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Hace ahora 90 años que nació el icono sexual más famoso del mundo.

Sólo partes de nosotros llegarán
a tocar partes de los demás
la verdad de cada uno es eso
solamente – la verdad de cada uno…
(Los caballeros las prefieren rubias. Las rubias los prefieren ricos. Los ricos no tienen miedo, sueñan en tecnicolor, siempre son felices)

 …Sólo podemos compartir
la parte que dentro del conocimiento de otro es aceptable
por consiguiente
estamos más bien solos…

(Las rubias son, por supuesto, idiotas. Las rubias ricas y famosas son imperativamente felices –muy idiotas–. Y una rubia esculpida en morbo con el perfil de la Piedad de Miguel Ángel debe de ser idiota profunda. ¿Verdad usted, caballero?)

… –en el mejor de los supuestos quizá
[…] que nuestro entendimiento buscara
la soledad de otro.

Sólo rara vez llega a tocar nuestra verdad la verdad de los demás, llegamos a vislumbrar la luz detrás de las mil máscaras de eso que llamamos , que llamamos yo. Sólo las partes de nosotros temblando en una misma tonalidad llegarán a rimar alguna vez. “En el mejor de los supuestos”, nuestra soledad llegará a verse reflejada en la soledad del otro. (Y la más aterradora soledad será que todo el mundo te mire pero nadie te vea.) 

El susurro en cursivas, intermitente, de ahí arriba es uno de los poemas no fechados [y recogidos en el volumen Fragmentos (Seix Barral, 2010)] de los diarios de Norma Jeane Mortenson: una chica de Los Ángeles con una infancia gélida, a pesar de ese clima, con un alma en llamas, y con un físico que en un principio pudo calificarse de privilegiado, pero que andando el tiempo se convirtió en algo tan difícil de definir como de llegar a la verdad oculta tras él (el calificativo aterrador también se le podría aproximar).

Cierta belleza, sí, es terrorífica: porque se parece al abismo. Es algo que nos mira en silencio desde más allá de la belleza misma, de los ojos y el contorno en que flamea. ¿Qué eseso que nos llama, que nos tienta en una fascinación atónita? Algo que no puede poseerse –como no puede poseerse nada, en realidad– pero con lo que anhelamos fundirnos de manera furiosa; de ahí esa tensión, esa desesperación, tras la que late una pulsión de muerte: el duelo con un animal sagrado que destruiremos o que nos destruirá. “Su belleza –decía Darley en Justine– era de las que hacían presentir terriblemente que había nacido para ser blanco de las fuerzas más destructoras”.

Adiós, Norma Jean –escribió Bernie Taupin para que lo cantara Elton John en Candle in the wind–. Tenías la gracia de abrazarte a ti misma / mientras reptaban a tu alrededor.

Todas las chicas bonitas

“Era la más pura desolación”, escribió, también hace décadas, José Luis Sampedro. “Sus brazos eran los de una suplicante; sus labios pronunciaban un mudo grito de auxilio; su voluptuoso mirar no lograba ocultar los ojos de la triste niña que llevaba dentro”.

Nació el 1 de junio de 1926. “Sí, es verdad, fui hija ilegítima”, empezó contando a bocajarro al fotógrafo George Barris en otro libro (M. Monroe. Cuando crezcas serás rica, hermosa y famosa) fraguado meses antes de su muerte en 1962, pero sólo editado este mismo año. “¿Sabes?, mi madre [Gladys Pearl Monroe, cortadora de negativos de películas] fue una mujer muy atractiva en su juventud; pero solía decir que la belleza de la familia había sido su madre. Todos los chicos del barrio habían ido detrás de ella. Era de Dublín, ya sabes, donde todas las chicas son bonitas”.

 

La mayoría de los días mamá me parecía triste. Estaba segura de que era porque no había un hombre en nuestra vida

Lo que sucedió, al parecer [algunos detalles se contradicen; hasta la e final de Jeane acabó cayéndose de la canción de Elton John], fue que su madre, divorciada y con dos hijos de su primer marido (Jack Baker), tuvo relaciones con un hombre llamado Stanley Gifford… estando ya con su segundo marido, Martin Edward Mortensen. La mujer quería estar con Gifford, pero éste “dejó a mi madre cuando se enteró de que yo venía de camino”. Así que la niña acabó recibiendo el apellido de Mortensen (del que también se acabaría divorciando su madre) en el registro civil, pero el de Baker en la iglesia. Del que no recibió nada fue del padre real: “Ni siquiera cuando me convertí en una actriz famosa quiso conocerme. Todo lo que yo quería era llamarle papá, pero no me dejó”.

A los 9, Norma vivía “en casa de la mejor amiga” de su madre, Grace. Pero ésta se volvió a casar y, “de repente”, no había espacio para la niña. “Un día cogió todas mis cosas, las metió en mi maleta y las cargó en su coche. Estuvo conduciendo mucho rato sin decirme adónde me llevaba. […] Sentí cómo me invadía un vacío; no podía respirar. El letrero decía: Orfanato de Los Ángeles. ¡Por favor, no me dejes aquí!, no soy una huérfana; mi madre está viva. Por favor, no me dejes aquí.

 ¡¡¡Sola!!!
Estoy sola –siempre estoy
sola
sea como sea
–escribía a principios de los años 50. Y sin embargo–:
No hay nada que temer
salvo el propio miedo

“En vez de odiar a tía Grace durante el resto de mi vida, comprendí que lo que me hizo le dolió a ella tanto como a mí”. “Cuando me sacó del orfanato [a los 11 años], me llevó a vivir con su tía Edith Ana Atchison Lower. Fue la más importante influencia de mi existencia. Dios la bendiga. [Una vez] en el instituto, una de las chicas se burló de mi vestido. No sé por qué las muchachas hacen cosas de ese estilo. Mi querida tía Ana me consoló. Me cogió entre sus brazos y me dijo: no hagas caso; lo que importa es lo que tú hagas. Sé tú misma, cariño”.

Quizás siguiendo ese consejo, al elegir nombre artístico barrió de un golpe todos los apellidos, todos los nombres (los hombres) del pasado de su madre. Tomó el apellido original de ésta, Monroe, y le antepuso Marilyn por –dice una leyenda– las M “claramente formadas por las líneas de sus manos”. También seguiría, ya por su cuenta, el turbulento camino sentimental de su madre. Pero nada impidió el ascenso; tan fatal como su mala suerte con los hombres, como esa belleza inverosímil.

Quería ser ella misma, pero lo cierto es que si uno es muchos, o al menos otro, como decía Rimbaud, esa criatura mitológica llamada Marilyn Monroe no abolió jamás a la criaturareal llamada Norma Jeane (o Jean): asomaba continuamente, como advertía Sampedro, por entre las grietas de la estatua perfecta. Por más que dicha estatua estuviera condenada desde el mismísimo origen a eso que llaman rubia tonta. En Eva al desnudo -1950-, una de sus primeras películas, repone: Es porque no nos hemos visto nunca, cuando alguien dice no conocerla. Que es un Perogrullo, pero también la constatación de un hecho palmario: cualquiera que la hubiera visto antes tendría que recordarla.

Y sin embargo resulta irritante constatar cómo se repite ese papel en su filmografía, una y otra vez. Incluso con los más grandes. Willy Wilder la dirigió en La tentación vive arriba -1955-, consiguiendo en algunas escenas devastar las cumbres de la imaginería erótica, pero haciéndola contonearse, ingenua, ante un cretino que en la vida hubiera podido verse en una semejante. Y así: esa mujer arcangélica pero frágil, de ojos implorantes ante el primer hombre (cretino a poder ser) que pueda rescatarla. También en Vidas rebeldes –1961–, con dirección de John Huston y guión de su por entonces marido, señor dramaturgo Arthur Miller. Donde al menos termina vociferando a los tres vaqueros, ahíta de desesperación y de cólera: ¡Os odio! ¡Sólo sois felices si veis algo morir! (Se refería a los caballos. La mujer Norma Jeane tampoco soportaba ver sufrir a criatura alguna).

Claro que algo de eso había. Claro que también debía de ser fatal, hasta cierto punto, que Monroe reprodujese en la pantalla su vida de niña entre las bestias, la sed interminable de amor que Norma seguía implorando desde sus noches de cárcel (de orfanato). Pero: ¿no desaprovecharon su talento?

No sé por qué, me parece que no llegará a vieja. Siento que morirá joven. Ruego que viva lo suficiente para liberar ese talento extraño y encantador

“Oh, sí. Tiene algo. No lo digo por lo obvio, tal vez demasiado obvio. No es una actriz, en absoluto, en el sentido tradicional. Lo que ella tiene, esa luminosidad, esa inteligencia deslumbrante, nunca podría brillar en el escenario. Es algo tan sutil […] como un colibrí en vuelo: sólo la cámara puede congelar su poesía. Pero quien piense que la chica es otra [Jean] Harlow, o una puta, está loco. No sé por qué, pero me parece que no llegará a vieja. Es absurdo, pero siento que morirá joven. Espero, ruego, que viva lo suficiente para liberar ese talento tan extraño y encantador que es en ella como un espíritu prisionero”.

Todo ese entrecomillado pertenece a Constance Collier (1878-1955), la prestigiosísima actriz y profesora de teatro cuyo funeral da pie a la memorable semblanza de Truman Capote sobre Marilyn, Una hermosa criatura. En un momento del encuentro, confía Monroe al escritor: “Todos dicen que no sé actuar. Decían lo mismo de Elizabeth Taylor. Y se equivocaron. A mí nunca me darán el papel apropiado, algo que realmente quiera hacer. No me ayuda el aspecto físico. Demasiado específico”.

Demasiado específico; demasiado obvio. Un retablo de oro y mármol demasiado deslumbrante como para dejar ver más allá (Miedo a darme las réplicas nuevas / quizá no sea capaz de aprendérmelas / entonces pensarán que no valgo: de una de sus agendas). Un físico espectral (Supongo que soy una fantasía) que no invitaba nada a imaginársela como realmente era; también porque ella no quería: Estoy descubriendo que la sinceridad y ser sencilla y directa como (posiblemente) me gustaría se suele tomar por mera estupidez, pero como éste no es un mundo sincero es muy probable que ser sincero sea estúpido.

En respuesta a un cuestionario, casi al final de su vida, decía admirar al poeta Carl Sandburg (“sus poemas son canciones del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”), a los hermanos Kennedy (“por su brillantez y solidaridad”), a Greta Garbo (“por su creatividad artística y su valentía e integridad”). “Amo la poesía y los poetas”, decía. Decía: “Me identifico mucho con todos los perseguidos de este mundo”. Como “no había podido completar su formación”, asistió a clases nocturnas en la UCLA. En su biblioteca había unos cuatrocientos volúmenes: de Milton a Jack Kerouac. Sobre Goya dijo una vez: “Conozco muy bien a ese hombre; tenemos los mismos sueños, llevo desde pequeña teniendo esos sueños [negros]”.

George Barris concluía en el prólogo de su libro que, hacia el verano en que murió –de una sobredosis de Nembutal, según la versión oficial–, con 36 años y muy poco después de cantar el Happy birthday, Mr. President, “esperaba comenzar una nueva fase en su carrera. Mi convicción es que fue asesinada. Pero no importa cómo murió. La perdimos demasiado pronto”. Según Arthur Miller, “para sobrevivir habría tenido que ser más cínica, o por lo menos estar más cerca de la realidad. En vez de eso era una poeta callejera intentando recitar sus versos a una multitud que, mientras tanto, le hacía jirones la ropa”.

Vi un montón de marineros jóvenes
que parecían demasiado jóvenes
como para estar tristes.
Me hicieron pensar
en árboles jóvenes y esbeltos
todavía en crecimiento
y sufriendo.
(Y la belleza dolorosa, dolorosa; como de un ángel atrapado por las alas al intentar escapar de este mundo.)

Adiós, Norma Jean 
–sigue cantando Elton John–.
Tu vela se apagó mucho antes
de lo que lo hará nunca tu leyenda.


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