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El muro del lenguaje del Régimen, activo 24/7 en la política y en los medios clásicos, se fue al garete con Tardà.

Segunda sesión del investi-sutra, esa serie de llamativas posturas que finalizarán el viernes con el mismo Gobierno en funciones. Sinopsis/spoiler: no ha pasado nada hasta que Joan Tardà ha tomado la palabra y ha abierto la boca de la cara. Eso ha sido hacia el final de la mañana, cuando la clase política y periodística española, y un reportero al que le dieron la acreditación el lunes y de chiripa, estaba como el perrito de Pavlov, salivando de hambre. El advenimiento de Tardà no significa que, hasta ese momento, no hubiera sucedido nada. Bueno, sí, no había sucedido absolutamente nada. Tan solo lenguaje. Pero, dentro del lenguaje, se había vivido un llamativo movimiento de tierras. Entre cabezada y cabezada se vivieron novedades en la disciplina, hasta cierto punto asombrosas. Les enumero esas novedades lingüísticas pre-Tardà.

Pedro Sánchez se arrancó con un lenguaje —tal vez, incluso, una personalidad— diferente al exhibido en la pasada legislatura. En lo que es importante, o no, trajo a colación palabros y secuencias lógicas creadas por el 15M, con las que dibujó un Estado corrupto y en crisis democrática. Es lenguaje oral. Es decir, algo gratis y de poco peso. Pero, en todo caso, el lenguaje ilustra movimientos, permanencias y esencias. Y, en ese sentido, es importante constatar que Sánchez —es decir, no necesariamente el PSOE— está en fricción con lenguajes no previstos, y que superan el pasado, la función y la naturaleza del PSOE. Esto es el sello de un partido que se va al garete, pero también todo lo contrario: de un partido receptivo. Sería bueno saber si estas incorporaciones lingüísticas se traducen en arrugas nuevas en el cerebro del partido que lideró la reforma constitucional exprés, e inauguró la transición hacia la postdemocracia. Como sea, más allá del lenguaje, la socialdemocracia, que dejó de emitir en 2010, siguió hoy sin emisiones políticas estructurales. Salvo la —y esto es otra vez importante— firme voluntad de Sánchez —que no necesariamente del PSOE— de resistir las presiones del complejo político-comunicativo para votar a Rajoy. Algo importante, lo dicho, y meritorio. La CUP, por ejemplo, no lo consiguió. Poca coña.

El pack Podemos utilizó un lenguaje determinado. El suyo —tener lenguaje propio es un lujo; en la política, el lujo—. Y cuatro hablas diferentes, la de Podemos, la de En Comú, la de IU y la de Marea. En todos los casos, el lenguaje del pack se estrelló contra el tempo —o, glups, la ideología— de la institución. Propuestas que en la calle eran eléctricas, que dibujaban un Régimen terminal y un programa sustitutorio, al llegar a las instituciones se vuelven triviales, se estrellan contra el muro de la rutina institucional o, simplemente, pasan a ser ruido. Uno más en la sala. Una sala que equipara las propuestas de la corrupción con las de la ruptura. Desde 2011, en fin, han pasado más cosas y se han vivido más cambios en la sociedad que en las instituciones. La sensación es que como el pack no consiga lo que ya había conseguido antes de su paso institucional —la vertebración de un lenguaje y de una agenda propia, a través de la movilización, o de una sociedad activa y perceptiva—, puede verse reducido a un lenguaje más de los disponibles en una institución, con turno de palabra periódico.

PSOE y pack Podemos, en fin, fueron neutralizados por el lenguaje del pacto PP-C's —un lenguaje, por cierto, con pocas aportaciones de Rivera, que se está revelando como una determinante anécdota lingüística—. Algo importante, cuando el líder de ese pacto, sencillamente, no podría existir, al igual que su partido, en otra democracia europea. Es un localismo únicamente posible en la España del siglo XVII al XXI, en la Italia anterior a los 90's, o en una Colombia imaginaria en la que Escobar hubiera ganado. ¿Por qué el lenguaje de un partido corrupto, nacionalista y con serios problemas —históricos y contemporáneos— con el concepto democracia, es capaz de chulear a la realidad? Es complicado explicarlo. Supongo que es la prolongación del lenguaje de la cultura democrática española, antaño poderosa y de por sí conservadora, supongo que su carácter ultranacionalista ayuda --cuando hace frío, los nacionalismos siempre ofrecen techo--. Y supongo que el hecho de ser el lenguaje percibido por el grueso de medios como la normalidad, como lo democrático, como el único lenguaje político posible, ayuda. Mucho.

Ese muro de lenguaje, activo 24h sur 24h en la política y en los medios clásicos, se fue al garete, lo dicho, con Tardà. ¿Qué hizo Tardà?

Recurrió a otro lenguaje e imágenes. El Processisme. Curiosamente, un lenguaje y unas imágenes que, en Catalunya, han repercutido más en el mantenimiento del Régimen, de su corrupción y de su idea restrictiva de democracia —crea, en fin, excusas y explicaciones ante la ausencia de cambios, antes que cambios, de los que no se ha producido ninguno, por cierto—, en esta sala han significado lo que los politólogos de Stanford denominamos un cacao-maravillao.

En ese sentido, inicialmente, Tardà no fue más allá de la vulgata del Procés, utilizada ya en el anterior debate de investidura —Catalunya es una República o casi, por lo que se la suda lo que pase aquí, etc.—. Tras esa captatio benevolentiae, empezó a hilvanar un discurso en el que se unía la cosa Procés con la cosa 15M —algo dudoso; el Procés gubernamental nació como paliativo frente al 15M—, y con ideas de democracia avanzada. Tardà, sea como sea, utilizaba un lenguaje libre, exótico, sujeto a otro frame. Ese marco emisor, en este marco receptor, le proveyó de la libertad, el desparpajo, el juego de piernas y la capacidad de dibujar, como nadie lo había hecho en la sala, la crisis de Régimen. Dibujó la corrupción en su doble magnitud; económica y filosófica, cotidiana y que afecta en su amplitud hasta la monarquía. Esbozó, certeramente, al Régimen del 78 en su agotamiento. Y no sólo eso. El marco utilizado, y su genio personal lingüístico, le permitió desautomatizar lo que decía, de manera que lo oyó todo el mundo, y penetró e hizo añicos los resortes del lenguaje utilizado por Rajoy, que evidenció lagunas y falta de reflejos, por primera vez, en sus respuestas. En el turno de réplicas, Tardà se permitió, en modo XXXX-amo, pasar de Rajoy y hablar directamente con Sánchez. Al que ofreció su voto como Presi del Gobi a cambio de tres puntos: a) "derogar la leyes más reaccionarias del PP", b) "políticas sociales socialdemócratas", y C) el referéndum.

En un plis-plas, vamos, se producía un lenguaje efectivo. Y propuestas efectivas, imposibles de emitir en un momento de crisis de Régimen, en el que todo el mundo lucha por su vida, y en una cultura que atomiza y anecdotiza los discursos contrarios. Las propuestas ponían nombre y solución a lo que se vive desde años y se arrastra desde hace meses: una crisis de Régimen que impide, incluso, la formación de Gobierno.

En el debate con Rajoy, por el mismo precio, quedaron fijados los dos bandos en conflicto en esta crisis. Los partidarios de una democracia representativa —tan estilizada, glups, como ésta, en la que la mayoría da derecho a todo—, y los partidarios de una democracia participativa. Los partidarios de la Unidad Nacional, el concepto que más sangre ha derramado por aquí abajo desde el siglo XIX —literalmente—, y los partidarios de la renegociación profunda del Estado. Los partidarios del Régimen 78, y los de un proceso constituyente democrático, que someta a democracia, incluso, la territorialidad.

Y quizás no haya otra. Ahí estamos. Y sólo lo pudo decir Tardà.

Coda. Como con la elección de Rajoy en octubre, el PSOE tiene ahora la palabra. Sólo él podrá decidir si el Régimen del 78, muerto oficialmente y con sus propias manos en 2010, se arrastra más tiempo, con la banda sonora de una cruzada por la Unidad Nacional. O si se abre un melón que, tarde o temprano, se tenía que abrir desde el XIX, cuando se codificó que la democracia en España iba pareja a su descentralización, y cuando se codificó el antídoto a esa democracia, la Unidad Nacional.

Por mucho que Sánchez haya evolucionado en su lenguaje, pinta mal, ¿no?

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Sobre el autor:

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María Luisa Parra

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