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El PSOE está asediado no por un adversario, sino por dos.

Pedro Sánchez hizo de cabeza visible de una estrategia del Consejo Federal del PSOE que consistía en eludir los costes para el partido de la decisión de dejar gobernar al PP o de gobernar con Podemos y aprovechar a tal fin la disponibilidad de Ciudadanos de presentarse como partido bisagra capaz de influir programáticamente en la conformación de cualquier gobierno del que no formase parte Podemos. Tal opción, que bloqueó las dos únicas formas posibles de formar gobierno y condujo a una segunda convocatoria electoral, pesa como una losa sobre las expectativas electorales del PSOE para este domingo, porque es mucho más fuerte la evidencia de que sin PP o Podemos no hay gobierno que el tan endeble como repetitivo discurso de la “pinza” en el que sólo creen los más beatos socialistas. Ese fue un primer error. El más grande es otro.

El PSOE en realidad sólo lleva a esta contienda electoral un argumento que es más de partido que de sociedad, porque lo que defiende son más unas siglas y su historia que un proyecto útil para el futuro: si el estado de opinión reflejado en las encuestas indica que el PSOE no va a poder protagonizar un gobierno, sus potenciales votantes no militantes tienen dificultad en elegir la papeleta del PSOE por las dudas no aclaradas sobre qué decidirán los diputados socialistas en la sesión de investidura. Y esto es importante, porque los votantes suelen preferir apostar en la jugada importante, y no en las secundarias.

Admito que la encrucijada del PSOE es delicada y que seguramente ello explica los mensajes contradictorios que desde el propio partido se dejan filtrar cada dos días de campaña. A mi juicio, sin embargo, esa debilidad discursiva de un PSOE preocupado por su futuro se está gestionando de la peor de las maneras posibles, y no precisamente para los intereses de quienes se disputan su apoyo, sino para los del propio partido.

El PSOE no va a ganar las elecciones, y es más que probable que ni siquiera sea la segunda fuerza más votada: esto se debe a tendencias de largo recorrido, y no sólo coyunturales, pero se está precipitando más rápidamente de lo previsto quizás por la rigidez de un PSOE incapaz de situarse a sí mismo en un espacio recognoscible. Para un partido acostumbrado a disputar la victoria, esta situación produce vértigo. Pero la mejor fórmula contra el vértigo no es, nunca, ni cerrar los ojos, ni mirar al fondo del precipicio y gritar “socorro”, sino buscar un asidero, y creo que ese asidero al que se quiere aferrar la campaña socialista (“la pinza”) es un espejismo, y no un suelo firme desde el que decir algo con sentido.  Cada vez que Pedro Sánchez elude la pregunta sobre qué fórmula de gobierno apoyará acudiendo al consabido “salimos a ganar”, el suelo se hunde un poco más por el peso de la desazón y la melancolía. Es verdad que todos los manuales de campaña, en cualquiera de las situaciones, prohíben hablar de pactos antes de que se conozca el resultado, pero en esta ocasión es diferente. Y es diferente porque otros partidos se han saltado con desparpajo esa regla y de manera clara y directa sí están hablando de pactos: tanto Rajoy como Iglesias están proponiendo al PSOE un gobierno de coalición o, al menos, un apoyo externo a la investidura.

La clave está en que el número de diputados que obtenga el PSOE (parece muy improbable que menos de 70 y más de 85) volverá a situarlo en la posición de decidir, y que Pedro Sánchez no está consiguiendo hacer de ello un asidero, sino un laberinto. Acorralado por el empuje natural de Unidos Podemos (que ha venido para quedarse) y por la resistencia de Ciudadanos en su otra franja limítrofe, su espacio parece cada vez más estrecho; pero es estrecho no porque esté escrito en ninguna parte que así sea, sino porque el equipo dirigente socialista parece empeñado en cerrar puertas y ventanas y quedarse consigo mismo en una zona de confort acondicionada por Ciudadanos pero condenada al hacinamiento. Aquí es donde está, creo, el gran error de Pedro Sánchez que, añadido al de la fallida operación reformista con Ciudadanos, puede resultar definitivo: en que se ha obstinado en una visión negativa de la situación actual (es decir, en jugar a la defensiva) y en su falta de habilidad para hacer valer aquello que el PSOE sí estaría en disposición de ofrecer.

¿A qué me refiero? Imaginen que el PSOE se hubiese presentado a estas elecciones con el siguiente mensaje: como es muy probable que no podamos aspirar a la presidencia del Gobierno (dado que ya sabemos que una coalición con Ciudadanos no va a sumar nunca la mayoría necesaria), vamos a intentar imponer a cambio de nuestro apoyo a Rajoy o a Iglesias una serie de exigencias (coherentes con la identidad del partido) sin las que no podrá contarse con el PSOE para la investidura, y a continuación vamos a pasar a la oposición para defender esas exigencias en un Parlamento sin mayorías absolutas en las que, para casi todas las cuestiones (aprobación de presupuestos, reforma electoral, reforma de la Justicia, organización territorial del Estado, reforma laboral), vamos a resultar decisivos. Imaginen que, además, Pedro Sánchez dedica sus mítines y sus intervenciones en radio y televisión, en vez de a hacer retórica, a explicar abiertamente en qué condiciones podrían apoyar un gobierno de Podemos, asegurando que, aunque Iglesias sea presidente, aquellos aspectos del programa o de la trayectoria del partido morado que más reticencia suscitan en su electorado no podrán en ningún escenario llevarse a cabo. De esa manera el votante socialista sabría que su voto puede servir, por un lado, para evitar un nuevo gobierno del PP y, por otro lado, para limar la acción de gobierno de Podemos sin convertirse en actor secundario. Y si esto fuera imposible porque el Consejo Federal no le permita de ninguna manera hacer a Iglesias presidente del Gobierno, es decir, si el PSOE ha decidido ya, mayoritariamente (como así parece), que está más cerca del PP que de Podemos, podría esgrimir ese mismo discurso como explicación de una abstención a un gobierno de Rajoy. Una u otra cosa. Jugándosela, pero desde una posición nítida.

Pedro Sánchez tiene el riesgo de pasar a la historia como quien no tuvo entereza para tomar decisiones. Si mantiene su estrategia (y ya apenas tiene margen para cambiarla), podrá decirse de él que fue el último en darse cuenta de que su partido se estaba muriendo y que sin adrenalina política no había reanimación posible. Pedro Sánchez se está equivocando (esto es, obviamente, una opinión) y ni siquiera sabe rendirse. Su partido está asediado no por un adversario, sino por dos, y en esas situaciones lo inteligente no es resistir, ni tampoco protestar porque quieran asediarlo, sino elegir a quién se rinde provisionalmente, cómo y en qué condiciones, y hacerlo antes de que sea demasiado tarde. Lo contrario, me parece, conducirá a un escenario del que creo que pronto empezaremos a hablar: un revolcón dentro del propio partido entre sus distintas almas que ya no pueden seguir cosidas alrededor del poder, un fin de ciclo, acaso una escisión, o al menos una importante fuga de quienes acaben de comprender, una vez que el PSOE de Andalucía tome las riendas del partido, que conservar una cuota territorial de poder territorial (para la que sí basta, todavía, con el comodísimo apoyo de Ciudadanos) no es un objetivo político por el que merezca la pena seguir siendo fieles a una sigla.

Entre tanto, mientras Pedro Sánchez se rodea de los voluntariosos carteles del “sí” y se obstina en mensajes sólo dirigidos a los más crédulos, todo indica que una legión de votantes del PSOE ya ha decidido lo que una parte de sus dirigentes ha dejado lealmente para después del 26J: que los objetivos políticos que merecen la pena se van a librar en la próxima década en escenarios distintos y distantes a aquellos preferidos por la querencia del aparato socialista. Ello puede explicarse por las contradicciones en las que acabó encerrándose la socialdemocracia a finales del siglo XX y que ahora afloran en forma de nuevas fuerzas políticas dispuestas a ocupar el vacío que quedó. A Pedro Sánchez no pueden quizás reprochársele antiguas deserciones, pero sí la manera de gestionar sus consecuencias. No lo están sabiendo comprender y se están quedando sólo con un pasado tan digno como menguante, creyendo estar jugando una partida que, muy probablemente, acabó hace tiempo.

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