidermo del pleistoceno medio—, su realidad sigue siendo igualmente pintoresca, aunque no tan destroyer como cuando a Reed le dio por dejarse caer por el foro e incluso algunos yonkis le pidieron que se picara heroína en directo. Por aquel entonces no había apenas chinos en Usera.

En los pasillos de la línea circular del Metro, nada más apearnos del convoy, pueden verse los típicos anuncios publicitarios del suburbano aunque plagados de caracteres orientales. Solo las fotos permiten intuir que hacen referencia a restaurantes, inmobiliarias o compañías de telefonía móvil. Junto a ellos vemos otro cartelón con un retrato del referido Marcelo de Usera y un texto explicativo, en castellano, que relata sucintamente la vida y obra del impulsor del duodécimo distrito de Madrid. Uno de los más habitados de la capital y el que cuenta con mayor población inmigrante. En esos primeros suelos que urbanizó a principios del siglo XX este alto mando castrense, repletos de edificaciones de baja altura e interconectados por una tupida red comercial, reside hoy la mayor comunidad china que vive en España. El país cuenta con casi 200.000 chinos censados por el INE, y de estos, 55.000 habitan en la Comunidad de Madrid, de los que unos 10.000 está empadronados en Usera. Si en este distrito viven 18 de cada 100 inmigrantes de la capital, la amplia mayoría de éstos es asiática. No es extraño, pues, que a este otro lado del río Manzanares casi todo suene a chino.

Marcelo de Usera y Sánchez aprovechó las tierras de labranza de la familia para hacerlas más rentables promoviendo viviendas para las clases menos pudientes

Con los clásicos farolillos adornando prácticamente una de cada tres fachadas, hasta las calles desprenden cierto olor agridulce, la tele de la mayoría de los bares solo emite la programación del canal estatal (CCTV) de la República Popular Socialista y, todo ello, provoca una extraña sensación de estar en otra parte del planeta sin apenas haber recorrido unos kilómetros en Metro. “No español, lo siento, no español”, responde circunspecto uno de los vecinos orientales de Usera, mientras cruza a toda mecha una de las avenidas del barrio. Será la tónica dominante. Al margen del hermetismo que siempre les ha caracterizado, muchos de ellos han llegado directamente para implantar sus negocios y hacer vida cotidiana con su comunidad, por lo que carecen de razones para aprender el idioma o adaptarse a otras costumbres que no sean las suyas propias. En Usera no les hace falta. Aquí la comunidad china es tan potente que “hasta en la comisaría se habla chino”, comenta Julie, que en realidad se llama Hung Xiaoyan.

Aparte de restaurantes chinos para chinos, en el distrito hay todo tipo de servicios imaginables para sus residentes orientales: bancos, peluquerías, salas de fiesta, casino, agencias de viaje, abogados, taxis, sus propios periódicos… y hasta un mercado de abastos en el que se habla mandarín. Todos los rótulos están en chino. Nadie en el interior de estos negocios articula una palabra de español ni parece amagar con entendernos. Julie (o Hung Xiaoyan), que llegó a Usera hace 11 años junto a su marido y que, tras abrir un cibercafé, ahora regenta un restaurante de comida asiática, no es tan hermética. “Nosotros intentamos mezclar, no queríamos montar otro restaurante más para chinos como los de aquí, que son muy cerrados. En ellos los dueños y sus camareros no hablan español, las cartas están en chino, no trabajan con españoles, y yo quería trabajar con los españoles, enseñándoles auténtica comida china; tenemos mucha más comida auténtica que el cerdo agridulce o el arroz tres delicias”, explica esta vecina de Usera que aterrizó hace veinte años en España procedente, como el 70% de sus compatriotas, de la provincia de Zhejiang (una región al sur de Shanghai).

Usera podría percibirse en cierto modo como si dos mundos opuestos que viven una misma realidad chocasen en un punto

En la calle Dolores Barranco, junto a la Junta Municipal de Distrito, un grupo de jubilados pasea a media mañana. “Somos de aquí de toda la vida, y el barrio ha cambiado para mejor”, replican casi al unísono nada más preguntarles por la evolución sufrida en los últimos tiempos. “Ellos (los orientales) van a lo suyo, a sus negocios y sus cosas, y no suelen dar problemas”, añaden en un corrillo a modo de tertulia de pensionistas. Si no fuera por vecinos como Julie o por los cada vez más numerosos chiñoles (jóvenes chinos de segunda generación, que lo mismo son del Real Madrid que portan carpetas con la cara de Justin Bieber), Usera podría percibirse en cierto modo como si dos mundos opuestos que viven una misma realidad chocasen en un punto. O como si dos culturas fuesen caminando cada día por la misma calle sin rozarse. O tal vez no.

Hace años que lleva empeñado en revertir esta situación el actor, director de teatro y gestor cultural Fernando Sánchez Cabezudo. Desde que montó en Usera, en 2010, la sala de creación contemporánea Kubik Fabrik no ha dejado de agitar culturalmente el distrito, partiendo de la premisa de que solo la educación y la cultura pueden derribar prejuicios y acercar realidades tan aparentemente dispares. El Ayuntamiento de Madrid, coincidiendo con el cambio de gobierno, decidió el año pasado apuntarse a la conmemoración del Año Nuevo chino con un proyecto inclusivo que diese visibilidad a esta comunidad tan numerosa en la ciudad y, especialmente, en el distrito de Usera. Esta vez, junto a David Berna, Sánchez Cabezudo ha recibido el encargo de dirigir un programa lúdico y cultural que pretende derivar en un “puente que genere discurso conjunto durante todo el año”. “Es un proceso participativo casi sin precedentes”, explica, y añade: “Con la comunidad china se empezó a trabajar meses antes, consensuando las actividades, con mediación, y ese es el proceso que nos llevamos; no es una imposición de una actividad, sino que se ha diseñado conjuntamente un programa entre asociaciones no chinas con asociaciones chinas, y se ha generado una realidad de barrio no diferente, sino la que debería de ser”. Un distrito en el que se superponen sus realidades, en el que lo castizo se va hibridando. En el que las franquicias internacionales de comida rápida se entremezclan con el olor a noodles y a comida cantonesa recién hecha.

Si vienes a Usera, otro gallo cantará podría ser el claim ideado desde Madrid Destino (la empresa municipal que gestiona los espacios de cultura y turismo en la capital) para conmemorar con multitud de eventos y festejos la llegada del año nuevo lunar, un ciclo (de doce años) que en esta ocasión tiene al gallo rojo de fuego como simbólico animal protagonista. “Es como una bienvenida —expone Sánchez Cabezudo—, como integrar dos realidades de manera lógica, para que no haya bloqueo sino apertura. Hay que favorecer que Usera se vea como un distrito exótico pero con una gran riqueza cultural”. Una de las acciones programadas lleva la firma del fotoperiodista Juan Carlos Toro, que ha realizado cuatro fotomurales gigantes protagonizados por userinos. En todos aparece un gallo rojo (aunque en blanco y negro) y en tres de los cuatro murales aparecen vecinos asiáticos: el dueño de un casino de la zona, una anciana que fue cantante de ópera en China junto su bisnieta, y otra niña pequeña. La última de los fotografiados es la joven Esther López, estudiante de interpretación de 19 años y vecina del barrio durante casi toda su vida. Ella, por su juventud, siempre lo recuerda como ahora: “Quizás antes había más comercio tradicional, esa queja siempre se la escucho a mis abuelos, pero en general no noto cambios”. En el instituto tenía amigas chinas y alguna de ellas, cuenta, “salía poco porque tenía que trabajar todas las tardes en la tienda de sus padres”, pero, en general, “eran simpáticas y extrovertidas”.

“Ha sido un trabajo difícil, me he encontrado con gente que se paraba para censurarlo, despotricar contra el Ayuntamiento o incluso insultar a alguno de los fotografiados”

Esther, en todo caso, no niega que haya discriminación y racismo en el barrio. “Hay bastante y desgraciadamente por parte de muchos jóvenes, que parecen más cerrados y carcas que muchos mayores; parece que no evolucionamos mucho”. Juan Carlos Toro, que con anterioridad ha empapelado de fotomurales gigantes reivindicativos las calles del centro histórico de Jerez o del barrio sur de Córdoba, ha detectado un poco de eso de lo que se queja Esther mientras ha intervenido en espacios significativos de Usera. “Ha sido un trabajo difícil, me he encontrado con gente que se paraba para censurarlo, despotricar contra el Ayuntamiento o incluso insultar a alguno de los fotografiados”, relata Toro, que argumenta que “hay gente muy mayor a la que ya no se le va a educar, a la que no se le puede convencer de que a muchos nos encantaría vivir en un barrio con esta riqueza multicultural, pero en cambio es importante normalizar ambos mundos entre la gente joven y quitar tanto miedo y rechazo”. Sánchez Cabezudo, que se siente vecino adoptivo de Usera tras abrir en él su proyecto cultural y vivir tres años en el distrito, agrega: “Estos retratos visibilizan de manera artística esa cohesión de los vecinos. Es una realidad que hay que integrar de manera lógica, no como irrupción, sino de manera natural. Creo que ser del barrio supone integrarse a todos los niveles, implicándote en dinamizar y en participar de la vida del mismo”.

El desembarco de asiáticos ha sido masivo en los últimos años. Hace décadas que llegaron las primeras familias chinas a Madrid y eligieron Usera como su nuevo lugar en el mundo. Tras ellos, sus compatriotas arribaban casi por inercia. “Aquí es muy fácil para nosotros, para la gente que no habla español o no está acostumbrada a la cultura de España. Aquí tienen de todo: hotel, taxis, compras, talleres, gestorías… todo el mundo habla en chino y se comunican muy bien”, comenta la propietaria del restaurante Igo Pasta, mientras ofrece una exhibición de guzheng, un instrumento de cuerdas tradicional en su país de origen. Julie afirma que la convivencia vecinal es “buena” aunque también deja caer que hay algo de racismo, “pero no mucho”. “La mayoría nos llevamos bien, son muy simpáticos, conozco a muchos españoles en este barrio y después de once años ya son amigos, no solo clientes”. En Usera, reconoce, “puedes estar como si estuvieras en China, pero para mí lo mejor es mezclar; si queremos vivir aquí para siempre tenemos que aprender la cultura y los idiomas. Estamos en España, no en China, hay que dejar cosas allí y coger nuevas de aquí. Hay gente que no lo hace pero sobre todo por el lenguaje, eso es lo más importante y lo más difícil para muchos de los que vienen. Los jóvenes ya tienen otra mentalidad, aprenden más rápido y son como esponjas”.

La aldea global cada vez se ha hecho más y más pequeña, y las distancias no han parado de difuminarse

Sánchez Cabezudo remarca estos argumentos: “Creo que no hay tanta discriminación como espacios de falta de comunicación e información. El problema es sobre todo de desconocimiento. Proyectos como este pretenden acercar esa realidad humana que muchas veces tratamos con ligereza, hacer entender a la gente otro tipo de realidad”. Las diferentes realidades y modos de vida del distrito probablemente se encuentren hoy a más de 9.000 kilómetros de distancia (lo que separa Madrid de Beijing) de aquellas con las que se topó Marcelo de Usera en los años 20 del siglo pasado cuando empezó a levantar el barrio. Pero la aldea global cada vez se ha hecho más y más pequeña, y las distancias no han parado de difuminarse. En parte de aquellos terrenos agrícolas, en los que el desarrollismo franquista no logró erradicar las chabolas y donde se levantó aquel estadio en el que se lio parda durante un no concierto de Lou Reed, ahora lo mismo se encuentra un templo budista que el centro de lengua y cultura china Xindongfang. También un bar llamado Puerto de Santa María, que sirve arroz con bogavantes los lunes, y la cervecería Xallas, que prepara codillos y paellas para llevar. Todo muy castizo, como puede apreciarse.

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