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Seis mujeres del poblado chabolista sevillano, el más grande y antiguo de Europa, reinterpretan el clásico ‘Fuenteovejuna’ tras la revolución que supuso su primera experiencia de teatro comunitario con ‘La casa de Bernarda Alba’.

Cuando llueve, Rocío Montero Maya, con 56 años, pasa la noche en duermevela. Se levanta una y otra vez. Comprueba que el agua no ha calado el techo de chapa de su chabola. Revisa agitada que las mantas donde duermen sus siete hijos, su legión de nietos y su bisnieta de seis meses no estén mojadas. En verano, con el calor húmedo y pegajoso, las ratas salen por la noche hambrientas a engordar en un bufé libre de basura y desechos. A veces muerden a algunos de los 200 pequeños que viven en El Vacie, el poblado chabolista más grande y más antiguo de Europa. Por la noche, casi sin luz, rebotan los reflejos de los letreros luminosos de un cercano Carrefour, en el que les tienen vedada la entrada a muchos de los habitantes de este asentamiento sevillano. Más abajo, entre fango, chatarra y planchas de pladur, está el cementerio de San Fernando. Como una brutal metáfora que cierra el enorme muro virtual que oprime a esta comunidad de etnia gitana conformada por unas 600 personas, 90 chabolas y 60 casas prefabricadas. 

Parece impensable escapar de este parque temático de la miseria. Aquí cualquier posible ascensor social está averiado y la luz eléctrica se engancha como se puede. Ochenta años de promesas se amontonan sin que hasta la fecha se haya erradicado este lado oscuro y marginal de la, por otra parte, colorida y luminosa Sevilla. Sin embargo, ya hace casi diez años que el teatro sirvió de salvoconducto para un puñado de gitanas de El Vacie. No solo para escapar —aunque sea temporalmente— de ese pozo de exclusión en el que residen, sino sobre todo para visibilizar y amplificar ese grito de unos vecinos que exigen dignidad. Ni método Stanislavski, ni teatro pobre de Grotowski. La voz de estas seis gitanas mana de sus entrañas sin premeditación. Inconsciente. Y van todas a una, en una suerte de teatro comunitario que incluso ha sido reconocido por organismos internacionales y que llamó tanto la atención de las autoridades europeas con su primera experiencia, La casa de Bernarda Alba, que incluso ahora prometen, a través del Ayuntamiento de Sevilla, financiar el desmantelamiento definitivo de El Vacie y su realojo en viviendas sociales dignas. 

En 2009, el centro de investigación teatral TNT, el espacio que puso en marcha Ricardo Iniesta —fundador de la compañía Atalaya— en las cercanías de este asentamiento marginal, trasladó el universo de la lorquiana Bernarda Alba al día a día de estas mujeres. El éxito de la experiencia fue arrollador. Tanto es así que ahora Rocío ha cambiado el bastón de la Bernarda por el del alcalde de Fuenteovejuna. Tras la revolución que supuso aquella primera incursión en las tablas, ahora el equipo de TNT aborda el clásico de Lope de Vega, pero dejando atrás el Siglo de Oro y asumiendo el amateurismo de sus protagonistas, en su mayoría personas analfabetas que aprenden sus frases machacándolas de memoria. El texto se extrapola, entre montañas de ropa de un mercadillo de gitanos, a la realidad que sufren los habitantes de un poblado en los márgenes de la sociedad pero que deciden rebelarse contra las injusticias, los prejuicios y los abusos del poder. Como explica Pepa Gamboa, que vuelve a dirigir al grupo de mujeres de El Vacie tras La casa de Bernarda Alba, “Antonio Álamo ha hecho una dramaturgia muy a pie de obra. No en plan entomólogo, sin trabajar desde lo literal, sino desde la imaginación, la fantasía y las aportaciones que estas propias mujeres han ido haciendo”. Ricardo Iniesta, Premio Nacional de Teatro, añade: “Con esa energía y esa verdad telúrica que tienen en escena, no es necesario entender, no es una adaptación del texto basada en la oratoria o en bustos parlantes. Reivindicamos el teatro comunitario, algo que en España apenas se conoce”. 

Fuenteovejuna se encuentra de gira por todo el país y ya ha hecho parada en el madrileño Teatro Español tras su estreno en el Central de Sevilla. En el encuentro con el público posterior a una de las funciones programadas en Madrid, sus protagonistas aprovechan, más que para reflexionar sobre la propuesta escénica, para reivindicar una necesidad básica: “Queremos una vivienda digna”, demanda Lole del Campo, una de las siete intérpretes. Rocío la interrumpe: “No es lo mismo estar en una chabola que en un apartamento; allí estoy a las siete levantada y aquí me levanto a las diez, duermo tranquila, aunque llame a mi marido tres veces al día. Pero es que allí siento que caen goteras y ya estoy preparando cubos para que nadie se moje, me levanto a ver si a los niños se le han mojado las mantas… esto no lo cuento por contar, querría que un día vinieran y vieran la chabola, aquello son tablas y chapas”.

“¿Quién manda más el rey o el alcalde?”, pregunta una de las vecinas de esta revisión sui generis de Fuenteovejuna. A lo que le contesta otra: “El rey gana más porque lo tiene todo pagado pero el alcalde manda más”. Entre pequeños parlamentos, escenas de vida cotidiana en el poblado, movimientos casi coreográficos y visitas del despótico Comendador, que les recuerda que el desconocimiento de la ley no impide su cumplimiento —en este caso el derecho de pernada—, las gitanas, muchas de raíces lusas, lo mismo pregonan sus productos de mercadillo que entonan Grândola, Vila Morena y un fado. Una hora de montaje que traslada la cruda realidad de estas gitanas a lo alto del escenario y del que, argumenta Gamboa, “se sienten muy orgullosas”. “Esto es muy emocionante y muy duro a la vez porque, de pronto, es como un cambio de paisaje tremendo, están en el escenario y luego vuelven a su chabola. Pero se sienten útiles y sienten que pueden transmitir en un espacio de libertad”. 

“En realidad, Fuenteovejuna es la historia de un poder lejano que aparece y desaparece, y que el pueblo no entiende, pero que les putea la vida. Su relación con la sociedad normal es también así: asistencia social, policía, médicos y jueces. Poderes que no comprenden y les putean. Muchas veces pisan la cárcel porque las notificaciones judiciales no les llegan nunca”, explica David Montero, que interpreta al Comendador y es el único actor payo del elenco junto a Bea Ortega. El “payo malo”, como le llamaron en el primer día de ensayos, abunda en su experiencia ante lo que califica como “un gran reto, porque son muy espontáneas, muy naturales; ellas no son actrices profesionales con las que si pactas que deben asustarse, se asustan. Si no les da miedo, no les da, con lo cual te obligan a apretar más”. Montero, aparte del trabajo interpretativo, ha tenido que enfrentarse durante su estancia en Madrid a las miradas prejuiciosas hacia sus compañeras de reparto; a que no les dejasen entrar en una farmacia; o a que incluso una de ellas haya sido denuncia por hurto después de gastarse 150 euros en la tienda de una conocida marca textil. “Al parecer no le pasaron bien una prenda en la caja entre el montón de ropa y la alarma sonó. El vigilante de seguridad me dijo que si le hubiese pasado a él, seguro que no habrían denunciado”. Gamboa, que es incapaz de destacar una sola de las muchas vivencias y aprendizajes que le ha proporcionado el contacto y el trabajo “sin jerarquía” con estas mujeres, puntualiza: “Ellas en ningún momento se consideran actrices, es una experiencia puntual, admiran muchísimo el trabajo artístico”. Y lo cierto, añade, es que “son las más desclasadas porque en su caso ni siquiera tienen al flamenco como patrimonio como otros gitanos andaluces. No tienen ningún elemento cultural que las defina, pero sí tienen su vida. Está la expresión vital, que creo que es la más importante porque nos da derecho a todos a emocionar, aunque no sepamos leer ni escribir”. 

El alcalde de Fuenteovejuna (Rocío Montero) proclama sobre las tablas del Español: “Lo que importa es la gracia y la fuerza”. A Rocío, que ha llegado a pedir en la puerta de Mercadona, Nuria Espert —que entonces era protagonista del texto de Lorca de la mano de Lluís Pasqual— le dijo: “Yo estoy haciendo de Bernarda Alba pero tú eres Bernarda Alba”. Ella, modesta como su chabola, solo espera que “hagamos más obras, ojalá”; y deja claro que “nosotras no somos actrices, ni artistas, ni somos ná. Solamente estamos en un barrio muy antiguo que tenía que estar acabado porque es una miseria. Solo quiero una vivienda para que cuando llueva yo sepa que mi familia no se moja”. Junto a ella asienten el resto de compañeras de El Vacie: Ana Jiménez (una señora reina de aquel poblado que retratara Lope), Rocío Rivas (la más joven y la única de todas que sabe leer), Carina Ramírez, Lole del Campo y Sandra Ramírez. 

El quejío, la letanía, no para de resonar entre unas mujeres que se han habituado a combinar los escenarios con una vida real marcada por la precariedad y los despojos. Como relata Lole, esta experiencia “no nos ha cambiado en nada. Si nos vamos dos semanas a Madrid sí cambiamos porque nos dedicamos a nosotras, miramos por nosotras, pero cuando regresamos a nuestra casa somos lo último: están los niños, la chabola, los maridos… y te miras y dices: si no tengo tiempo ni para mí…”. Cuando regresen a El Vacie volverán a desmaquillarse, dejarán de sentirse admiradas, abandonarán las comodidades de su piso u hotel cercano al teatro, se pondrán una trenza y se vestirán de negro luto por la muerte reciente de un familiar. “Eso es sagrado y tenemos que respetar el luto junto a nuestra familia como ellos respetan nuestras decisiones”. Un día tras otro, vivirán pendientes de si suena ese teléfono que las lleve al próximo bolo, repasando en voz alta sus parlamentos mientras atienden a sus multitudinarias familias y a sus destartaladas chabolas. Con la certeza inconsciente de que solo eso que llaman teatro puede ser capaz de transformar su realidad. Y pensando, al mismo tiempo, en que quizás algún día se alejen las goteras y las ratas. Si eso alguna vez sucede, no podrán olvidar aquello de “Fuenteovejuna lo hizo”.

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