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Juan Carlos I siempre lo tuvo claro, pero Felipe VI deberá esperar a ver cómo se desenvuelven las negociaciones y hablar con todos para decidir a quién propone al Congreso tras el 20-D.

Nunca ha habido en el Parlamento español, desde que se reinstauró la democracia, un tercer grupo parlamentario que tuviera más de 30 o incluso 40 diputados. Esa es la novedad que va a marcar la nueva legislatura política y que va a afectar a todas las instituciones del Estado, empezando por la propia Corona hasta la Fiscalía General. Un tercer grupo parlamentario, incluso, un cuarto grupo parlamentario en torno a los 30 diputados, cifras que pueden rondar o superar Ciudadanos y Podemos, según los sondeos, cambiará la cultura política imperante hasta ahora, no solo porque supone la ruptura del bipartidismo, sino, lo que es más interesante, porque inaugura una etapa, no necesariamente de coaliciones, pero sí de negociaciones permanentes y no pequeñas, verdaderas negociaciones y concesiones para poder formar, y mantener, un gobierno estable.

Hasta el Rey, Felipe VI, tendrá que ejercer el pequeño papel de mediador que le concede la Constitución y que su padre, Juan Carlos, no tuvo nunca necesidad de protagonizar. Si como dicen los sondeos, tres partidos quedan a muy poca distancia, Felipe VI (que incluyó ya hace años a Albert Rivera en sus habituales rondas de conversaciones informales con políticos), tendrá que esperar a ver cómo se desenvuelven las negociaciones y hablar con todos ellos para ver a cuál de esos dirigentes propone al Congreso, con expectativas de reunir la mayoría necesaria. Juan Carlos I siempre lo tuvo claro.

Es verdad que en España ha habido ya otros gobiernos en minoría, especialmente en algunas Comunidades Autónomas, pero no a nivel estatal. Adolfo Suárez, Felipe González, José María Aznar y José Luis Rodríguez Zapatero necesitaron en algún momento apoyos para conseguir la investidura, pero en todos los casos el candidato a presidente disponía de un grupo propio muy poderoso y esos apoyos (cinco, diez diputados, generalmente nacionalistas catalanes y vascos) eran fácilmente “pagables”. Ahora se dibuja un escenario en el que el primer partido no logrará superar los 120-130 escaños, es decir, que necesitará de 56 a 46 apoyos “extra” para la mayoría absoluta, o apoyos sustanciales, aunque menores, para mayorías minoritarias.

Muchos de los sondeos publicados apuntan a que el PP podría mantenerse como primer partido, gracias sobre todo al apoyo de electores mayores de 60 años (son más de 11 millones de personas). Sin embargo, el grupo parlamentario sería manifiestamente incapaz de garantizar la elección de su candidato a presidente. En ese caso, el PP buscaría el apoyo de Ciudadanos y ese apoyo se puede producir de dos maneras: como una coalición estable o como apoyo exterior, que permita la investidura pero mantenga la llave de la estabilidad. Si Albert Rivera tiene realmente la ambición de llegar a ser presidente del Gobierno resistirá todas las presiones, formidables, de los poderes económico-financieros y huirá de esa coalición como alma que lleva el diablo.

Si Albert Rivera tiene realmente la ambición de llegar a ser presidente del Gobierno resistirá todas las presiones, formidables, de los poderes económico-financieros y huirá de esa coalición como alma que lleva el diablo.

La estrategia más razonable de Rivera sería forzar unas nuevas elecciones dentro de año y medio, dos años, después de abrasar desde fuera a Rajoy, y siempre y cuando las encuestas le den ya una clara posibilidad de sorpasso como fuerza de centro-derecha dominante. Su mejor carta es defender su imagen como fuerza realmente renovadora en ese espacio político y eso sería casi imposible si aceptara ahora una coalición con el PP.

Es poco probable, además, que, como consecuencia de las elecciones del 20-D, Rivera tenga en su mano exigir al PP el cambio de Mariano Rajoy, porque para eso tendría que poder amenazar con una coalición alternativa, PSOE-C’s, que no parece probable, aunque no es, casi como ninguna hipótesis a estas alturas, descartable.

Es probable que tenga razón Pablo Iglesias: o el cambio (entendido como cambio político-cultural y ruptura definitiva del bipartidismo) se produce ahora, en esas elecciones, o no hay ninguna garantía de que dentro de 4 años esté más cerca, sino lo contrario. 

La posibilidad de un acuerdo PP-C’s tiene un riesgo evidente: que se frustren las expectativas de cambio o renovación de una parte notable de la sociedad española. Las reformas que llevaría a cabo un gobierno presidido por Rajoy quedarían, necesariamente, muy por debajo de las expectativas de lo que esperan los ciudadanos. En eso es probable que tenga razón Pablo Iglesias: o el cambio (entendido como cambio político-cultural y ruptura definitiva del bipartidismo) se produce ahora, en esas elecciones, o no hay ninguna garantía de que dentro de 4 años esté más cerca, sino lo contrario. Iglesias ya ha dado a entender, incluso, que si no logra quedar por delante del PSOE se pensará su propia carrera política y, desde luego, replanteará el sentido de Podemos.

Sobrepasar al PSOE desde la izquierda es una tarea francamente difícil. Los grandes partidos, por muy debilitados que parezcan, tienen grandes estructuras capaces de una movilización muy complicada de lograr por otros medios. Es cierto que Pedro Sánchez arriesga mucho (es de suponer que si ni logra llegar al gobierno le resulte difícil convertirse en un jefe de la oposición de largo recorrido) y que no ha conseguido todavía centrar un mensaje claro, un mensaje político que se pueda resumir en unas pocas palabras, irresistiblemente atractivas. Pero es muy posible que sus debates en televisión le hayan beneficiado más de lo que algunos analistas piensan.

Pedro Sánchez arriesga mucho y no ha conseguido todavía centrar un mensaje claro, un mensaje político que se pueda resumir en unas pocas palabras, irresistiblemente atractivas. Pero es muy posible que sus debates en televisión le hayan beneficiado más de lo que algunos analistas piensan.

En el debate de El País, por ejemplo, Sánchez consiguió probablemente avivar la memoria de un nutrido grupo de exvotantes socialistas, un sector al que necesita desesperadamente reencontrar y que, aunque sea solo en parte, puede empezar a reconocerle como una alternativa “votable” para el 20-D. Entre ellos, exvotantes de más de 50 años, a los que la posición de Iglesias, machacando continuamente a Felipe González (algo muy eficaz para su propio electorado) les irrita sobremanera. Exvotantes del PSOE  a los que les molesta que se pretenda negar el pan y la sal a Felipe González, tratándole como si fuera un consejero de Gas Natural y no un expresidente socialista con una larga historia a sus espaldas y un balance muy positivo de transformaciones sociales, y que reencuentren con Sánchez su memoria.

La pregunta básica para cualquier análisis político y cualquier predicción medianamente razonable es saber si se ha producido ya un cambio cultural que arrastre un cambio político o si ese cambio cultural es demasiado débil y no se traducirá en un cambio político sustancial. Y cómo se puede desarrollar ese cambio dentro del marco de la Unión Europea (asombra que ninguno de los participantes en el debate a tres mencionara siquiera la UE y las dificultades para enmarcar sus políticas en ese contenedor). Algunos creen que el cambio quedará por debajo de las expectativas. Otros, por el contrario, opinan que se han producido transformaciones subterráneas que tendrán continuidad. El espacio público, argumentan, ha cambiado ya y obligará a actuar al futuro gobierno, sea cual sea, de manera distinta a como lo ha venido haciendo. Un grupo parlamentario poderoso de Podemos impedirá, por ejemplo, que el Parlamento funcione como hasta ahora, entre otras cosas porque posee todavía una capacidad, y una disposición, de movilización callejera muy superior a la que tuvo nunca  IU. Esa transformación del espacio público quizás impida las “coaliciones de facto” que se llevan produciendo en el Parlamento español desde hace mucho tiempo. Coaliciones de facto, ocultas a los ciudadanos, pero muy eficaces para mantener inalterado lo fundamental, como de las que habla Peter Mair en su libro Gobernando el vacío. 

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